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MIS FAVORITOS: TRILLO (BAÑOS DE CERRATO, PALENCIA)

Literatura que deleita y alimenta

ALMUDENA ÁLVAREZ
21/10/2016

 

Allí y en cada calle de la villa se adquirían a precios muy competitivos todo tipo de mercancías: guisantes y lechuga de la huerta palentina, alubias y hortalizas de la vega de Saldaña, cebollas de Palenzuela, cecina y jamón de Villarramiel, pimientos de Torquemada, legumbres de la Ojeda, ternera y miel de Cervera, lechazo del Cerrato y Tierra de Campos, dulces de Villoldo, lechones para engordar, y hasta vino de las bodegas de Dueñas o del monasterio de Valbuena».

Es solo un extracto de Las voces y las piedras, la primera novela de Asier Aparicio, pero da idea del ‘palentinismo’ de este escritor prolijo, literato, dramaturgo, articulista, poeta, músico y profesor. Todo un hombre del Renacimiento nacido en época 2.0 y un gran enamorado de Palencia.

Para este encuentro gastronómico elige el restaurante El Trillo, en Baños de Cerrato, justo al lado de la basílica visigoda de San Juan de Baños. Para que quede clara su inclinación por la historia, el patrimonio y la comarca del Cerrato, donde localizó a los protagonistas de su primera novela. Pero también por el ambiente acogedor y la buena comida de esta antigua tenada de ovejas, hoy convertida en un restaurante donde se sirven platos tan palentinos como la menestra, las carrilleras al vino tinto y el rabo de toro.

Allí nos cuenta que no se cansa de leer y de escribir y que la Literatura como la Gastronomía tiene que alimentar y deleitar. Que lee mucho y de todo, porque «leer es la vacuna contra las enfermedades del alma». Que escribe mucho y de todo, «para poner en orden sus ideas». Y que se apropia de cada género según lo que quiera contar: teatro, música o poesía para temas sociales; artículos para las cosas serias; y novela para historias universales tirando del hilo de la historia de Palencia. Para «reivindicar lo nuestro» y demostrar que esta tierra «vale mucho» y que todavía hay mucho por contar, por escribir y por leer.

Por eso situó su primera novela, Las voces y las piedras, a caballo entre el Cerrato, Tierra de Campos y la capital del siglo XIV, un tablero medieval en el que se jugó la guerra de los Cien Años. Convirtió el Canal de Castilla, «la catedral numero 13 de Castilla y León» o «el AVE de entonces» en escenario de la segunda, Barcos en la llanura, donde quedó atrapado por toda la historia del siglo XVIII. Elevó a protagonista de la tercera, Tesela, a la villa romana de La Olmeda, para contar cómo los grandes señores de la meseta defendieron aquella España de los bárbaros. Se desplazó a Valladolid para hablar de Alonso Berruguete en La espada cincel, en el momento en que el escultor del Renacimiento construye el retablo de San Benito, el mismo año que nace Felipe II, saquean Roma y Valladolid era la capital de España.

Y así, ha ido tejiendo una historia de historias y reivindicación del patrimonio de esta Castilla, que no siempre se reivindica a sí misma como debiera. En ese afán recorre esta provincia y otras buscando esas ideas que luego convierte en historias, y esos lugares que tanto sugieren en un tiempo que fue pasado, es presente y será futuro.

Dice que escribe de todo, –en su lista hay 52 obras de teatro, tres discos de canciones, seis novelas, un ensayo y dos libros infantiles– porque lee de todo. Y confiesa que también come de todo y le gusta todo, aunque tenga debilidad por un buen cocido. Pero sobre todo le gusta todo lo que hay en torno a la mesa, la conversación, la fiesta, la familia, los amigos. Ese bocado cultural que no hay que perder y que la globalización se empeña en mordisquear.

Por eso cada vez que puede, para el tiempo en El Caserío, El Lucio, El Maño, el Casero y La Fontana de Oro, en la capital, para disfrutar del tapeo con un ribera, un cigales o un verdejo de Rueda, sus favoritos. O en la Pizzería Kuró, si ese día apetece viajar a Italia sin moverse de Palencia. Si el bocado es más largo se sienta a la mesa en La Cueva, en Tariego de Cerrato, una bodega subterránea famosa por sus ruedas de carne y de marisco; o en El Bodegón en Villamuriel de Cerrato, si ese día apetece paella, ensalada de la huerta o el chuletón.

De sus nueve años como profesor en Guardo atesora un montón de rutas por todos los picos de la Montaña Palentina, Espigüete, Curavacas, Carazo, Tres Mares; por los rincones de La Pernía, Resoba y Lebanza, por el mirador de Piedrasluengas y San Salvador de Cantamuda. Por eso, cuando está por la zona aprovecha para hacer parada en La Taba, en San Salvador de Cantamuda, en el Siglo XX en Aguilar de Campoo, o en El Tremazal en Guardo, para homenajearse con un potaje, una carne de Cervera o deliciosos postres caseros.

Más lejos se ha ido para ambientar su última novela El árbol nazarí que ubica en la Alambra de Granada y sitúa en el plano de la ciencia ficción, aunque por sus páginas paseen sultanes. Porque dice que ahora necesita «cambiar de aires», para no encasillarse. Y porque le gustan los retos «para descubrir caminos nuevos». Aunque está seguro de que el suyo, por mucho que se aleje, siempre volverá a Palencia, para convertir cualquier rincón de esta tierra, donde crecen sus raíces, en protagonista de nuevos proyectos.

 

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