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EL GABINETE

Los padres pesados

 

CUANTO MÁS me lo dicen peor lo haré, me comentaba un joven. Pero la pregunta es: ¿por qué algunos padres solo necesitan levantar la ceja para ser obedecidos y otros necesitan repetir una cosa todo el día, una y otra vez hasta la saciedad en una especie de burocracia intelectual? Padres que terminan justificándose diciendo que repiten tanto las cosas porque si no lo repitieran tanto, sus hijos no obedecerían.

El repetir las cosas se convierte para los hijos en un sonido continuo predecible y molesto como una TV encendida todo el día a la que nadie hace caso pero molesta, el repetir insistente de los padres termina siendo un runrún como el de la lavadora.

El pesado, actúa como persiguiendo un ideal, algo así como la paideia, pero en realidad, muestra algo de falta de mano izquierda, de templanza, y tiene algo parecido al aguafiestas. El padre pesado es otra forma de proteger y teme el conflicto.

Y al final el padre pesado es como el bulevar de Burgos, insiste solo en una dirección, y al poder ir solo en una dirección sin posibilidad de rotondas termina lejos de donde quería ir, y uno acaba siempre muy pero que muy cabreado y maldiciendo al que diseñó su construcción.

La repetición suele tener que ver con lo negativo, con la falta de ideas, y con un discurso escaso en lo simbólico. En la consulta vemos cómo los adolescentes necesitan espacio y autonomía y no que les señales únicamente los déficits de forma repetida: insistir en la falta hace difícil que el joven crezca.

En el frontispicio del templo de Delfos se puede leer: «nada en exceso» (Seneca).

Sabemos que en la llamada crisis de la adolescencia lo más correcto es acompañarlo, contenerlo y no vengarse, y he de recordar que es conveniente dejarle en algunos momentos que se equivoque o que pierda el tiempo.

Unos niños de 11 y 12 años me comentaban que les han repetido tanto él tema de la prevención del bulling que ya no están seguros de lo que es o no es el dichoso bulling.

Un buen ejercicio para un padre muy pesado es contenerse seis días; si lo consigue, verá que se dan resultados y la comunicación empieza a fluir, puesto que el canal no está saturado de repeticiones.

A estos padres les cuesta mucho entender que a veces lo mejor es no hacer nada, aunque el no hacer nada supone aguantar su propia angustia.

 

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