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SIN VENIR A CUENTO

Complicidad indirecta

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
08/10/2017

 

OCURRIÓ HACE CUATRO AÑOS. No recuerdo la fecha exacta, pero la escena permanece intacta en mi memoria. Serían las 11 de la noche cuando me dirigía, como todos los días, a casa de mi novia. Poco más de 200 metros nos separaban en el vallisoletano barrio de la Rondilla. Durante el trayecto, absorto en mis pensamientos, escuché los gritos de una mujer al otro lado de la calle. Parecía la típica discusión con su pareja y al principio no le di la más mínima importancia. De repente, las voces cambiaron de dueño y él, visiblemente ebrio, comenzó a zarandearla. Me detuve en seco y esperé. En cuestión de segundos doblaron la esquina y el susodicho la empotró contra una pared, resolvió la disputa con un bofetón y ella, resignada, le siguió cabizbaja. La sangre me hervía y no sabía cómo reaccionar. Barajé las posibilidades. Actuar y enfrentarme al cavernícola, llamar a la Policía o no hacer nada. Pensaba en las consecuencias y creí que cualquier intromisión la perjudicaría. En ningún momento temí por mi integridad física. El tipo no tenía ni media ostia, tal vez ni cuarta en su estado. Les vi marchar en silencio y en silencio marché con un cargo de conciencia eterno.

No era la primera vez que me convertía en sujeto pasivo de la violencia de género. También en Valladolid escuché una discusión doméstica de alto voltaje. No sabía quiénes eran los vecinos en cuestión hasta que días después me la encontré en el rellano con el ojo morado, la típica sonrisa de cortesía y una mirada sumisa que denotaba culpabilidad. ¿Yél? Como siempre de lo más cordial. «Hola, ¿subes?, menudo tiempo tenemos...». Cada charla de ascensor con ese salvaje me revolvía las tripas. Y no, no hice nada.

Sirva mi confesión para entonar un mea culpa por ser cómplice indirecto de la lacra machista que se lleva por delante a decenas de mujeres en este país cada año. Pido perdón a todas las víctimas cuya voz fue silenciada por no tener un hombro sobre el que llorar, una voz amiga que las animase a denunciar y unos oídos dispuestos a escuchar. Sobre todo va por ti, Yolanda. Convivir de cerca con un asesinato, y no desde la distancia periodística, me abrió los ojos. Desde entonces, me prometí mantenerlos bien abiertos.

 

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