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MIS FAVORITOS: LA TROPICAL (SEGOVIA)

Óleos sobre lienzo y comida

TERESA SANZ TEJERO
25/11/2016

 

José María Parreño, crítico de arte, poeta, escritor y profesor de universidad, había oído hablar a su abuelo de las tertulias madrileñas a las que este acudía en los años cincuenta, a una cafetería de la avenida Reina Victoria, llamada La Tropical.

Cuando en 1998 comenzó a montarse en Segovia el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, viajó a diario desde Madrid para supervisar la marcha de aquel incipiente museo que abriría sus puertas en vida del expresionista de la Escuela de Nueva York.

En su tránsito de la estación de autobuses al museo en ciernes, se tropezó un día con la cafetería La Tropical, a pocos metros del Acueducto. Atraído por aquel nombre entró una mañana a desayunar y «sus churros, torrijas y tostadas» le atraparon para siempre.

Al año siguiente del descubrimiento, en 1999, se trasladó a vivir a Segovia para codirigir el centro de arte y La Tropical se convertiría en referencia habitual de desayunos y meriendas.

José María Parreño, hombre sensible acostumbrado a las estéticas artísticas más variadas, señala el «encanto especial» de esta cafetería que rebosa clasicismo de mediados del siglo XX, con algunos mármoles de los años treinta.

Cuenta el copropietario de La Tropical, Paco Velasco García, que su abuelo montó la cafetería en el año 32, «donde está El Chipén» y 1939, aún en guerra, se decidió a trasladar el negocio a su actual ubicación. Comenzó siendo cervecería y cafetería que sería reformada a finales de los sesenta. La obra respetó gran parte de los elementos decorativos que venían de atrás e introdujo algunos paveses y escays que contribuyen a esa atmósfera especial.

Paco y su hermano Carlos (reacio a la foto), atienden a la clientela ataviados, como ya no se ve en ningún sitio: impecables chalecos de raya diplomática, mandiles y corbata de camareros de postín.
Echan piernas a una barra alargada de local de 350 metros cuadrados con un fondo de cafetería de ambigú. La barra puede presumir de espejo enmarcado en cobre y los expositores lucen la ensaladilla que tiene asiduos comensales de chateo, junto a los torreznos, croquetas y boquerones en vinagre.

Sus sabores se han hecho querer igual que se aplaude su resistencia a las franquicias que han llamado a su puerta queriendo transformar este paraíso Tropical en cualquier hamburguesería de la globalización. Así que cuando José María Parreño entra en esta cafetería segoviana no puede por menos que agradecer que su sitio favorito se mantenga inalterable. Incluso, ahora que ha conocido las fotografías en blanco y negro que atestiguan el paso de los treinta a la reforma del sesenta, le pide a Paco que las saque del cajón y las muestre enmarcadas en sustitución de las láminas de corte inglés (no el gran almacén) que cuelgan en alguna pared.

Escritor de brillantes versos, engaña con su físico delgado porque come que devora y apunta hacia sus rincones gastronómicos con el mismo buen ojo que pone en el arte.

Seguimos recorrido y se detiene maravillado en Casa Paco, situado en la plaza de San Lorenzo, muy cerca de su casa. «Escabechados de receta clásica; croquetas espectaculares; unas tortillas de patata espléndidas… y lo mejor de todo: el dueño es un tipo tan peculiar que sabe mejor que tú mismo lo que quieres comer», sostiene.

A este «zampón» autodeclarado le pierden especialmente los platos de jamón bien cortado y los revueltos de setas que en cualquiera de sus rincones bien podría haber pintado Zuloaga.
Muy cerca se encuentra El Ingenio Chico, el restaurante abierto en La Casa de la Moneda, un lugar que practica sobre todo en verano: «Es un autentico balcón sobre el río; la mejor terraza».

Desde la ceca se dirige (mentalmente) hasta Villa Rosa, «un merendero fuera del tiempo», con sillas metálicas repintadas a lo largo de medio siglo, donde las comidas se hacen sobre un jardín con vistas al Alcázar. «Es como uno de esos cuadros impresionistas de Renoir donde todos lo pasaban tan bien».

Ya de regreso a lo alto de la ciudad vieja, El Correos es un bar de menús del día para gente que trabaja en el centro. A este experto en arte le llama la atención, tanto como sus afamados pinchos de oreja frita, la botellería que mantiene el local en toda una pared, con una capa intacta de grasa arqueológica que le habría gustado pintar a Gutiérrez Solana. «Es un sitio auténtico, de proporciones antiguas sin que una mesa y sus comensales molesten al de al lado», señala.

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