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DESTINO

El pueblo que habla con las estrellas

Borobia ofrece desde hace 14 años el primer observatorio astronómico de España creado de forma expresa para la divulgación científica y la atracción turística. Lo que comenzó como un sueño para fijar población es hoy un centro de referencia para conocer y disfrutar el firmamento

ANTONIO CARRILLO
20/01/2017

 

Muchos han sido los que, a lo largo de la historia, han soñado con acercarse a las estrellas. Pero pocos son los que han tomado las riendas de su destino y lo han conseguido. Entre ellos están los habitantes de Borobia, una localidad soriana de 258 habitantes ya lindando con Aragón en la que lo que comenzó como una afición se ha convertido en un símbolo del pueblo y del turismo de calidad.

Para plasmar la idea, surgida a finales de los 90, la localidad apostó por crear un observatorio astronómico. Pero no uno cualquiera. Sería el primero dedicado plenamente a la labor didáctica y turística en toda Castilla y León. «Bueno, más que eso. Es pionero en toda España», corrige raudo Alberto Jiménez Carrera, un hombre a un telescopio pegado desde que el centro abrió sus puertas.
La iniciativa nació como una forma de acercarse a las estrellas sin separar los pies de la tierra.

«Esto surgió como un proyecto de desarrollo rural. En aquellos años había un movimiento cultural muy importante y la Asociación Cultural La Raya estaba muy activa. A finales de los 90 se programaban actividades de astronomía en contacto con asociaciones del norte de España, de Vitoria o Navarra, que venían aquí con los telescopios y organizaban talleres».

Ahí surgió el germen de El Castillo, que así se llama la fortaleza, que conecta los dos mundos sobre el paisaje de Borobia. «Gracias a la conexión entre asociaciones surgió la idea de hacer el observatorio». Hasta entonces este tipo de instalaciones sólo se creaban en España con fines científicos, por lo que la localidad decidió importar «una idea de Estados Unidos y Francia para implementarla aquí», haciendo que la astronomía fuese tan accesible para un niño de Primaria como para un físico avanzado.

La naturaleza ya se había aliado con el pueblo, ofreciendo «una zona adecuada por tener uno de los cielos más oscuros y con menos contaminación de España», como comenzaban a conocer decenas de aficionados. Ahora, tocaba extenderlo en la sociedad.

«El objetivo era hacerlo didáctico, abierto a todo el mundo. Supuso el paso de los planetarios a los observatorios. En las ciudades no es viable poner un telescopio por la contaminación y tenían que hacer proyecciones. Quisimos llevar lo que se hacía en los planetarios al ‘directo’». Así, tras años de maduración el observatorio «se abrió en 2002» siendo único.

La idea surgida entre los vecinos fue cuajando entre las instituciones. Primero, «el proyecto lo hizo suyo el Ayuntamiento de Borobia». Después fue Europa quien lo ‘bendijo’ y «los fondos Proder hicieron posible construirlo. Vieron que era algo novedoso, innovador, que creaba turismo» en una zona, como tantas otras de la Castilla y León rural, donde la población menguaba año tras año. La solución, o al menos un apoyo, iban a bajar desde galaxias muy, muy lejanas.

Como el proyecto había nacido de los propios borobianos, para su gestión «al principio se hizo una empresa donde se dejó la puerta abierta a que cualquiera del pueblo pudiese participar, con acciones igualitarias». La propuesta cautivó a 26 personas –algunas de localidades cercanas– y nació Cuarto Creciente Borobia, la encargada de abrir la puerta hasta que recientemente el Ayuntamiento recuperó la concesión.

Con las puertas ya abiertas llegó «la actividad fundamental, que viene del turismo y los colegios aunque también hay asociaciones de astronomía y universidades» que encuentran en Borobia unas instalaciones perfectas para hacer prácticas. «Ofrecemos sesiones guiadas de observación tanto diurnas como nocturnas». Aprovechando el invierno, las segundas pueden hacerse por la tarde. Y es que con dos horas y 20 minutos de duración entre la teoría y la práctica, se puede salir bien formado sin tener que trasnochar, lo que no pasa en verano y primavera.

Por 15 euros cada adulto y 10 euros los niños, se recibe una charla con la proyección de un audiovisual, un taller práctico de reconocimiento de constelaciones a simple vista y después se pasa a disfrutar desde los telescopios del centro.

En las noches de luna «nos centramos en ella y en los objetos más brillantes, porque es el cuerpo que más contaminación lumínica produce en el cielo. Cuando no hay luna, aprovechamos para mostrar galaxias, nebulosas... lo que se llama el cielo profundo».

¿Y por el día? ¿Se puede disfrutar del firmamento? Pues en Borobia sí, y de forma segura sin que el sol dañe los ojos. Jiménez Carrera detalla que «en las diurnas podemos observar el sol a través de tres telescopios, uno de ellos muy escaso, con filtro de hidrógeno. Es muy espectacular».

