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Margatería, cocido y piedra

ALICIA CALVO
02/12/2016

 

La Maragatería no sólo se saborea; se contempla. El peculiar cocido que se empieza del revés figura con mérito propio en la gastronomía española y sitúa en el mapa de la curiosidad viajera a la comarca que le vio nacer. Sin embargo, en tierra maragata el viajero no sólo invierte el orden al empezar con la carne y terminar con la sopa, también da la vuelta a los principios del turismo.

Aquí es el plato, y no a la inversa, el que descubre al turista un lugar con encanto en el que el tiempo va hacia atrás y el asfalto y el ladrillo desaparecen para llegar a un pasado de piedra en casas y calles.

A lo largo de su historia, los maragatos han resistido mil batallas y, también, la de asumir una impersonal estética urbana.

Esta es una de las pocas comarcas del país delimitadas por sus construcciones, la única con sus casas empedradas conservadas íntegramente como antaño. Una declaración de principios que no deja dudas sobre el apego de sus habitantes hacia su patria chica.

Hasta 44 municipios formaron la Maragatería en los momentos de mayor fortuna, y aunque una quincena de ellos están despoblados o sin casi vecinos, el resto resiste con su ADN arriero intacto.
Desde Santiago Millas hasta Pobladura de la Sierra o de Val de San Lorenzo a Castrillo de los Polvazares, al paso del visitante salen reclamos arqueológicos y arquitectónicos que dan fe de esos tiempos.

Con Val de San Lorenzo como punto de partida para una ruta maragata desde Astorga, la comarca invita a perderse por sus antajanos empedrados, esos callejones con recovecos que servían para separar propiedades y verter el agua, con paredes de piedra engarzada indemnes al goteo de los siglos.

En un trayecto en el que algún bache eleva el vehículo y acompaña una panorámica de montaña, neblina, encinares y robledales, comienza una sucesión de amplios portalones verdes, rojos y azules con aldabones de hierro que contrastan con la piedra rojiza de las fachadas.

Las casas reposan en holgadas calles, testimonio de una necesidad pasada; en tierra de arrieros –transportistas y negociantes– la anchura de las vías debía permitir el paso de los carros con mercancías. Ahora es el viandante quien disfruta de su holgura, casi siempre como antesala a un cocido maragato rematado con bizcocho y natillas.

Entre semana y, salvo en el interior de los mesones que tampoco están a rebosar, no se ven demasiadas personas ni a pie ni en coche. Apuntan los vecinos que los fines de semana y los festivos estos pueblos muestran otra cara bien distinta.

No hay conexiones excesivamente modernas, más allá de carreteras secundarias, pero eso no impide la llegada de multitudes. Todas, a la llamada de la cuchara, degustan al fin con los ojos una arcadia encantada.

En Val de San Lorenzo da la bienvenida una diminuta biblioteca que podría confundirse con un monumento de piedra. Está levantada en un parque, junto al batán donde se lavaban las mantas en este municipio de tradición textil, en el que, como en sus localidades vecinas, no falta una torre con reloj –en el cercano Santiago Millas existe tradición relojera– ni iglesias distinguidas por sus terminaciones en hierro forjado.

Un kilómetro de montaña sobre el verdor de las encinas y el color otoñal de los robles, en la falda del Teleno, separa este rincón de Valdespino. Allí, los hornos redondeados donde cada familia elaboraba su pan sobresalen de las fachadas en las que los ventanales y los balcones son el único añadido moderno. Cuentan que antes sólo había pequeños ventanucos porque los maragatos construían hacia el sol, en vez de a la calle. La casa de un hombre es su castillo, dicen lo sajones, pero los maragatos lo demuestran.

Los rayos de luz se reflejan en los inmensos patios interiores centrales porque las casas se entendían como fortalezas para proteger a la familia. De ahí su resistencia actual. El hombre se iba a comerciar con pescado, carnes, oro y casi cualquier mercancía al resto de España y, en sus varias jornadas de ausencia, su mujer e hijos se quedaban protegidos por esas paredes.

Junto a una puerta de arco de medio punto del siglo XVI, aparece la casa conocida popularmente como la de ‘Los mundiales’, perteneciente a unos arrieros de fortuna. Un detalle para tener idea de sus dimensiones: da, ampliamente, a tres calles.

El camino prosigue por los municipios de Lagunas y Luyego, cuya plaza porticada junto a la iglesia acogía mercados de animales y hoy es escenario de las celebraciones de la patrona de la Maragatería, la Virgen de los Remedios.

