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LESLIE Y HAMMOND

Saltemos

AGUSTÍN HERRERO AGUSTÍN HERRERO
11/09/2017

 

Si algo hay que hacer entre todos, y en especial por las Instituciones Públicas de forma coordinada, apoyar la Provincia que poco a poco se nos muere. Fomentar la fijación de población, que el dinero corra por los campos y caminos con soltura. Reconozco que no es tarea sencilla amén de lo complicado y más, por la ineficacia, incompetencia y lejanía de dichas Instituciones. No puede dejarse la responsabilidad exclusivamente en manos de los pequeños ayuntamientos y sus alcaldes, quienes apenas tienen presupuesto para parchear las callejas. Suerte que a veces llaman a puertas que se abren para pedir. Los pueblos envejecen en la medida que sus tejados se hunden y los abuelos abandonan el frío que les seca los huesos. Nadie regresa para reparar aleros ni repintar fachadas. Nadie quiere que sus hijos sean labriegos, ganaderos o pastores. También caen las tenadas y los barbechos se quedan para siempre. Hace años pintaron colores amarillos de girasol en tierras donde el cereal fue milenario. Y años antes pagaban por arrancar y quemar las viñas. Pronto veremos nuevos pobladores que surquen, ordeñen y amojonen las heredades perdidas. Serán de otras tierras lejanas. Quizás de la Centroeuropa pobre. Quizás de países del este frío. Quizás del norte de África. Nuevas culturas colonizarán nuestros campos con la visionaria justificación que iluminados y sesudos mandatarios han visto, como paradigma y solución al problema. Parejas jóvenes escaparán del hambre de otras fronteras y sus hijos serán los que estudien en las escuelas con los nuestros. No rezarán en las viejas iglesias porque sus religiones son distintas. El Ángelus de François Millet, con la pareja en pie, se cambiará por otro rezo tumbado y orientado a la Meca. La llanura castellana quizás sirva para refugiados que merezcan una oportunidad, nadie lo duda, pero prestar no es entregar. Ya hemos vivido este relevo en las ciudades, en sectores tan vivos como la hostelería y construcción. En los mejores años, cuando ningún españolito quiso ser albañil, peón o camarero, rumanos y musulmanes recogían mesas y subían a los andamios. Quizás no estaban suficientemente dignificadas esas profesiones y quisimos que nuestros hijos fuesen, sólo licenciados. Son tiempos aún difíciles en los que a ninguno han de caérsenos los anillos. Desde luego que vienen tiempos mejores y el despegue llama a nuestra puerta. Ojalá hayamos aprendido de errores y vanidades en las que tropezamos por dejarnos llevar de la corriente. La suerte está por encima de nuestras cabezas. Saltemos a por ella.

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