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ESPINOSA DE LOS MONTEROS / CANTERA DE JÓVENES TALENTOS

‘Espiciencia’, el Silicon Valley de Las Merindades

Casi un tercio de los alumnos de Primaria de Espinosa asisten cada semana a la escuela científica de Espinosa, inmersa en múltiples proyectos dentro y fuera del país

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
11/03/2018

 

Todo el mundo sabe que Albert Einstein nació con un «potencial intelectual portentoso». Ya desde pequeño apuntaba maneras, pero si llegó a lo más alto fue porque «le dejaron crear». Partiendo de tan irrebatible premisa, la profesora Bárbara de Aymerich se ha convertido, sin darse cuenta, en captadora de jóvenes talentos por amor al arte... científico. Desde Espinosa de los Monteros al resto del planeta, sus 65 pupilos comienzan a despuntar gracias a la inquietud y dedicación de un equipo docente dispuesto a revitalizar el mundo rural a través de una escuela cuyo modelo merece ser exportado.

Espiciencia es la base de operaciones, una especie de Silicon Valley a pequeña escala donde el conocimiento fluye a la misma velocidad que la información a través de las redes sociales. Pero no fue fácil levantar los cimientos. De Aymerich se topó con la incomprensión de algunos vecinos que la tachaban de «friki» cuando planteó su idea. Corría el año 2010 y tenía el «gusanillo de seguir con la educación». Se ofreció para dar clases extraescolares en el colegio del pueblo y le dijeron que no, así que decidió montar algo por su cuenta.

Empezó con seis alumnos, hoy se han multiplicado por 10 y lo cierto es que está «pletórica». En primer lugar, porque a lo largo del año pasado logró «recoger el fruto de los anteriores». Su revolucionaria y estimulante metodología académica no pasó desapercibida para los medios de comunicación nacionales. También llegaron los premios y el «reconocimiento» de prestigiosas entidades internacionales como la comunidad europea Scientix, donde De Aymerich es embajadora.

Aparte del mérito innegable de los cuatro profesores que forman parte de Espiciencia, el boca a boca ha tenido mucho que ver en el éxito de la iniciativa. De hecho, uno de los últimos alumnos en incorporarse se desplaza todas las semanas desde Miranda de Ebro. A este paso, las instalaciones se van a quedar pequeñas. Pero lejos de poner puertas al campo, De Aymerich y sus compañeros esperan «seguir creciendo» en la medida de sus posibilidades para ofrecer más alicientes si cabe a las nuevas generaciones.

¿Cómo se genera interés por la ciencia a tan temprana edad? Pues a base de preguntar «cuáles son los temas que más les interesan», tomar nota y desarrollar «proyectos eminentemente prácticos» partiendo de una «base teórica». Del brainstorming inicial pueden salir pepitas de oro en múltiples direcciones. Los más pequeños (a partir de 4 años) se centran este curso en la astrofísica, mientras que los más mayores (hasta 12) han optado por adentrarse en las artes cinematográficas con un cortometraje científico.

Si algo tiene claro De Aymerich es que «de niño a niño es más fácil aprender». Los más veteranos «tutorizan» a los benjamines de la escuela. Porque no todo es ciencia en Espinosa. La cooperación, el esfuerzo colectivo y la búsqueda del bien común están a la orden del día, dentro y fuera de las aulas. Las medallas, cuando llegan, no llevan nombres y apellidos. El mérito es de todos porque todos aportan su granito de arena. De eso va el juego, y los adultos tenemos mucho que aprender en este sentido.

Aparte de los proyectos concretos que se llevan a cabo durante el curso, los alumnos asisten a clases de ciencia, programación y robótica. Las nuevas tecnologías avanzan a pasos agigantados y muchas profesiones del mañana todavía no existen. Sin embargo, los jóvenes talentos de Espinosa ya empiezan a vislumbrar el camino a seguir.

Lo demuestra su implicación, como «conejillos de indias», en un proyecto «pionero» con bolígrafos digitales cuya implantación en el sistema educativo es cuestión de tiempo. Los chavales escriben como si nada, realizan tests de «corrección rápida» y el profesor ve lo que hace cada uno «en tiempo real». De esta forma, se pueden «detectar dislexias», advertir posibles fallos ortográficos y caligráficos o saber cuánto tarda cada estudiante en completar el examen.

