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POR LA TANGENTE

Inventos

LAURA BRIONES LAURA BRIONES
21/10/2017

 

PECARÉ de obvia hoy, de poco o nada original, lo reconozco. No me importa. Tampoco me cuesta admitir que jamás me asomé a retazo alguno de la inmensa filmografía del actor argentino Federico Luppi, que ayer abandonaba este mundo de locos a los 81. Lo ‘bueno’ de estos tiempos es que no me ha hecho falta para que su fallecimiento salvara estas líneas a las que me asomo cada demasiado poco. Las redes sociales convalidan hoy en día toda asignatura pendiente, como es el caso.

En ellas me topaba ayer hasta la saciedad con un fragmento de la película Martín Hace -no, ni esa he visto- en el que Luppi pronuncia un discurso que, dadas las circunstancias, invita a la reflexión: «Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso, es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañás si te mudás a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país, es un tarado mental. ¡La patria es un invento!».

Ni es nuevo, ni siquiera original. Ni se escuchó por vez primera en aquella película, ni quedó dicho para no repetirse si no era con las mismas palabras. Tampoco se refiere exactamente al asunto que al parecer nos compete por que sí y hasta la saciedad, porque habla de una patria perdida o lejana, no de las reivindicadas -pedazos de tierra de mayor o menor tamaño- que hoy sirven de excusa para casi todo.

Y pese a todo, esas cuatro frases encierran la gran verdad a la que otros muchos como la que suscribe se aferran en estos días turbulentos para no perder el norte. La patria es un invento. Un constructo social lo es por definición y como tal hay que entender las patrias diversas que se defienden con banderas, combinaciones de colores a las que se otorga un significado compartido y, en ambos casos, excluyente.

Hace un mes lamentaba en este espacio más de lo mismo, ante la evidente escalada de estupidez, y aún más cansada proclamo mi creciente aversión a todas las patrias que no sean las emocionales de cada cual, esas normalmente informes a las que verdaderamente estamos atados. La mía carece de límites definidos y es cambiante, su himno evoca la voz de mi abuela canturreando y su plato típico supo antaño a besos robados en un portal y evolucionó a jarabe de fresa para la tos nocturna que me desvela. He ahí parte de lo que ya extraño y extrañaré seguro en breve, sin mudarme siquiera. He ahí la vida misma, la propia, lo único que los pertenece, y solo por un tiempo, demasiado corto además como para ‘entregarlo’ a inventos.

 

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