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BODEGA VEGA SAÚCO (DOP TORO)

La viña, su sonrisa

Wences Gil presenta su vino más reciente, La Sonrisa del Nómada, un tinto con cuatro meses de roble con el quiere llegar al público ‘no iniciado’

MAR TORRES
25/11/2016

 


Lo ha bautizado como La Sonrisa del Nómada. Es la marca más reciente del palentino Wenceslao Gil, Wences, un enamorado de la comarca toresana hasta el punto de afirmar que allí ha encontrado ‘su sonrisa’, la sonrisa de un nómada que la buscó entre lagares y hollejos, entre depósitos y barricas. Y la encontró en la tierra de Toro, en sus cepas.

Wences, que ha cumplido 38 vendimias consecutivas, llega a la siguiente conclusión: «Lo primero es adaptar la forma de elaborar a lo que nos gusta, vinos con color, con fruta y que sean redondos y fáciles de beber».

Estos tres aspectos son los que ha querido embotellar con su último vino, un tinto con cuatro meses de madera y sello de la DOPToro, cuyo nombre es la metáfora de su inquietud vital y profesional. Algo que explica en la contraetiqueta de la botella.

«En la botella», señala el enólogo, «además de vino hay más cosas. Hay una variedad, la tinta de Toro, un clima con muchas horas de sol, un suelo muy sano y unas gentes que trabajan todo eso y que tienen conceptos diferentes a los de al lado». «Es un homenaje a los viñedos que encontré en 1978–79. Entonces no se llamaban viñedos, eran vacillares porque no tenían una determinada edad».

«Cuando llegué a Morales había viñas de los años 60, viñas con ocho. diez años y producciones importantes, que ahora tienen 50 años. Eran viñas en pie directo, no se plantaba en pie americano hasta que llegaron las subvenciones de Europa, y hasta el quinto año no producían nada», señala.
La Sonrisa del Nómada está elaborado con uva de la casta tinta de Toro procedente de 15 hectáreas de tres fincas: Valdecarretas, La Pedrera y Ballesteros que, como todo su viñedo, es ecológico. Tienen entre 28 y 30 años –«poseen ese grado de madurez perfecto, como una persona de 55 años», compara–. Se trabajan en vaso y tienen una producción de 4.000 kilos por hectárea.

Tras la fermentación maloláctica pasó cuatro meses en barricas de roble francés de uno o dos años, «como mucho hasta de tres» para que la madera «aporte oxígeno para que se llevan a cabo las reacciones químicas que eliminan los taninos del vino», explica.

Según indica, con este vino quiere llegar «al público joven, que con 30 años se está incorporando al vino, a un vino que sepa al fruto, con un sutil toque de madera que le aporte redondez, porque los taninos de Toro son duros, fuertes y hay que domesticarlos», apunta.

Está comercializando la cosecha de 2015: 30.000 botellas con un precio de venta al público en torno a los 7 u 8 euros.

Wenceslao Gil conoce bien la comarca amparada por la denominación de origen. Llegó en los años 70 por motivos profesionales. Decidió quedarse, hacer vino allí y, a finales de los 80 y principios de los 90, fundar una bodega. Vega Saúco, en Morales de Toro (Zamora), la quinta de la denominación Toro.

En 1986 plantó el viñedo y comercializó la primera cosecha en 1991. «Era un momento difíci, Luis mtaeos tenía problemas y yo había comprado una bodega con barricas». «En el 91 solo estaban acogidos a la DO Frutos Villar, Manolo Fariñas y las cooperativas de Toro y Morales. Estaban Francisco Casas y Ramón Ramos, pero no inscritos», detalla.

Ahora, la bodega elabora la producción de uva que obtiene de 68 hectáreas de viñedo. «28 son propias, 10 están arrendadas y el resto son de tres viticultores pero yo lo controlo, les digo cómo se cultiva, cómo y cuando se poda...».

Tiene una producción media anual de 250.000 botellas y seis tipos de vino, entre ellos dos espumosos, tinto y blanco, que permanecen un año en rima después del tiraje que efectúa en primavera; y un dulce, Flor de Saúco Vendimia Tardía (se cosecha en noviembre), con un año de madera, que no elabora todos los años.

Las instalaciones tienen una capacidad de elaboración de 600.000 litros –a los que no llegan porque «hay que venderlos», dice– y un parque de barricas de 780 unidades, el 70% de roble francés y el resto americano. Exporta el 60% de la producción al mercado europeo, sobre todo a Alemania, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, y Suiza, y a Estados Unidos.

Wenceslao Gil habla con pasión y convicción del suelo, el clima y la uva de Toro. Pero han tenido que pasar años hasta llegar a ese grado de ‘enamoramiento’ de la comarca.

Primero la fatalidad y luego su determinación, hicieron que Gil, jugador de fútbol, se dedicara a la vitivinicultura y se asentara en Morales. Nació en Villambrán de Cea, una localidad de la comarca palentina de Vega Valdavia y era futbolista del Palencia cuando quisieron ficharle para jugar en el Real Valladolid. En ese momento estaba cursando COU. «Me propusieron trasladarme a Valladolid y pagarme los estudios», recuerda. Pero, antes del traslado y de la firma del contrato, en Guardo se rompió la tibia y el peroné y hasta ahí llegó su ‘carrera futbolística’.

Solicitó el ingreso en la Escuela de la Vid y el Vino de Madrid y en la de Ingenieros Técnicos Agrícolas. Compatibilizó los estudios, se graduó en ambas carreras y se incorporó al Grupo Rumasa en Bodegas Franco Españolas (La Rioja). Era el año 1976.

También trabajó en Bodegas Burvin (era el distribuidor en Burgos). «Eran vinos de mesa, de los de botella de litro, que se compraban en Toro y Cariñena los tintos, los rosados en Olite y Cigales y los blancos en Rueda, y se decidió elaborar en la Ribera en vez de comprar. Asesoraba a Luis Mateos –bodega de Toro que compró Ruiz Mateos en 1999 y actualmente es Marqués de la Olivara– y en 1979 elaboraba en la Ribera». Pero fue en Toro donde encontró su sonrisa.

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