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MUSEO DE LA ENERGÍA DE PONFERRADA

Una luz en el Bierzo

Desde su apertura en 2011, más de 120.000 personas han recorrido el Museo de la Energía de Ponferrada. Un viaje en el tiempo que nos transporta a su pasado histórico, vinculado a la minería. En él descubriremos uno de los edificios más destacados del patrimonio industrial español que se ha transformado en un espacio cultural y divulgativo vivo para todos los públicos

HENAR MARTÍN
11/11/2016

 

Existe un lugar donde las turbinas hablan. Donde el ambiente grisáceo y hostil de una fábrica se transforma en un viaje al pasado, al de la revolución industrial que se vivió en la comarca del Bierzo.

Ese espacio, conocido popularmente por sus siglas, las de ‘la MSP’ (la Minero Siderúrgica de Ponferrada) y que produjo electricidad desde 1920 hasta 1971, es uno de los mejores elementos conservados del patrimonio industrial Español. Tras décadas en estado de abandono, la cuidada rehabilitación llevada a cabo por la Fundación Ciudad de la Energía (Ciuden) mereció que en 2012 la Unión Europea le concediera el premio Europa Nostra a la Conservación del Patrimonio Cultural. «El proyecto de rehabilitación ha sido espectacular, ha puesto especial cuidado en mantener los detalles originales de la instalación y así mantener el carácter y personalidad de la central», explica la directora del Museo, Yasodhara López.

En ese ambiente industrial de la central térmica no hay un detalle al descuido. Todo está en su sitio, se mantiene original. Hasta la misma sirena, que suena de forma analógica dos veces al día, en la apertura y en el cierre del museo, es la misma que reproducía la hora de arranque de la jornada de trabajo durante los más de 50 años que estuvo abierta y que llegó a convertirse en la empresa eléctrica privada más importante de España.

El espacio se ha reconvertido en lugar de divulgación científica y cultural, que abrió sus puertas al público en 2011 como ‘La Fábrica de la Luz. Museo de la Energía’ y que ha recibido hasta la fecha la visita de más de 120.000 personas atraídas por la curiosidad de ese ambiente que se respiró en el interior de la fábrica.

Un viaje al pasado, donde el turista viaja a una época de transformación, el de la revolución social, cultural y urbana que vivió esta comarca del noroeste de España. En él, el visitante «conocerá de primera mano cómo se producía la electricidad en unos años no tan lejanos pudiendo hacer un recorrido por la historia del carbón, la minería, el ferrocarril y la producción eléctrica. Una experiencia de olores, sonidos, instalaciones de ladrillo imponentes, en definitiva, detalles de una época industrial llena de vida», argumenta la directora del Museo.

La historia de la fábrica está unida a un nombre, Julio Lazúrtegui, un empresario vasco que quiso construir a principios de siglo XX en el Bierzo ‘una nueva Vizcaya’. Aunque no llegó a ver su sueño cumplido de construir unos Altos Hornos, gracias a este visionario, primer descubridor de las riquezas minerales de la comarca leonesa, se favoreció la constitución de la Minero Siderúrgica (MSP) en 1918 con un capital inicial de 30 millones de las antiguas pesetas.

Nada más entrar al museo nos encontramos con unos ropajes mineros colgados desde el techo, al modo al que lo hacían los antiguos trabajadores en el pozo Julia, haciendo un guiño a aquellas personas que dedicaron su vida a trabajar en las cuencas mineras. La visita comienza en el muelle de carbones, lugar donde se descargaban manualmente los vagones que transportaban el mineral procedentes del lavadero. Como no podía ser de otra manera, se muestran los diferentes tipos de carbón que se extraían en la zona. Y las formas con las que se preparaba, como la briqueta para el ferrocarril o los ovoides, bolas de carbón, de forma redondeada de uso doméstico que se utilizaban para calentar las casas.

Sin embargo, uno de los detalles que más llama la atención son los guías interactivos que te encuentras a cada paso del recorrido y que están realizados con la colaboración de los extrabajadores de la fábrica que cuentan en primera persona sus testimonios en unos vídeo retratos proyectados a lo largo del recorrido. «Ellos son realmente los protagonistas de la visita al museo. Es uno de los pilares que hace diferente a La Fábrica de Luz», asegura Yasodhara López.

