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El Colacho hace méritos para recuperar el ‘Interés Nacional’

Castrillo de Murcia reivindica su gran fiesta con la intención de apoyar la candidatura / El salto de los bebés congrega a más de 2.000 personas

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
04/06/2018

 

El espíritu festivo en torno a la figura del Colacho se mantiene intacto año tras año en Castrillo de Murcia. Sin embargo, la reivindicación era ayer más palpable que nunca en esta pequeña localidad que aspira a recuperar la corona que le fue arrebatada a finales de los 70 con el traspaso de competencias a las autonomías. La declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional ya está sobre la mesa de las Cortes de Castilla y León con el objetivo de celebrar, en 2021, los 400 años de historia de una cita única en su especie. Por eso, vecinos, cofrades y visitantes entonaron el ‘todos a una’ para impulsar de nuevo un reconocimiento que nunca debió perderse por cuestiones burocráticas.

Las lluvias de los últimos días en la comarca de Odra-Pisuerga supieron retirarse a tiempo para no empañar el acto más significativo de la fiesta: el salto y bendición de los bebés nacidos este año. De esta forma, el bien triunfa sobre el mal y el grotesco Colacho, hereje representante del diablo, huye despavorido tras el rechazo masivo de las gentes que previamente han sufrido sus coléricos azotes.

Como un clavo, decenas de asistentes se congregaban en el punto de partida bajo un cielo despejado con algún que otro nubarrón merodeando a las afueras de la villa. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, el sol y la brisa se alternaron durante el recorrido de la procesión desde la iglesia de Santiago Apóstol hasta la última de las ocho paradas por las calles del casco urbano en la que se ubican los colchones y altares donde los pequeños lloran o duermen al son de las campanas, los tambores y las tarrañuelas.

Algunos se impacientaban pasadas las 6 de la tarde mientras los padres y madres aprovechaban el retraso de la comitiva para inmortalizar un momento irrepetible en la vida de su retoños. El redoble de los tambores parecía aproximarse, aunque hubo que esperar para que Santiago Apóstol ordenase el arranque del ritual con sus campanas repicando sin cesar hasta el final del recorrido.

Por fin, 20 minutos después de lo previsto, los Colachos entregados a la causa iniciaron su trote saltarín de despedida mientras vecinos y cofrades pedían «silencio y respeto» a los allí presentes. La consigna se repitió a lo largo del camino, siempre con un ‘guía’ de la villa a la cabeza de la procesión para abrir paso. Su presencia era obligada, pues la masiva afluencia de gente dificultaba el avance de este singular desfile al que también se suman niñas y niños que en su día también se tumbaron en esos colchones.

Resulta prácticamente imposible cuantificar el número de asistentes, aunque está claro que sobrepasaban los dos millares. De hecho, encontrar un hueco para aparcar media hora antes de la procesión se antojaba harto difícil, hasta el punto de que los más rezagados se vieron obligados a estacionar sus vehículos a las afueras del pueblo. Lo que sí tenía claro Trinidad Sancho, vecina y colaboradora de la fiesta «de toda la vida», es que la cantidad de seguidores del Colacho viene siendo similar durante los últimos años. Eso sí, lo mejor de esta edición es que se apuntaron más bebés que en 2017.

«A ver si lo conseguimos», declaraba la mujer, mientras recogía el altar de la última parada, en relación a esta nueva intentona de recuperar el marchamo de Interés Turístico Nacional. Al mismo tiempo, no dudaba en agradecer el papel que juega el sacerdote castrillense Ernesto Pérez, quien«hace mucho» por una fiesta que, para bien en la mayoría de los casos, no deja indiferente a nadie.

A escasos metros, en dirección a la iglesia, se encontraban Pepa y Eduardo con el pequeño Álvar, plácidamente dormido cuando el Colacho saltaba sobre él. No es el primero de la familia. Varios de sus primos y su hermana mayor se recostaron en su día sobre uno de los simbólicos colchones que representan el terreno de juego en el que se libra la batalla final entre la inocencia y el pecado. La tradición, según confesaba Pepa, se inició con su hermana y desde entonces se ha convertido en una cita ineludible cada vez que nace un chiquillo.

Más allá de lo «tradicional» de este centenario evento que originariamente servía «para que no se hernien los niños», Pepa también es una firme partidaria del merecido título nacional que ansía el Colacho. Por ello, no dudaba en animar «a la gente que no lo ha visto nunca» a disfrutar de un acto «muy bonito» que merece la pena ver en directo. Asimismo, aprovechó la ocasión para reclamar a las administraciones que «apoyen» el reconocimiento porque «sería bueno para Burgos, la comarca y el pueblo».

 

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