No es el único «reto contra la máquina» que tienen por delante. La aplicaciones móviles están cada vez más presentes en la escuela. De hecho, un grupo de prometedoras científicas está desarrollando en estos momentos tres apps destinadas a «paliar la despoblación rural». La primera recoge los principales servicios de Las Merindades para que vecinos y visitantes sepan cómo y cuándo acceder a ellos. La segunda, orientada a la actividad agrícola, ofrece entre otras cosas «calendarios de siembra» o «información sobre plagas». Y la última, como no podía ser de otra manera, es para ellos. Se trata de una herramienta de gran utilidad para comunicar las ausencias en clase, los deberes del día o las actividades extraescolares que se ofertan en toda la comarca.

Las chicas «se tienen que dar caña» porque participan en la convocatoria Technovation Challenge, cuyo plazo de entrega finaliza el 27 de abril. En cualquier caso, la directora de Espiciencia asegura que avanzan a buen ritmo y no le cabe duda de que llegarán a tiempo.

Con menos prisa pero sin pausa, la escuela espinosiega trabaja en un libro digital sobre experimentos científicos por encargo de la editorial Weeble para su posterior difusión gratuita en internet. La idea es incluir 12 proyectos y de momento van por la mitad. No obstante, De Aymerich quiere tenerlo listo para mayo. Entretanto, esta pequeña y bien avenida comunidad continúa colaborando con varios medios de comunicación locales. Entre ellos Radio Espinosa, donde los chavales presentan un programa semanal llamado ‘Naciendo Ciencia’.

Aparte de las ondas radiofónicas, Espiciencia divulga sus investigaciones a través de la red de redes. Se valen de Skype para comunicarse con la Red Arciteco de Argentina, en la que colaboran para el desarrollo de «ingenios con fines sociales». Al mismo tiempo, el centro burgalés también suma sinergias con la Red Europea para la Educación Científica Scientix, que el año pasado premió su trabajo.

Con este currículum a sus espaldas sin haber llegado siquiera a la adolescencia, los chicos tienen un futuro muy prometedor por delante. Lo malo es que «se marcharán a estudiar fuera». Y claro, quién sabe si volverán para quedarse el día de mañana. Lo que no se le escapa a la maestra es que «adoran su casa» y «les encanta vivir en la naturaleza». Por eso no pierde la esperanza y confía en que regresen a Las Merindades, pongan en marcha sus propias empresas y exporten todo su potencial desde el medio rural, que falta hace.

«¿Por qué no se puede hacer ciencia en un pueblo?». Fue lo primero que se preguntó De Aymerich cuando soñó con un club de ciencia en Espinosa. La respuesta era ‘sí, se puede’ y el tiempo acabó dándole la razón. Superó los obstáculos, algún que otro prejuicio y se lanzó a una piscina ayer vacía y hoy cada vez más llena. Tiene su mérito, máxime cuando prácticamente un tercio de los niños de Primaria escolarizados en el municipio asisten a sus clases.

Ha derribado muchos muros. El más importante, sin lugar a dudas, tiene forma de tópico. Ese que dice que los de letras no valen para las ciencias y viceversa. Ella no cree en esa «separación» de conocimiento. Ambas ramas son compatibles, lo que ocurre es que «cada uno tiene sus intereses o gustos», de ahí la necesidad de profundizar en ellos sin cerrarse en banda a otras actividades. Lo fundamental es que «les pique la curiosidad» y alimentarla como es debido. De forma clara, amena y, sobre todo, con mucha ciencia.

El equipo

Bárbara de Aymerich puso en marcha Espiciencia por pura pasión pedagógica. Desde cero y con fondos propios, ha consolidado una comunidad científica única en su especie que se nutre de las aportaciones de pequeños mecenas y la cuota de 25 euros que paga cada alumno. Ese dinero se emplea para la compra de materiales y las nóminas de los tres profesores que la acompañan en esta aventura. La directora, de momento, no cobra.

La primera en subirse al barco de Espiciencia fue Nerea Martínez, el «alma» de la escuela. De Aymerich no dudó en ficharla cuando supo que «había hecho Bioquímica y le encantan los niños». Ahora, compagina su trabajo docente con sus estudios de Nutrición.

Después llegó Joserra Oyanguren, el ‘Steve Jobs’ de Espinosa. Bilbaíno de nacimiento, recaló en Las Merindades por amor e imparte clases de informática y robótica. El último en incorporarse fue Gabriel Benito, un joven «fenómeno de la electricidad» con gran soltura en el manejo de drones.

 

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