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LESLIE Y HAMMOND

Las vegas

AGUSTÍN HERRERO AGUSTÍN HERRERO
08/10/2018

 

EL VÉRTIGO existe para quien lo siente dentro, aunque pase desapercibido para los demás al igual que sucede con el miedo. Lo normal es notar ese pinchazo en el estómago cuando asomas tu centro de gravedad, a la vertical de un alto muy alto. Algunos lo viven subidos al andamio que les da el pan nuestro de cada día. Otros tiemblan al atravesar una pasarela suspendida o suelos de cristal. Puede llegar cuando está a punto de tocarte una primitiva o bajas por la montaña rusa. Muchos trajes para ese fantasma que remueve nuestras tripas. En cualquier caso, hay una relación de verticalidad, movimiento y altura. Cuanto más alto subes y miras para abajo, es mayor la sensación. Llega la sutiliza hasta tal punto, que hay quien siente ese vértigo al mirar hacia arriba. Hay edificios tan espigados que se merecen ese galardón cuando vistos al ras del suelo se pierden entre nubes. A esas torres que crecen infinitas como las columnas góticas nervadas, las llaman rascacielos. Es lo que todo arquitecto hemos soñado, diseñar uno para la posteridad y que además le pongan tu nombre. No me caerá esa breva aunque sí, a algún colega que seguramente de forma merecida tenga el molde en la fragua de Vulcano y el proyecto casi encarpetado. Burgos tiene la suerte de ser larga y estrecha de este a oeste, guiada por el río mayor, rehundida en la vaguada con laderas desde las que se puede mirar su cara y por encima de su coronilla. Tejados de teja roja y humo en sus chimeneas, hablan de una ciudad vieja que poco a poco ha despegado con nuevos barrios de edificios rechonchos, mejor o peor proyectados. Pero no tenemos ninguno alto de verdad que destaque sobre los demás. Ni siquiera las tres torres del Barrio de Carrero Blanco de quince plantas lo parecen. No veremos nunca aquí rascacielos por desgracia, aunque a punto están de cimentar, alguna que otra torre que acompañe el perfil seguido al trazado de las viejas vías del tren. Imagino esas torres al memos el doble de altas que lo que ya hay, es decir, hasta el piso treinta y muy estilizadas. Y esto sin el vértigo que algunos sienten por cuestión del tamaño o porque no se fían de ninguna otra creación que no sea la suya. Una ciudad como la nuestra, necesita símbolos que nos den moral y hablen de crecimiento y fuerza. Quizás la mejor de las torres sea la que se dibuje por cualquier joven arquitecto recién salido de la carrera. Inhibido y sin prejuicios. Ingenuo y seguro de sí mismo. Sin deudas de pleitesía ni sometimiento. Que el tiempo cubra de altos árboles, las vegas.

 

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