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BODEGA PAGO EL ALMENDRO (DOP VALTIENDAS)

Vinos de canto y sin vivir

Óscar Hernando elabora tres referencias con uvas tempranillo que se cultivan en los valles que rodean el caudaloso Duratón, allá por Fuentidueña, Valtiendas y Cuevas de Provanco, términos de la provincia de Segovia.

TERESA SANZ TEJERO
09/12/2016

 

El primer regalo que le hicieron cuando nació fue una bota de vino con sus iniciales y, desde entonces, cuenta Óscar Hernando, que el vino le atrapó en todas sus facetas. Por eso, este chef y sumiller, hace un decenio, que decidió elaborar sus propios vinos.

Más allá de la anécdota del primer regalo que le vinculó al mundo del vino, Óscar Hernando es un inquieto de la materia prima de calidad y él sabía que los suelos arcilloso calcáreos con base de canto rodado y el suelo calizo de los páramos donde crecen las tempranillo que vigila él mismo, podían darles un sabor «especial» a los vinos que ahora vende en muy diferentes restaurantes, además del suyo propio, Maracaibo, y en tiendas especializadas.

La demanda ha ido en aumento y el 35% de las casi 24.000 botellas de su producción anual se exportan a Estados Unidos.

Todo empezó con la búsqueda de los viñedos «por la zona de Valtiendas», que conoce muy bien y «entre los aalles y la villa de Fuentidueña», de donde procede la familia paterna, además de un curioso majuelo en Cuevas de Provanco, «en ladera y orientación norte», subraya, que son los que procuran tres vinos de referencia: Evolet, Vivencias y Sin Vivir.

Ahora cuida algo más de cuatro hectáreas de tempranillo en una altitud que varía poco de unos terrenos a otros: entre los 900 y 1.000 metros.

Elabora sus marcas en una bodega equidistante a los viñedos, que se alejan unos de otros ocho kilómetros en línea recta, en el término de Navalilla, y estudia crear su propia bodega, en el pueblo de su padre: Los Valles de Fuentidueña.

Todo se sitúa en dirección a los páramos de Sacramenia, muy cerca del Duratón más caudaloso, donde casi todo es extremo: Su paisaje hermoso y el clima, extremadamente exagerado entre los 15 grados bajo cero y los 35 del verano. El vino no podía ser menos sorprendente.

Para este viticultor, vino y cocina van unidos en su trayectoria, porque desde los 14 años aprendió a cocinar con su madre, en el restaurante segoviano Casa Silvano–Maracaibo. En el mismo lugar donde con su padre trajinó desde muy corta edad en sala con los vinos, cuya carta es de las mejores de la hostelería segoviana.

Confiesa que «al entrar a formar parte de la Asociación de Sumilleres de Segovia, con grandes profesionales, todo este interés se acrecentó».

Conoció al desaparecido Pedro Sastre, de Bodegas Viña Sastre. Se hicieron muy amigos y tuvo la oportunidad de aprender en bodega con los hermanos Pedro y Jesús: «viendo las elaboraciones, cómo trabajaban las viñas y me picó mucho más el gusanillo», afirma.

Él quería hacer sus vinos en Segovia. Primero comenzó a elaborar en Zarraguilla, pero la buena marcha de los vinos de Valtiendas, no le permitía seguir compartiendo bodega.

Buscó nuevo espacio para elaborar y más viñedos, junto a su amigo y enólogo Raúl Pérez Pereira y echó a andar El Pago del Almendro SL.

Raúl Pérez es el viticultor, consultor, enólogo, creador de vinos más mediático del país. Los vinos de este berciano se discuten en los foros de Internet y se buscan por todas partes. Su nombre está en boca de muchos pero en copa de pocos. Sin embargo, como aquel socio que buscó Hernando está demasiado atareado elaborando vinos por el mundo, siguieron siendo tan amigos pero Óscar Hernando continuó con sus vinos en solitario.

Evolet, Vivencias y Sin Vivir son las tres marcas del vino que elabora: todos con crianza de roble francés, en barricas Ermitage que le tienen especialmente orgulloso: «Catamos entre ocho barricas y la que más nos gustó fue la más cara; desde entonces solo trabajamos con estas».

«Vivencias sale de Valtiendas, con suelo arcilloso calcáreo y una base de canto rodado muy fresco, con toques minerales debido a la tipicidad del terreno», explica. Aquel vino que hace casi un decenio se bautizó con el nombre de Vivencias, ahora se apoda Evolet Vivencias y desde que Parker le dio 92 puntos sobre 100 en el año 2011, el vino de Óscar ‘Maracaibo’ –como le conoce todo el mundo– tocó el cielo.

En 2012 hizo el primer Evolet, que significa ‘la estrella más brillante’, de otro viñedo de suelo calizo, con vistas a la muralla y castillo de Fuentidueña.

Luego surgiría el Sin Vivir, que se estrenó en su primera añada en 2009, procedente del majuelo de Cuevas de Provanco, donde solo puede elaborar en añadas donde la maduración se complete perfectamente.

Se llamó Sin Vivir porque el día que iba a recoger la uva, «algún listo bien informado», dice, les dejó sin uva, robando hasta el último racimo.

Óscar había estado en el majuelo el día anterior, comprobando el punto exacto de maduración. «Estaba emocionado por su calidad», recuerda. Volvió al día siguiente para la pequeña vendimia en ladera y «otros habían vendimiado al robo, dejando aquello pelado».

Sin Vivir fue el nombre más ‘prudente’ que se le ocurrió para definir el comienzo de la aventura al año siguiente, con la añada de 2010. En realidad, lo puso su mujer que, rotunda, al conocer lo sucedido afirmó: «esto va a ser un Sin Vivir» y con el nombre se quedó.

Las 23.000 botellas de su producción anual se distribuyen fundamentalmente en Segovia y otros lugares de Castilla y León, Madrid y en restaurantes ‘amigos’ de Valencia, Málaga, Guadalajara y Galicia, respetando una cuota de exportación del 35% que va cada año a Estados Unidos.
Su precio medio, en tiendas gourmet y delicatessen oscila entre los 9 euros del Evolet, el 17 del Evolet–Vivencias y los 35 del aquel Sin Vivir que empezó con mal pie y sigue siendo ‘el niño mimado’ de este viticultor.

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