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LUIS GARCÍA JAMBRINA: MIS FAVORITOS: EL BARDO (SALAMANCA)

Comer en lugares históricos

José Luis Cabrero
27/01/2017

 

Dice Luis García Jambrina (Zamora, 1960) que en El Bardo se siente como en casa. Y no es una expresión al uso. En este local de la calle Compañía 8 de Salamanca, justo al lado de la Casa de las Conchas, come habitualmente dos o tres veces a la semana, cuando las clases que imparte en la facultad de Filología se prolongan en horario de mañana y tarde.
Y ese mismo ritual lo mantiene desde mediados de los 80 cuando su carrera profesional le situó ya definitivamente en Salamanca.

Pero no solo el ambiente, los parroquianos que ya se han convertido en conocidos, la amistad con algunos de los socios de la cooperativa que en los años 80 abrieron este local o las mesas bien surtidas inspiran las visitas de García Jambrina a El Bardo. También el escenario en el que se encuentra. «Es, sin duda, mi calle preferida de Salamanca», dice, «porque a poco que te esfuerces parece que estas en el siglo XVI». Empieza en la Clerecía y está cerca de la biblioteca pública, un lugar que el escritor también frecuenta. En ella se han rodado algunas películas de época y tiene mucho que ver con los escenarios literarios en los que el autor ha situado algunas de sus novelas históricas y detectivescas.

En El Bardo se suele decantar por el menú del día «porque es muy completo, tiene una buena relación calidad precio e incluye tres platos, que es algo ya infrecuente en la mayor parte de los locales». Un entrante, un primero y un segundo, que en ocasiones ofrece un «fantástico cochinillo», una de sus perdiciones gastronómicas.

Su vida social en Salamanca tiene «un escaso recorrido». La escritura, labor que García Jambrina practica de forma concienzuda, sin prisa y «disfrutándolo mucho» se llevan la mayor parte del tiempo que le deja la docencia, así que sus incursiones gastronómicas se producen de forma más frecuente cuando viaja, experiencias que dejan gratos recuerdos: un esturión en Granada, arroces de todo tipo en Murcia o Levante, asados en Castilla y León y hasta coqueteos con la cocina vegetariana y vegana influido por su hija.

Aun así, frecuenta La Oficina, sobre todo por las tapas elaboradas que realiza en el momento, y, en ocasiones especiales, el restaurante de Víctor Gutiérrez, «donde se fusiona la cocina española con la peruana», y Hacienda Zorita, un lugar «lo más parecido a un sitio idílico» donde le gustaría retirarse «para siempre» lleno de referencias históricas, con una cocina delicada, quesos de fabricación propia, bodega, río cercano y con los elementos necesarios para satisfacer su fetichismo.

«Allí se alojó Colón cuando fue a Salamanca para defender su proyecto de ir a las Indias y tienen una habitación que se llama Diego de Deza, poco más se puede pedir».
Es un defensor de las conservas y las delicatessen y en esa búsqueda recibe la ayuda de Javier y Azucena, responsables de la tienda La Favorita. «Se encuentran verdaderas exquisiteces para un capricho o un día que se necesita».

Se confiesa aficionado a quesos y salazones pero no cierra la puerta a sugerencias que le han dejado grandes experiencias como los espárragos rellenos de bogavante o la mousse de trufa. ¿De dulce?, poco. «Creo en el mecanismo de la compensación y me gusta mucho lo salado».
Ese gusto por la mesa se refleja en algunas de sus obras, aunque en ocasiones apenas sean guiños. En El manuscrito de piedra hay un elogio al vino y en El manuscrito de nieve una descripción de comidas clásicas. También en La sombra del otro hay referencias gastronómicas.

Metido de lleno en la promoción de su última novela, La corte de los engaños, está ya inmerso en la escritura de El manuscrito de fuego, una novela detectivesca ambientada en el siglo XVI con Fernando de Rojas ya mayor y con personajes históricos casi desconocidos que espera tener concluida en un año.

 

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