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CUMBRES CON KARMA

El paraíso habita en las alturas

Un recorrido por los picos Teleno, Moncayo, Peña de Francia y Urbión para conocer los mitos y leyendas que los envuelven, un valor intangible destacado por las Naciones Unidas para conmemorar en esta ediciónel Día Internacional de las Montañas que se celebra el domingo 11.

NACHO SAEZ
09/12/2016

 

El paraíso habita en las alturas –decía Dante en La Divina Comedia– y los condenados en las oscuras profundidades.

Desde que el mundo es mundo –o más bien, desde que el hombre es hombre–, las altas cumbres que despuntan sobre el horizonte han proyectado un extraño magnetismo sobre las personas.
Desde el temor hasta la magia, desde la veneración hasta la inspiración poética, su desafiante figura ha impregnado la vida y la espiritualidad de los pueblos a lo largo de todas las culturas.

Los Montes de León, las cumbres de la Cordillera Cantábrica, del Sistema Ibérico o las más altas cotas del Sistema Central se elevan sobre las extensas llanuras de la meseta de Duero con una extraordinaria personalidad. De sus fragmentadas líneas de cumbres, afiladas agujas y profundos valles también mana a borbotones ese halo de misticismo, fuente un número infinito de mitos y leyendas, de devociones y, por qué no, también de poesía. Es suficiente con acercarnos a algunas de ellas para percibirlo de un modo evidente.

TELENO, LA MONTAÑA SAGRADA. Para las más antiguas civilizaciones, las montañas fueron algo misterioso e impresionante. Su extraordinaria envergadura, los parajes ocultos que albergan, los fenómenos meteorológicos que en sus cumbres se forman, impresionaron al hombre antiguo provocando sentimientos en los que entremezclaba el temor y el respeto. Ello provocó que, en muchos pueblos de la antigüedad, estas grandes moles de piedra y roca fueran consideradas morada de los Dioses.

Montañas como el Licáncabur (impresionante volcán de casi 6.000 metros, sobre el desierto de Atacama), el monte Kailas y otras cumbres del Himalaya o el Tíbet son sólo algunos ejemplos. Sin embargo, no hace falta acudir a cumbres tan elevadas o distantes, pues mucho más cerca de nuestras casas, sin salir de nuestra región podemos encontrar también «montañas sagradas».

Es el caso del Monte Teleno, una gran mole montañosa de casi 2.200 metros de altitud cuya esbelta figura preside el horizonte sobre todo el noroeste de la provincia de León, ejerciendo de frontera natural entre las comarcas de la Maragatería y de la Cabrera.

Los petroglifos recientemente localizados en sus alrededores dan cuenta de la existencia de cultos indígenas íntimamente vinculados con un dios llamado Tilenus. Con la dominación romana, muchas de las divinidades locales pasaron a ser asumidas bajo un nombre mixto (romano–indígena), y así ocurrió con Mars Tilenus, que era a la vez el dios romano Marte, bajo su advocación agraria, y el dios indígena Tilenus.

El hallazgo en esta zona de una lámina de plata en la que aparece grabado el nombre de «Marti Tileno» o las estelas funerarias y de culto a él dedicadas que aparecieron hace no muchos años, son el testimonio inequívoco del carácter sagrado de esta montaña. Incluso no falta quien sostiene que la acumulación de piedras que se prolonga durante muchos metros por la línea somital del Teleno pudieran ser los restos de antiguas construcciones donde se celebraban ritos funerarios, pues a través de Estrabón se tiene conocimiento de la existencia de un dios guerrero asimilado a Marte, a quien se sacrificaban machos cabríos, caballos y prisioneros.

EL MONCAYO: LA MITOLOGÍA ANIDA EN LAS CUMBRES. El Moncayo es, al igual que ocurría con el Teleno, una gran montaña exenta cuya silueta domina con una extraordinaria personalidad sobre el amplio territorio que se abre a sus pies.

