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EL GABINETE

Te contaré un secreto

 

-Te cuento un secreto -me dijeron un día- 
-Y sobresaltado pensé al instante-, en el caso de que no pueda compartirlo con los demás, la respuesta correcta tendría que ser: mejor no me lo cuentes…
Hay personas menesterosas que son verdaderos receptores de secretos, demostrando ser la  mejor amiga, el óptimo compañero y colega, incluso para demostrar que soy buena gente debo de soportar la losa de conservar todos los secretos al son de los demás, pero en realidad, acumular secretos y más, cuando no podemos hacer nada con ellos, hace daño incluso a nuestra salud, ¿qué podemos hacer con una traición que no nos incumbe y que no podemos gestionar, qué podemos sentir cuando no tenemos control alguno sobre el hecho?
Un reciente artículo publicado en la revista Quartz, nos decía que “cuando una persona está envuelta por un secreto, el mundo a su alrededor parece más desafiante, y otras tareas se perciben con más esfuerzo”. Puesto que los secretos también pesan y la duda no descansa.
 “Guardar secretos ocultos es un trabajo duro, y con el tiempo ese estrés erosiona nuestra salud y bienestar. La gente no parece estar preparada para guardar secretos, nos distrae de la situación actual y nos recuerda cosas que queremos olvidar, e incluso al guardar un secreto uno se siente falso e inauténtico.”
En psicología sabemos el daño que pueden causar esos secretos que incluso se trasmiten de generación en generación como el clásico escondido alcoholismo del abuelo.
Decía Asier Gallastegi que “Cuando no hay confianza en lugar de decirnos lo que opinamos conversamos con tercero. [...]  “El resultado es que nos llega una información con la que poco o nada podemos hacer. De pronto este secreto nos explota en la cara como fondo y como forma. Alguien que no te lo ha dicho piensa que tu trabajo no es bueno, por ejemplo, y un tercero que recibió esta información te lo cuenta.”
Y es que ya sabemos que es vicio dejarse bajar siendo alto.

 

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