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SIN OFENDER

Unos nada y otros demasiado

MERCHE MARTÍNEZ MERCHE MARTÍNEZ
27/05/2018

 

PARADOJAS DE LA VIDA. Es conocido el grave problema que el mundo rural padece en nuestro país de forma generalizada, con la despoblación de sus pueblos. Triste realidad que muestra cómo los pueblos se van quedando vacíos a medida que sus habitantes de más edad, la mayoría de ellos con todo el dolor de su corazón, se trasladan a la ciudad. Y no suelen hacerlo por gusto sino por multitud de razones como es, por ejemplo, asegurarse una básica atención médica que les ayude a aplacar las molestias que el paso del tiempo y las duras labores del campo han causado en ellos.


Pero también para buscarse las habichuelas, una vez que las carreteras se han llevado por delante los campos de cultivo que eran su sustento. O el fuego ha acabado con los mismos montes en los que, hace apenas una década, los ganados campaban a sus anchas proporcionando a su vez la lana, la carne o la leche que poder intercambiar luego con el vecino por huevos o verduras.
Todos ellos factores que han hecho que el mundo rural pelee por seguir vivo adaptando las armas con las que cuenta a los usos y necesidades actuales. De ahí que la vieja escuela sea hoy una modesta casa rural y el teleclub un popular centro social. O que las ruinas que se ven a lo alto sean hoy un bien de interés cultural tras descubrirse que muchos siglos atrás los hijos de un rico conde medieval también jugaron entre ellas.


Atracción que muchos buscan y que a otros, sin embargo, les llega sola por la belleza que les fue dada y que ellos miman con cariño, haciendo de sus rincones pequeños paraísos de los que propios y extraños buscan disfrutar. El problema es cuando, ávido de esa belleza, llega el descontrol de la masa contra el que el lugareño no puede. Humilde quijote al que la impotencia va carcomiendo, sobre todo ante el silencio que como respuesta les da quien sí puede.


El Quijote de mi cuento es Orbaneja del Castillo, bella a punto de morir de éxito si las administraciones no le ayudan a regular la llegada de los miles de ‘atilas’ que, cada soleado día, se acercan a ver sus cascadas y piedras, dejando algunos detrás sólo porquería y malos modos. Triste postal de un paraje inundado de coches como si de un burdo Eurodisney se tratara, y del que todos desean huir mientras algunos como yo sólo pensamos: ¡qué pena no tener unas enormes cadenas para cerrar el pueblo!

 

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