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SIN VENIR A CUENTO

Perdona, ¿tienes un minuto?

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
25/02/2018

 

CADA VEZ les veo menos, pero ahí siguen. Su ‘base de operaciones’ es la zona centro, desde San Lesmes hasta el Espolón pasando por la calle Santander. Te piden «un minuto», nada más, con una falsa sonrisa de oreja a oreja. La mayoría pasa porque ya se lo sabe, pero de vez en cuando pica algún incauto que se traga un speech solidario con cierta dosis de reprimenda por no involucrarse lo suficiente con los más desfavorecidos. Con el chaleco parecen voluntarios, jóvenes comprometidos ante la injusticia dispuestos a chupar frío en la calle para que el mundo sea un lugar mejor. Quien lo diga miente e incluso podría estar incurriendo en un delito que, aunque menor, atenta contra la ética cooperativa.

Sé de lo que hablo. Durante seis días fui uno de ellos. Con la carrera recién acabada y nulas perspectivas de futuro por culpa de la crisis, me dejé llevar por un maremagnum laboral repleto de ofertas para ser comercial. El término en sí no destaca por su buena aceptación, máxime si hablamos de ‘vender’ caridad. Mejor llamarlo ‘captador de fondos para ONG’. Hasta suena altruista y todo.

El caso es que me dio por probar. Mi entrevistadora -y jefa a partir del día siguiente- se congratulaba de ganar mucho dinero -de 3.000 para arriba en un mes bueno, no mentía- y ayudar al prójimo al mismo tiempo. Con cuatro preguntas, casi de cortesía, me integró en su equipo. También me explicó las ventajas del sistema por el que se regía esta subcontrata a sueldo de una entidad -empresa mejor dicho- que gasta más en publicidad que en asistencia. Aquello era como el Carrefour, por cada dos socios al día cobras tres. Y las tres primeras aportaciones mensuales del nuevo ingenuo iban a parar a tu bolsillo, el del último mono de un entramado que a saber dónde acaba.

No se me olvidará aquella señora, en pleno centro de Valladolid, que con lágrimas en los ojos me pedía perdón por no poder ayudar con su pensión de 300 euros y un marido gravemente enfermo. El perdón fue mutuo. Escuché su relato y me cayó la bronca por no exprimirla. Era mi quinto día. Al sexto me dieron el toque. Un socio al día era lo mínimo para mantener el empleo. ¿Salario base, seguridad social? Ja ja ja. Me despedí, cortés pero sincero, de la «pantomima» solidaria.

 

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