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Aguilar de Bureba se entrega a los Ejercicios de San Francisco

Los fieles del pueblo se involucran con este antiguo rito de Cuaresma que ha desaparecido por completo en la comarca

GERARDO GONZÁLEZ / Briviesca
12/03/2018

 

La Cuaresma se vive de forma muy intensa en la pequeña localidad de Aguilar de Bureba, el último reducto que desde hace décadas mantiene con vida un antiguo rito religioso atribuido a la presencia de los religiosos franciscanos del convento de San Francisco que se hallaba extra muros de Briviesca.

Conocidos por ello como los Ejercicios de San Francisco, fueron desapareciendo en todas las parroquias excepto en la de Aguilar, donde se han conservado por un caso extraordinario de fidelidad hereditaria de padres a hijos.

Una de las particularidades de este acto es que la participación de los fieles es la clave para el desarrollo del rito que, en esencia, representa y hace vivir la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, vinculada a la propia muerte de cada uno, como experiencia personal.

Por su desarrollo, pese a que no se han localizado hasta la fecha referencias documentales exactas, todo apunta a un origen medieval enraizado con la Venerable Orden Tercera, concebida para el pueblo llano que, sin dejar su estado y oficio, contraía varios compromisos de revivir la Pasión del Señor y de su Madre. Por ello, en muchas ciudades y pueblos se celebraban comunitariamente, de acuerdo con un ceremonial establecido, los llamados Ejercicios de San Francisco.

La existencia en la iglesia románica de Aguilar de una pequeña talla en madera de San Francisco de Asís -obra de Juan de Mena al igual que otra de San Antonio de Padua- indica que podría estar relacionadas con la práctica de los Ejercicios de San Francisco, ya que hablan claramente de una vinculación devocional con la Orden Franciscana.

Con este legado, firmemente arraigado entre los vecinos, cada viernes de Cuaresma, al atardecer, se prepara en el centro del templo una mesa con dos calaveras cogidas del cementerio del pueblo que se han utilizado otros años. También sobre la misma mesa del centro está el acetre con el agua bendita y un crucifijo. Detrás de la mesa, hay una silla en la que se sentará el párroco que preside los ejercicios.

En línea recta hacia el altar mayor se encuentra la imagen de un ángel con una vela a cada lado, una columna y un asiento. Además, hay dos grandes cruces. En la del presbiterio un vecino simula la crucifixión, mientras que la segunda es cargada por otro hombre que realiza el recorrido por el recinto de la iglesia durante los ejercicios.

El sacerdote, revestido de ornamentos negros y vuelto hacia el altar, reza el Ángelus mientras suena el toque característico. Una vez finalizado el rezo, entona la Salve popular, cantada a pleno pulmón por todos los asistentes.

Todo este preámbulo sirve de preparación a lo que es la celebración fundamental. Un adulto o un joven se coloca como si estuviera clavado en la cruz del centro colocándose una soga al cuello y una corona de espinas en la cabeza. Otro hombre se coloca una cruz sobre los hombros y recorre muy lentamente la iglesia por el centro.

Tres niños se acercan al banco que hay en el centro, a la columna y al ángel. Uno se pone de rodillas con los brazos en cruz, otro inclinado sobre la columna representando la flagelación y el tercero se sienta en el banquillo, toma la corona de espinas, la besa, se la pone sobre la cabeza y también toma en sus manos una caña por cetro. Todos miran hacia el altar mayor, excepto el que está clavado en la cruz, que mira hacia el pueblo escenificando plásticamente el conjunto y, con la mayor viveza, los misterios dolorosos y la Pasión de Cristo.

Cada misterio del rosario que se reza son sustituidos todos en sus puestos, besan el suelo de rodillas, toman las coronas de espinas y las besan, se las colocan en la cabeza, permaneciendo en su sitio durante un misterio.

Terminado el rezo de los siete misterios del Rosario y las letanías, todos los que estaban en el centro dejan sus puestos y se van a sus asientos entre el pueblo.

Entonces, tres hombres toman un crucifijo y dos calaveras y van pasando para que la gente bese las calaveras y el crucifijo. A los que besan las calaveras les dicen «acuérdate, hermano, que así te has de ver». El que da a besar el crucifijo dice «este es el Señor que te ha de juzgar».

 

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