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EL GABINETE

Cataluña y la desafección

 

EN UN estudio se preguntó a los ciudadanos de diferentes países si estaban de acuerdo con la sentencia «la mayoría de la gente es de fiar». Como el lector ya puede imaginar, en los países escandinavos y en los Países Bajos respondieron que sí en un 66%, mientras que en Singapur la respuesta afirmativa fue menor y en Portugal, en el último puesto, solo el 10% pensaba que se puede confiar en los demás (Putnam, 2002).

Adelantándose a tantas cosas, Marco Tulio Cicerón, en las Conversaciones en Túsculo, ya tocaba el tema hace 2000 años: «También C. Graco (que era de buena familia y político muy populista) vació el tesoro público con sus pródigas concesiones, mientras que en sus discursos era el más vibrante paladín de la preservación del erario. ¿Qué me importan las palabras, cuando estoy viendo los hechos?».

En buena lógica, cuanta más desafección, menos confianza en los gobernantes, y, efectivamente, la «desafección» de la política da lugar en relativamente poco tiempo a posturas extremas y radicales.

Es decir, cuando no participamos y sentimos que las cartas están marcadas, nuestra ilusión se desvanece y surgen sin tardanza los populismos. Ya lo vimos claramente en las elecciones europeas de 2014, donde en toda Europa, tras años de crisis y de tensión, las posturas radicales, los nacionalismos excluyentes recibieron un balón de oxígeno.

Sobra recordar lo primero de lo que se apoderan lo nacionalistas, y no es otra cosa que de la “educación”, son muy cucos y nosotros los demócratas muy ingenuos…, y es una cuestión de tiempo que se agudicen las diferencias y lo exclusivo. Sabemos que una de las cosas que une más a un grupo es tener un enemigo común aunque éste sea imaginario, y después vendrá que se canalice la rabia y la frustración en ese enemigo, ya sea chivo expiatorio o en forma de bulling al que se le atribuyen todos los males y, finalmente el odio genera más odio.

En una época de vertiginosos cambios lo más revolucionario puede ser no hacer nada y no cambiar. Dejar las cosas como están sí es algo verdaderamente transgresor, puesto que la historia nos ha enseñado que nos agredirnos unos a otros por cuestiones infantiles cómo estar moviendo las fronteras de un lado para otro sin ton ni son. Con lo bien que se está en el bar con los amigos que nacieron en cualquier lugar...

 

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