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EN LAS NUBES

Noches de verbena

ALMUDENA SANZ ALMUDENA SANZ
16/07/2017

 

DE UN TIEMPO a esta parte, hablar del último moco que se ha sacado el niño o de lo mayores que estamos para hacer el pino puente son temas recurrentes. Las no madres solemos soportar el primero cuando el moco no se convierte en tres pedos, cuarto y mitad de comida no ingerida, un puñado de noches sin dormir… y las de treinta y tantos nos revolvemos con el segundo. La pasada semana me reencontré en el pueblo con una amiga que, después de unos cuantos años, se dejó ver el anterior verano y este ha vuelto con un niño en brazos. Después de chocar el carrito con otro que por allí circulaba y airear las intimidades de sus retoños, llegó el momento de cruzar una puerta del tiempo. Nos plantamos veinte o veinticinco años atrás, cuando las hojas del calendario estival bailaban al son del Paquito Chocolatero. Nunca fuimos de festivales. Éramos de verbenas. Calentábamos en mayo y empezábamos el partido en San Antonio. Las fiestas del pueblo de una son sagradas. A partir de ahí la conga se alargaba hasta septiembre. Una detrás de otra. Arrepentida estoy de no haber metido más en la mochila. Y pasábamos las noches sentadas en la acera frente al bar Chato prestas a avasallar a quien pudiera tener huecos libres en su coche; bailándonoslo todo, los pasodobles del inicio, las rumbas del medio y las roqueras del final, botando y cantando a voz en grito el balas blancas, balas blancas, para la oveja negra o fuiste la niña de azul, en el colegio de monjas, que aún hoy son fijas en el repertorio de las orquestas por mucho que ahora desplieguen escenarios de infarto y antaño tocaran sobre unas galeras colocadas para la ocasión; mirando de reojo a ese chico que nos tenía locas aunque no llegáramos a cruzar una palabra con él… Con una Mahou cerca y unas pipas en la mano, en un banco a la sombra, nos sorprendió la noche de julio. Quizás sí seamos más abuelas cebolleta de lo que admitimos, aunque aún nos faltan varias pantallas hasta alcanzar el nivel superior. Todavía no hemos asaltado a ningún niño para preguntarle ¿y tú, bonito, de quién eres?

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