Estamos hablando de la cumbre más importante de todo el Sistema Ibérico, elevándose casi 2.000 metros por encima del lecho del valle del Ebro, en su vertiente norte y de las extensas llanuras sorianas por la sur, circunstancia que, sin duda ha contribuido a concentrar sobre ella multitud de mitos y leyendas. De hecho, la Crónica General de España, redactada en el siglo XIII por iniciativa de Alfonso X el Sabio ya da cuenta de la leyenda según la cual míticos gigantes poblaron los alrededores de esta montaña. Uno de ellos era el malvado Caco, un gigante mitad hombre y mitad sátiro que vomitaba torbellinos de llamas y humo y tenía atemorizada a la población. Haciendo honor a su nombre Caco robó los bueyes y vacas de Hércules, lo cual despertó la ira de este último, que culminó en una pelea entre ambos gigantes.

La lucha terminó con Hércules dando muerte al cleptómano gigante después de una cruenta batalla de la que, según la leyenda, es testimonio el descarnado y abrupto paisaje quehoy contemplamos en sus laderas, con ríos, profundos escarpes y valles. Hércules finalmente enterraría a Caco con una gran piedra a modo de tumba, conformando así la imagen que hoy contemplamos desde la distancia del Moncayo. El nombre de la montaña, sería pues según esta leyenda, una evolución lingüística de «el Monte de Caco»,por ser este el lugar dónde está enterrado elmítico gigante ladrón.

LA PEÑA DE FRANCIA Y LA ESPIRITUALIDAD. Con el paso del tiempo la visión de las montañas para los hombres fue evolucionando. El halo de misterio de las culturas indígenas iba desapareciendo a medida que los hombres se aproximaban a ellas, transitando por sus laderas oincluso conquistando sus cumbres. Sin embargo, no por ello dejaban de ser lugares inhóspitos y alejados, adecuados para el recogimiento, la espiritualidad y para los acontecimientos extraordinarios.

Uno de los ejemplos más notables de lo anterior lo tenemos en la Peña de Francia. Situada en pleno Sistema Central, al sur de la provincia de Salamanca, comparte con las anteriores cumbres el común denominador de tratarse de una montaña exenta, que destaca sobre la llanura desde muchos kilómetros. El hecho de sea más modesta en altitud que las anteriores –escasamente supera los 1.700 metros– no le resta un ápice de importancia, pues la Peña de Francia puede presumir con orgullo de mantener intacto aún hoy en día su fuerte componente espiritual.

En este caso la raíz del mismo lo podemos encontrar a mediados del siglo XV época en la que tuvo lugar el hallazgo de la imagen de una Virgen muy cerca de la cumbre. Un tal Simón Vela fue quien localizaría la estatuilla de piedra en una pequeña oquedad, recibiendo el autor del hallazgo el encargo que –según cuentan–, le hizo la propia Virgen de construir una iglesia en lo más alto de aquella impresionante atalaya.

La historia, documentada por vecinos de la próxima localidad de San Martín del Castañar, fue el germen para la posterior construcción en este lugar del Santuario de la Peña de Francia actualmente conformado por varios edificios con hospedería incluida, ocupado desde entonces por los monjes dominicos.

La espiritualidad, el extraordinario magnetismo de La Peña, las inmejorables vistas que se alcanzan desde el mirador de Santo Domingo sobre un soberbio paraje natural, hacen que ésta sea la montaña por excelencia de los salmantinos y un lugar de obligado peregrinaje para rendir tributo a la virgen de la Peña de Francia, patrona de la provincia.

PICO URBIÓN: MISTICISMO EN PROSA Y VERSO. El especial magnetismo que proyectan nuestras cumbres en muchas ocasiones ha tenido, como hemos visto, muchas formas de manifestarse a lo largo de las culturas y civilizaciones. Así, una vez superado con el devenir de la historia el miedo reverencial de los hombres hacia a las cumbres, el misticismo que las rodea ha sido fuente de inspiración para quienes se sirven de la lengua para expresar sus ideas y sentimientos con enorme calidad estética. La espiritualidad de nuevo entra en escena y partiendo del componente paisajístico viene a materializarse, en este caso de forma sublime, a través de la expresión artística.
Son muchas las montañas de Castilla y León que han estimulado la pluma de poetas y novelistas. Guadarrama y la Sierra de Gredos han sido lugares de obligada visita para las generaciones más prestigiosas de la literatura hispana, tal y como reflejan sus escritos. Sin embargo, de entre todas las cumbres de la región, quizás la que más fuertemente ha influenciado la obra literaria pueda ser el Pico Urbión.

