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EN LAS NUBES

Amor que no se toca

ALMUDENA SANZ ALMUDENA SANZ
19/07/2018

 

CADA VEZ que cojo un libro de la Biblioteca Pública y me encuentro con el resguardo de alguno de sus anteriores usuarios me acuerdo de una compañera de mis años de carrera. La hubiera gozado con estos papelitos cotillas que poco entienden de leyes de protección de datos. Guardaba como un tesoro todos los objetos que hallaba entre las páginas de los volúmenes que cogía en las bibliotecas. Se llevaba enormes alegrías cuando abría uno y se topaba con una sorpresa como si se tratara de un huevo kinder. Todo le fascinaba y le daba pie a una reconstrucción de quien lo hubiera dejado que ni los de CSI. Una flor seca escondía a una persona melancólica y romántica; un billete de metro ocultaba a algún despistado que utilizaba poco el transporte público; la receta de un medicamento hablaba de un enfermo crónico que ya ni daba importancia a ese volante; el papelillo plata de una cajetilla de cigarros le hacía dudar, lo mismo la ponía delante a un elegante ejecutivo que a un despreocupado hippie; y se volvía loca cuando daba con el tique de la compra de un supermercado, se dibujaban mil y una posibilidades acerca de quien estuviera al otro lado: podía ser vegetariano, carnívoro o goloso, un obsesionado por la higiene, un cocinillas o un picaflor... Durante un tiempo le dio por devolver los ejemplares que cogía con un llamativo marcapáginas dentro. Siempre soñó con que un día lo volvería a ver en manos de quien, ipso facto, habría de convertirse en el amor de su vida. Las demás nos reíamos de sus ocurrencias. Unas alimentábamos su ilusión dándole todo cuanto caía de nuestros libros, otras pasaban de sus chaladuras y, sobre todo, una la vacilaba hasta decir basta. Veía como algo de otro planeta que pretendiera ligar sin sentarse con el aspirante en la barra de un bar o en las butacas de un cine. Al final la guardiana de los objetos perdidos se ennovió con un chico con el que hizo prácticas y compartió un sinfín de cervezas, mientras que quien abominaba de esa búsqueda ‘sin saber si quiera si el otro tendría pelos en la nariz’ vive enganchada al móvil, expectante y ávida de que el próximo pitido anuncie al hombre de sus sueños.

 

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