Acostumbrados al ‘punto luminoso’ en el horizonte, muchos se sorprenden de la actividad que tiene el astro rey y que día a día pasa desapercibida aquí abajo. Eso sí, «tiene sus días».

La dotación de El Castillo permite asimismo ir adaptándose tanto a la demanda humana como a la oferta celeste en cada momento. «En ocasiones tenemos sesiones infantiles» y también se celebran eventos puntuales «especiales como eclipses o el paso de un asteroide».

Incluso se ha convertido en un punto de interés científico, como demostró hace poco el lanzamiento de la primera sonda estratosférica de la provincia, que por desgracia no llegó a buen puerto. El colectivo de astrofotografía ‘laotramitad.org’ y la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza buscaron un enclave especial para poder enviar cámaras a casi 36 kilómetros de altitud y ver Castilla y León combada por la curvatura de la tierra. El cierzo finalmente no lo permitió, pero ya hay ganas de repetir el intento.

En el plano educativo, «con los colegios tenemos programas desde infantil y primaria hasta la universidad». En los primeros ciclos los alumnos descubren el sol mientras que en los más avanzados ya se organizan sesiones nocturnas para disfrutar de un cielo que siempre se ve y no siempre se mira. «Son sesiones muy completas», apunta Jiménez Carrera. «Se diseñan teniendo en cuenta el currículum de los destinatarios» para que siempre se pueda comprender la base y ampliar conocimientos. A ello se suman acciones divulgativas como las sesiones de observación diurna teatralizadas destinadas a los más pequeños.

Pero no todo queda ahí. La idea es que el observatorio no sea únicamente un punto concreto, sino que sus efectos irradien en muchos kilómetros a la redonda. Por ejemplo «hacemos rutas de senderismo nocturnas y actividades para los pueblos». Este último verano las Perséidas reunieron a 200 personas y otras 100 se quedaron fuera por las plazas limitadas. Al incorporar talleres y monitores, hubo que marcar una cantidad para no afectar a la calidad.

Además, el propio observatorio «también sale a los colegios» y «para los pueblos hemos creado ‘Historias del cielo’». Se trata de un original taller de reconocimiento de constelaciones que comienza «con un cuentacuentos de mitología griega y romana» que explica el por qué de cada nombre y forma. Después, «la segunda parte es de observación con telescopios» para que los vecinos puedan disfrutar de lo que acaban de conocer.

Los talleres de astrofotografía o las marchas nocturnas coincidiendo con eventos astronómicos son otras de sus actividades turísticas a las que acude «gente de toda España». A escala investigadora, la Universidad de Zaragoza ha celebrado talleres en sus instalaciones y han practicado alumnos de este centro, de la Complutense de Madrid o de la Universidad de La Laguna.

Y es que aunque Borobia se encuentra en Soria y en Castilla y León y muchos pueblos y colegios apuestan por esta forma de ocio, lo cierto es que «vienen más turistan de fuera aprovechando que estamos cerca de Navarra y de Aragón». Así, «gran parte del público viene de Soria, es de aquí y ahora vive fuera o personas que tienen una visita de amigos y quieren acercarlos. Pero tenemos proyección nacional», como demuestran sus múltiples apariciones en prensa de todo el país o su colaboración en la divulgación científica en radios, televisiones o en espacios tan emblemáticos como ‘Cuarto Milenio’ de Íker Jiménez.

Gracias a ello y a la singularidad de su oferta El Castillo atrae turismo de «Zaragoza, País Vasco, Navarra, Madrid y Cataluña, aunque últimamente también está subiendo gente de la Comunidad Valenciana» e incluso, a través de la televisión, ha despertado interés «en Hispanoamérica».

En definitiva, este era uno de los objetivos que se perseguían cuando se apostó por hacer de la ciencia un atractivo. «Además de ser un símbolo para Borobia, para la comarca y para la provincia, ha tenido una gran repercusión. De no venir nadie a hacer turismo se ha pasado a recibir gente de toda España y a conocerse este pueblo en todo el país e incluso más allá» de sus fronteras.

A los beneficios directos se suman los indirectos, porque todo ese flujo de personas «hace que en los alojamientos se queden a comer o a dormir. Los hoteles y hostales de toda la comarca y bastantes de la provincia ofrecen esta actividad». Gracias a ello «generamos un turismo propio, astronómico», marcado por la calidad de una actividad científica y cultural. Asimismo se cuenta «con una oficina de información turística para mandarlos ‘más adentro’», conociendo otros puntos de la provincia y convirtiendo el Observatorio en una auténtica puerta de acceso a Castilla y León.

Así, lo que comenzó como la idea de un pueblo al que le gustaba disfrutar de su cielo, uno de los mejores para dibujar constelaciones con el dedo, es una realidad que ha impulsado el turismo de la zona y la difusión científica. En definitiva, una forma de llegar ‘hasta el infinito y más allá’ con los pies en Borobia y de que la astronomía también se pueda convertir en un recurso turístico donde precisamente la contaminación o las prisas han dejado un cielo inalterado.

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