Enfilando la calle Real, a menos de dos kilómetros, se esconde Quintanilla de Somoza. Está a la vista de cualquiera, pero algo oculta porque el turista no la visita con tanta intensidad como otros emblemas (Santiago Millas o Castrillo), pese a que no carece, precisamente, de reclamos patrimoniales.

Dos vecinas septuagenarias, Piedad y Elena, relatan sentadas en los poyos de una entrada que la suya es una localidad «especial» con «motivos de sobra para ser más visitada». Es cierto: el caso histórico abarca el pueblo entero.

Las construcciones, muchas con plantas de hasta 500 metros, conservan en su interior los patios centrales, corrales donde se aparcaban los carromatos, y reservaban las principales estancias para los pisos superiores.

Piedad y Elena explican que Quintanilla de Somoza «es tan vistosa, con casas tan lucidas de piedra labrada, porque los maragatos traían mucho dinero de fuera».

Estas dos amigas presumen de «sentimiento maragato», de esa «identidad diferente» donde «la palabra dada vale más que nada», y señalan que la razón por la que se mantienen «como si nada» después de tantos siglos es que «los antepasados las hicieron muy bien, muy resistentes».

Tras enumerar sus rincones predilectos, comentan que a pocos metros se encuentra una zona arqueológica destacada, el poblado romano de Corona, y apuntan con el dedo al horizonte. «Dicen de Las Médulas, pero allá lejos se ven zonas rojizas por la extracción de oro y porque se vertía el agua a Las Médulas. Están los canales romanos», indica Piedad, otrora también alcaldesa del municipio.

Dejando atrás este punto kilométrico, salen al paso Villalibre de Somoza, donde la teja se torna pizarra, y un clásico imprescindible de la zona, Santa Colomba, ejemplo del equilibrio entre pasado y modernidad.

El valor monumental de algunos de estos enclaves resulta tan trascendente que algunos fueron nombrados hace décadas Conjunto Histórico, como Castrillo de los Polvazares y Santiago Millas.
Castrillo se considera uno de los buques insignia de la zona maragata, llamada hace un puñado de siglos Comarca de la Somoza.

Los fines de semana esta pedanía de Astorga es tan transitada que pocos logran pasear por sus empedrados en solitario.

El paso del coche está restringido y, una vez aparcado en las afueras, tras subir un pequeña cuesta, un conjunto compacto deslumbra. No destaca una casa sobre otra. Ninguna desentona. La mayoría de las puertas son verdes, pero no por tradición; se tiñeron sobre el rojo y el azul por petición de un director que rodó una película.

De hecho, de Castrillo siempre se ha dicho que parece un decorado. Un pueblo de ensueño donde cada elemento está en su lugar, ordenado y luminoso.

Y con un reparto adecuado. Ahí está Maruja, en la puerta de un restaurante que no necesita cartel, al que se acude sólo con reserva. «Hoy me encanta el pueblo. Está casi vacío y tranquilo; es que viene muchísima gente», opina esta conocida hostelera.

Este ‘decorado’ incluye la vivienda de la tres veces candidata al Nobel de Literatura Concha Espina. Un busto de piedra en la fachada recuerda que allí vivió la autora de La Esfinge Maragata, una triste historia de penurias hoy felizmente superada.

De una mágica mezcla de literatura y realidad a otra. En Santiago Millas, a sólo doce minutos de Castrillo, un palacete de los de antes sobresale. Es la mansión de Maragato Cordero, uno de los personajes más ilustres y de los arrieros más reconocidos; tanto, que Galdós lo mencionó en sus Episodios nacionales.

Cuentan que Santiago Alonso Cordero, que fue presidente de la Diputación de Madrid, invitó a la reina Isabel II a pasar unos días en su mansión de este enclave y se ofreció a cubrir el suelo de monedas de oro, a lo que su majestad se opuso y lo dejó de piedra. Al suelo.

El Museo de la Arriería completa el recorrido por una zona marcada por esta actividad, en esplendor entre los siglos XVII y XIX, hasta que el ferrocarril terminó con el transporte de mercancías.
Una forma de vida que tanto dinero reportó a esta comarca de gentes que viven una perpetua conciliación con el territorio. «El pueblo está tan bonito y como entonces porque no ha llegado el progreso», confiesa al visitante una maragata. Tal vez no esté en lo cierto y el verdadero progreso de la zona consista en saber valorar el pasado.

 

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