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CASA PEPA (STA. CRISTINA DE SOMOZA)

Una forma de vida ‘diferente’

Laura Alonso dirige un hotel rural y un restaurante en la Maragatería leonesa. En su profesión, dice, «es más difícil conciliar, implica mucha dedicación»

MAR TORRES
03/03/2017

 


La hostelería es «una forma de vida diferente, no imposible, pero es más difícil conciliar». «Es muy complicado porque implica mucha dedicación». «Si la mujer prioriza más la vida familiar es porque el día no te da para todo, familia, casa y trabajo». Laura Alonso se dedica a la hostelería. No fue su proyecto inicial de vida, pero la vida hizo que así fuera. Y no se arrepiente. Es más, disfruta con ello y seguro que volvería a tomar la decisión de llevar el negocio que impulsó su madre si su vida diera marcha a atrás.

Laura vive y trabaja en Santa Cristina de Somoza, en León. En esta localidad de la Maragatería se localiza el hotel rural Casa Pepa, un establecimiento con seis habitaciones y restaurante con capacidad para medio centenar de personas.

Ella se licenció en Administración y Dirección de Empresas (Ade). Pensaba que eso de los despachos, la contabilidad y la gestión empresarial era lo suyo. Trabajó en consultorías. Se marchó a Irlanda a perfeccionar el idioma y terminó sus estudios. «Al regresar lo vi claro. Estamos cerca del Camino de Santiago, hace 35 años estaba señalizado por aquí, y poco a poco cada vez hay más peregrinos y el idioma es muy importante», reconoce. Decidió implicarse de lleno en el proyecto que puso en marcha su madre, Josefina Nieto, en 1998.

«El hotel es una iniciativa de mi madre. Tenía una casa maragata y tras unos cursos, que sirvieron de inspiración, abrió el hotel con mi colaboración y la de mis hermanos». Ellos lo dejaron y madre e hija continuaron con el negocio.

«Hay gente que hace el Camino y busca algo más, algo diferente. Quiere comer y descansar bien, conocer la zona, la gastronomía, la arquitectura...». «Y el motivo de muchas cosas que te preguntan y tampoco te las has planteado hasta que te lo dicen...», reflexiona.

Por su tono de voz se percibe entusiasmo y compromiso con su trabajo y la comarca. «Me gusta el contacto con la gente que se interesa, que les gusta la zona, que vienen y ven que los pueblos están bien conservados ...».

El edificio de Casa Pepa es la típica casa maragata, con patio en torno al cual giraba la vida. «Es de piedra y madera, con pocas ventanas al exterior porque la vida se hacía hacia adentro, y con la cocina como elemento principal, era donde se curaban la matanza al humo, por eso las vigas están en ennegrecidas, se conserva el horno del pan, de 200 años», explica.

«Eran casas donde se alojaba a los viajeros que hacían el camino de Madrid a Galicia, de los arrieros que llevaban mercancías de la costa al interior y en sentido contrario», añade. y destaca: «Recibió el primer huésped a principios del siglo XIX. Fue Francisco Vázquez, era de Madrid y dejó grabada la fecha de su estancia en el marco de una ventana: 23 de junio de 1817, por lo que celebramos los 200 años».

Su bisabuelo fue arriero y su abuelo tuvo una tienda–bar y repartía por los pueblos del entorno. Cuando se casó, compró la casa, según indica.

El hotel dispone de seis habitaciones, tres en la planta baja y otras tantas en la primera. Mantiene los techos originales y están decoradas con tonos naturales, básicos, mobiliario de madera y forja, que hizo su padre. «Son habitaciones acogedoras, no recargadas», mantiene. Como espacios comunes se utilizan el patio, un salón con estufa, sofás y mesitas y la antigua cocina usada como comedor.

El restaurante tiene vida por sí solo. Con capacidad para 50 personas en dos comedores, ofrece una cocina estacional, local y tradicional «porque la clientela de fuera quiere los platos tradicionales». «Está algo más elaborada pero sin perder la referencia», apunta. En la medida de lo posible emplea productos de la comarca, como el queso, la carne y el embutido, y las verduras son de su huerto ecológico. En su carta destacan el cocido maragato (20 euros), las setas, garbanzos de pico pardal guisados con setas, el bacalao al ajo arriero, patatas con bacalao y guisos de morcillo y carrilleras con chocolate. El menú tradicional cuesta 15 euros y a la carta de 20 a 25. La bodega, como no podía ser de otra forma, está integrada por vinos del Bierzo y Tierra de León, y «unas referencias» de riojas, riberas, y albariños.

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