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SIN VENIR A CUENTO

Ni siquiera 24 míseras horas

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
31/12/2017

 

SOLO QUIERO volver a hablar con la mujer que fue el aliento de mi fe». Recito esta frase a diario desde que escuché Amarga despedida de Aphonnic. La tengo tan interiorizada que ya forma parte del ritual mañanero de vestimenta de mi hijo. Siempre a dúo, acompañamos a Chechu en sus vertiginosos cambios de registro. Al final llega el verso de marras y nos venimos arriba con los guturales. La canción se acaba, el enano aplaude y servidor mantiene la sonrisa mientras se viene abajo por dentro. Ojalá no me identificase, al menos no de ese modo. Pero ahí está ella, siempre presente en mis mejores recuerdos. Todavía no se ha ido, aunque hace tiempo que nos dijo adiós.

Lo más doloroso es que no aprovechamos el tiempo para despedirnos en condiciones. Mea culpa. Tal vez debí, aunque nunca hizo falta, agradecer con palabras todo el amor recibido. También llegué tarde por escrito.Tenía claro que debía dedicarle una tribuna el día que se me presentase la oportunidad. Y cuando llegó el momento, la mujer que devoraba mis primeras informaciones en tiempos de becario no pudo impedir el vaciado progresivo de su disco duro sin posibilidad de formatearlo.

La dichosa enfermedad, por desgracia, no da tregua. Ni tan siquiera 24 míseras horas en las que exprimir cada minuto al máximo. De ser así, notaría a la legua nuestra tristeza por mucho que tratásemos de fingir. Ni por teléfono era capaz de dar el pego cuando de repente soltaba su clásico «tú no me engañas, a ti te pasa algo». «De verdad que no, estoy bien», respondía tratando de sonar convincente a sabiendas de que a ella nadie le daba gato por libre. Ahora ya no importa porque las miradas perdidas no analizan el estado anímico o la entonación de los demás.

Por culpa de su muerte en vida aborrezco la Nochevieja. Hoy no quiero pasar por el número 80 de la avenida del Cid. Bastante me cuesta un día normal, pero hoy más que nunca porque ya deberíamos estar hablando del menú, de los planes nocturnos de los ‘jóvenes’ o de cualquier otro tema. Después de las uvas, varios brindis y una amena sobremesa antes de salir a darlo todo. El guion apenas variaba, ahí estaba la gracia.

 

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