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Francisco Oñate analiza los blasones y linajes de Castrojeriz y Villadiego

El investigador burebano publica su sexta obra mientras ultima dos nuevos trabajos sobre heráldica y genealogía en los partidos judiciales de Miranda de Ebro y Sierra de la Demanda

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
06/11/2017

 

La pasión de Francisco Oñate (Quintanillabón, 1935) «por la historia y por las artes» se remonta a sus tiempos mozos. Siempre curioso y observador, buscaba respuestas en los libros para saciar su hambre voraz de conocimientos. Hoy, a sus 82 años, acaba de publicar su sexta obra sobre Blasones y linajes en la provincia de Burgos, a la venta en la librería Espolón e Hijos de Santiago Rodríguez.

En esta ocasión, y con la misma precisión de cirujano que en sus anteriores entregas, analiza con rigor y entusiasmo la genealogía y heráldica de los partidos judiciales de Castrojeriz y Villadiego. 311 páginas con más de 200 imágenes que plasman lugares emblemáticos, con centenares de anécdotas a sus espaldas, como la capilla de los Gallo (Castrojeriz), la iglesia gótica de Santa María (Sasamón) o la parroquia de Melgar de Fernamental, «con la advocación de la Asunción de nuestra Señora» y«sus arcosolios adornados con primitivos blasones».

Lejos de relajarse, Oñate remata en estos momentos sus dos próximos libros, que abordarán los blasones y linajes de los partidos judiciales de Miranda de Ebro y la Sierra de la Demanda. Confiesa que ya los tiene «muy avanzados», por lo que su intención es «publicarlos en el menor tiempo posible». Por si fuera poco, Antonio López-Sanvicente, amigo y admirador del «erudito» investigador, añade que también está preparando un «apéndice general en el que se recogerán escudos no incluidos en los libros publicados y algunas rectificaciones».

Para conocer los inicios de su trayectoria literaria hay que remontarse al año 78, cuando recibió una «carta-propaganda» delInstituto Salazar y Castro «en la que me anunciaban la publicación, en varios tomos, de extractos de los expedientes de los pleitos de hidalguía que se conservan en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid». ¿Por qué le llamó la atención? «Fundamentaban el envío en haber localizado entre los expedientes el de Gumersindo Oñate, vecino de Pradoluengo, nacido en Belorado el 20 de enero de 1779, y suponían que fuera miembro de mi familia, como así era».

Ese día marcó un antes y un después para el investigador burebano. Su tenacidad le llevó a rebuscar en los libros parroquiales hasta obtener, tras varios años de trabajo, un árbol genealógico de su familia «con línea directa de varón de 17 generaciones comprendidas desde el año 1535». Después, ya jubilado, logró incorporar a las partidas de nacimiento «una serie de testamentos extraídos de los protocolos notariales y dos pleitos de hidalguía procedentes de la Real Chancillería de Valladolid.

A raíz de esta exhaustiva investigación, Oñate descubrió «un camino que día a día te lleva por otros derroteros». La heráldica llamó a su puerta y no dudó en abrir. Lo primero que hizo fue localizar y fotografiar escudos de la provincia para, acto seguido, «extraer del Catastro del Marqués de la Ensenada, del siglo XVIII, los hidalgos existentes en los pueblos donde se encuentran los escudos». A continuación, consultó diferentes libros de heráldica para «disponer del mayor número de consultas, pues de lo contrario el intento es vano». Finalmente, buscó en los libros parroquiales las partidas d bautizados y finados, prestando especial atención a los últimos para saber «si el difunto hizo testamento y ante qué escribano».

Oñate se sumergía en la historia en sus ratos libres, ya que trabajó como administrativo en Madrid y Barcelona antes de trasladarse a la Cellophane en Burgos. Aún así, publicó en esos años sus dos primeros libros, centrados en los blasones y linajes de Briviesca y Burgos. Sobre su primera aventura, recuerda que le llevó «mucho tiempo» porque tan solo podía indagar en el archivo diocesano «los sábados por la mañana». Poco a poco, fue cogiendo carrerilla y afianzó su trayectoria tras la jubilación al disponer de «más tiempo libre».

Al investigador no se le escapa que «los tiempos cambian y las familias también». Le apena saber que «si preguntamos a alguien cómo se llamaba su bisabuelo no te sabrá responder». No le queda otra que admitir que «la heráldica y la genealogía han pasado a mejor vida», al menos para el público mayoritario. Sin embargo, seguirá con sus aportaciones históricas, aunque solo sea para esos «pocos que se interesan por ellas».

 

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