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RIBERA

La helada de abril y la sequía puede afectar a los viñedos dos años más

A la espera de la brotación, Enoduero advierte que muchas cepas se encuentran «en mal estado»

LORETO VELÁZQUEZ LORETO VELÁZQUEZ
16/12/2017

 

Nadie pone en duda que 2017 ha sido un año especialmente duro para el campo y para la Denominación de Origen (DO) Ribera del Duero. La falta de lluvias unida a la inesperada e intensa helada que cayó en la madrugada del 27 de abril dejan un panorama preocupante en el sector vinícola que podría afectar no solo a la última cosecha, también puede poner en riesgo las vendimias de 2018 y 2019. «Ahora las cepas están en stand by, por lo que habrá que esperar a la brotación de primavera para valorar pero la helada dejó muchas cepas en mal estado», advierte el presidente de la Asociación enológica de la Ribera del Duero (Enoduero), José Nuño.

Y es que aquella helada de finales de abril -con picos de hasta seis grados bajo cero- cayó en un momento delicado al coincidir con el inicio de la actividad radicular. «La planta empieza a absorber agua por las raíces y como los sarmientos que se han cortado en la poda, -que se está realizando ahora-, sale por los cortes, se producen los llamados ‘lloros’. Al caer tanto las temperaturas los brazos de la planta tuvieron el mismo efecto que una tubería cuando se congela y algunos se rompieron», precisa.

Junto a la helada, no se puede olvidar el peligro de la sequía. «Es un problema serio», asegura con la esperanza de que la tendencia se reconduzca y vuelvan por fin las ansiadas precipitaciones, aunque «ahora está fatal».

En su opinión, a lo largo del año hay momentos vitales en los que la planta requiere agua como en el proceso de crecimiento y desarrollo vegetativo, cuando termina la vendimia o antes de que se caiga la hoja de la vid. «Ese momento es importante para que la planta acumule reservas de cara a la siguiente brotación», apunta consciente de que más que enfermedades, la falta de lluvia impide que la vid tenga reservas. «Si la brotación es muy débil mermaría la cosecha», detalla.

En este sentido, cabe recordar que la intensa helada primaveral junto a la escasez de lluvias -unos 250 milímetros de lluvia cuando se esperan 450- mermó la última producción hasta los 55 millones de kilos de uva recogidos. Una cifra muy alejada de los 88 millones recolectados en 2015 y de los 133 acumulados en el 2016, cuando se cerró una campaña histórica. Por suerte, aunque la cantidad fue escasa, la calidad es excelente y se esperan vinos de guarda. «Afortunadamente gracias a esta calidad se podrá garantizar la viabilidad económica de las bodegas», destaca a sabiendas de que cuando hay mucho vino se pueden compaginar los reservas y crianzas, que dejan mayores márgenes, con los vinos más jóvenes. «La situación actual obliga a dejar los vinos menos rentables», explica.

Sin duda, la escasez de uva tiene sus consecuencias. «Abrir mercados cuesta muchísimo y si no podemos atender a nuestros proveedores, al final buscan otras alternativas», lamenta al recordar que se trata de un problema generalizado, ya que tanto la sequía como las heladas también han causado estragos en otras zonas de España como La Rioja, El Bierzo o Galicia y del mundo. Solo en Burdeos, los sindicatos estimaron una destrucción de 115.000 hectáreas de viñedo.

El ciclo de la vid

Una vez finalizada la vendimia, la actividad en el viñedo se retoma 20 o 30 días después con la poda de las ramas. «Se suele dejar dos o tres yemas por pulgar», recomienda Nuño. El siguiente paso no se da hasta primavera, cuando suben las temperaturas y se inicia la actividad radicular. Las raíces absorben el agua del suelo para producir los llamados ‘lloros’. «A partir de ahí comienza la nueva brotación y la apertura de las yemas que hemos dejado en los pulgares», precisa el presidente de Enoduero.

 

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