En este caso, a diferencia de las anteriores, no se trata de una gran montaña exenta, pues su cumbre se integra en una gran alineación montañosa acompañada por otras de similar rango formando la columna vertebral del Sistema Ibérico. Sin embargo en este caso su magnetismo viene de la mano de otros componentes: De los glaciares que conformaron el singular paisaje que lo caracteriza; de su áspera roca desnuda; de las profundas lagunas; y, cómo no, del singular hecho de que en sus laderas nace el río Duero. Como dijera Unamuno «El Duero, el padre Duero, padre de Castilla y León», de cuyas aguas han bebido celtas, íberos, vacceos, griegos, romanos, visigodos, musulmanes y, en definitiva, todos los pueblos que han habitado en estas tierras, convirtiéndose así en un testigo de excepción de nuestra historia.

No es por tanto de extrañar que su cabecera, la mole pétrea conocida como La Muela de Urbión haya sido un destino deseado por los poetas, quienes rápidamente sucumbieron a su magia. Gerardo Diego fue uno de ellos: «Allá arriba, Urbión relumbra / Nieve en mayo y enero»; para luego rubricar un soneto en su misma cima: «Es la cumbre, por fin, la última cumbre / Y mis ojos en torno hacen la ronda / y cantan el perfil, a la redonda, / de media España y su fanal de lumbre. / Leve es la tierra. Toda pesadumbre / se desvanece en cenital rotonda, / Y al beso y tacto de infinita onda / duermen sierras y valles su costumbre ./ Geología yacente, sin más huellas / que una nostalgia trémula de aquellas / palmas de Dios palpando su relieve. / Pero algo, Urbión, no duerme en tu nevero, / que entre pañales de tu virgen nieve / sin cesar nace y llora el niño Duero».

El domingo 11 de diciembre se celebra en todo el mundo el Día Internacional de las Montañas. Se trata, sin duda, de una inmejorable ocasión para recordar que esas atalayas que se dibujan en el horizonte son mucho más que un montón de tierra y roca que apunta al cielo.
Las montañas son esenciales para la configuración en el clima, influyen decisivamente en las precipitaciones y en ellas se concentra una fuente de recursos naturales de primer orden, con lo que siempre han condicionando, nuestra existencia y forma de vida –incluso hoy en día– mucho más de lo que podríamos pensar.

Pero mucho más allá de lo anterior, las montañas han proyectado desde el principio de los tiempos hasta la actualidad ese componente espiritual, ese halo de misticismo que se ha integrado en nuestra cultura a través de infinitas manifestaciones. Este valor intangible es precisamente el que ha pretendido destacar la Asamblea General de las Naciones Unidas para conmemorar el Día Internacional de las Montañas en esta edición.

El geólogo francés Haroun Tazieff afirmaba que desde siempre las montañas habían ayudado a los hombres a despertar sus sueños dormidos.

En estos momentos en que de esos sueños se han desterrado para siempre a los seres mitológicos de las cumbres, en esta época en que ya no anidan en ellas maldiciones, ni puedan encontrarse tesoros escondidos, brujas malignas, ni grutas encantadas, incluso en estos tiempos en que las vocaciones poéticas parecen escasear, todavía el misticismo de las cumbres permanece intacto.

El factor puramente estético, la simple curiosidad, el espíritu de superación, el deseo de aventura, el placer de la soledad en medio de lo infinito o la simple vocación de disfrutar del tiempo de ocio en plena naturaleza, son algunos de los motivos que día tras día atraen a millones de personas a las montañas del mundo y que siguen alimentando ese componente espiritual que nos une a las montañas. No le faltaba razón al historiador americano Daniel J. Boorstin cuando dijo aquello de que «Mucho antes de que el hombre pensara en conquistar a las montañas, las montañas habían conquistado al hombre».

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