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SIN VENIR A CUENTO

Réquiem por el Patillas

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
02/11/2017

 

SE NOS FUE EL HISTÓRICO Patillas, el decano bar de referencia del que muchos burgaleses presumían ante las visitas. Quizá sea un ‘hasta pronto’ con lavado de cara y adaptación normativa entre medias, ojalá. La música espontánea, las tertulias apasionadas y las carcajadas entre botijos esperan un final feliz. Todavía es pronto para el desenlace, pero lo cierto es que a Burgos ya le falta parte de su magia. La inesperada decisión de Amando -totalmente respetable porque está en su derecho- nos obliga a reorganizar la ruta turística cuando ejercemos de anfitriones. Con el Museo de la Evolución a tiro de piedra jugábamos sobre seguro. Era la mejor parada antes de atravesar el Espolón para ver la Catedral aunque fuese desde fuera. A partir de ahora, no quedará más remedio que hacer tiempo hasta las 10 de la noche para cantar el himno en el Victoria, que también tiene su encanto y a los de aquí nos pone los pelos de punta por muy visto que lo tengamos.

En cualquier caso, por amplio que sea el abanico de opciones que ofrece la ciudad en el ámbito hostelero, el Patillas es irrepetible. Si sus paredes hablasen tendrían cuerda para rato. Miles de historias dignas de ser contadas, personajes ilustres que se prestaban a posar con orgullo con uno de los taberneros más emblemáticos de España, acordes sinceros que brotaban del alma hasta embelesar a todos los parroquianos. Eso y mucho más es lo que ofrecía este pequeño garito centenario reconvertido por inercia en una suerte de microuniverso capaz de parar el tiempo. El temido cierre se encargaba de devolvernos a la realidad y enfrentarnos al frío silencioso de la calle.

Al final, Amando dejó su querido Patillas en las mejores manos. No conozco a Jesús Gadea personalmente, pero puedo asegurar que la esencia del establecimiento se mantuvo intacta. Al menos en lo fundamental: decoración, duende por doquier y modus operandi tras la barra. Lo tenía complicado porque los puristas y los amargados siempre están al acecho, pero cumplió con creces hasta el último día. Desconozco si recibió críticas por su gestión. Por mi parte ninguna. Ídem la gente de mi entorno que vivió el antes y el después. Todos y todas coincidimos en que su espíritu permanecía intacto. Ahora, en pleno réquiem y a la espera de que el muerto se levante y vuelva a andar, tan solo queda agradecer la valentía y compromiso de Gadea con este pequeño rincón que a todos nos conquistaba en lo que se pide una consumición.

 

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