Para este minucioso trabajo –se grabaron cientos de horas de grabación audiovisual– se tardó un año y medio en localizar a los antiguos empleados de la fábrica. Más de 200 testimonios de personas que trabajaron o estuvieron vinculadas de algún modo a la MSP. «Es increíble cómo se emocionan cuando lo cuentan», dicen. El día del quinto aniversario de la inauguración del museo (el pasado 11 de julio) «muchos de ellos lloraban al verlo y nos trasmitían esa misma emoción», recuerda el personal del museo.

Uno de esos testimonios vivos que nos encontramos es el de Matilde, la limpiadora, que describe en el vídeo con toda nitidez y los ojos vidriosos de la emoción «aquel día en el que le pusieron una bata blanca con las siglas MSP bordadas en rojo». Fue para ella su mejor día, recuerda. Y no es para menos. Gracias a ese trabajo pudo sacar adelante a su familia después de haber enviudado, según explica. Y es que la vida de Matilde es, como la de otras muchas personas vinculadas a la fábrica, la vida de una agradecimiento a la empresa que, en aquellos tiempos ejercía un paternalismo industrial con colegios propios, economatos y poblados. Los primeros columpios del pueblo fueron los que instaló la MSP, recuerdan los trabajadores con admiración hacia la empresa que dio trabajo y sustento a muchas familias durante el tiempo en que estuvo en funcionamiento.

En el Museo de la Energía saben bien que las empresas están formadas por la unión de personas, aquellas que dan alma y vida a algo más que una corporación empresarial. Y por ello lo han transformado en un espacio vivo de divulgación científica y cultural.

La vida de mujeres como Matilde, vinculadas de alguna manera a la historia de la minería está presente en el recorrido que hace el visitante. De hecho hay una mesa dedicada a estas figuras femeninas que hicieron historia. Una de ellas es Dolores Ibárruri, ‘la Pasionaria’, hija, hermana y mujer de mineros que realizó una férrea defensa de los derechos y la llevó a presididir el Partido Comunista en 1960.

Otro de los elementos más característicos es el último tren a vapor que estuvo en funcionamiento en Europa. La ‘Ponfeblino’, aquel convoy que se puso en marcha en 1920 dedicado a transportar carbón y de paso, viajeros y correo. Estuvo en funcionamiento hasta los años 80. Inicialmente se trajeron diez máquinas desde Philadelphia (Estados Unidos). La Baldwin, como conocen a la locomotora, fue la última línea de Europa a vapor en desaparecer de nuestro paisaje.

Recorrer sus salas es una lección de historia y de ingeniería. De hecho en sus visitas se puede planificar personalmente el recorrido. Hay visitas más técnicas, enfocadas a ingenieros industriales y colegios profesionales. Otras son tematizadas, dedicadas a un aspecto en concreto del museo. También las hay más familiares, para grupos.

Una de las programaciones más destacadas es la que trata aspectos educativos y didácticos, y que está enfocada a los colegios. De hecho ha sido la que ha experimentado más demanda hasta el momento, habiendo recibido la visita de más de 8.500 escolares, según explica la directora del museo, quien también destaca las visitas personalizadas: «por ejemplo, si un grupo tiene especial interés en la arquitectura, tenemos una visita especialmente enfocada a conocer la historia de los edificios que alberga la instalación y todos los detalles como las luminarias, ventanales, etcétera», detalla.

Durante este lustro abierto como espacio cultural ha habido tiempo también para albergar conciertos. Dicen que la acústica es impresionante. Un ejemplo más de la fusión transformadora del arte en un marco incomparable. Cada sala está cargada de recuerdos y anécdotas que sus guías cuentan con la misma pasión con la que se lo han transmitido sus protagonistas.

En el exterior del museo, en la margen del río Sil, no hay que olvidarse de visitar su jardín botánico, donde podemos ver un ejemplo de las variedades de plantas mediterráneas. Y para terminar la visita, la mejor manera de llevarse un buen sabor de boca es tomando un chocolate con churros en la cafetería del museo que, como no podía ser de otra manera, se denomina ‘La Térmica’. 

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