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El lenguaje de las campanas viaja por las redes sociales

Un joven burgalés crea un canal en Youtube que rescata los toques tradicionales de La Demanda / Eran «el whatsapp» y la «seña de identidad» de los pueblos

DIEGO SANTAMARÍA DIEGO SANTAMARÍA
29/01/2017

 

Sin saber muy bien por qué, con tan solo tres años Ismael de la Iglesia contemplaba hipnotizado las campanas de la Anunciación desde su clase, en el colegio Vadillos, cada vez que tocaba misa.No tardó demasiado en hallar la respuesta. Su padre, músico de profesión, también compartía esta afición. De hecho, en su niñez, «cuando no sabían donde estaba iban a buscarle al campanario».

Lo de Ismael no era un capricho sino pura pasión. «Imitaba toques de campana a la hora de comer» y su padre lo tuvo claro. Ni corto ni perezoso, comenzó a recorrer en el 92 junto a un amigo diferentes campanarios de La Demanda para grabar toques. «También me construyó una campanita de madera junto con mi abuelo, que era carpintero». Sin lugar a dudas, fue su mejor regalo de reyes.

Durante años, hasta la adolescencia, este joven burgalés «veía los vídeos todos los días». La mayoría de las cintas, de VHS, acabaron «rayadísimas». Algunas se perdieron por el camino, pero otras se han podido recuperar. En este proceso de digitalización, se lo ocurrió la idea de compartir este legado y poner en valor el simbolismo de las campanas valiéndose de las nuevas tecnologías. Y qué mejor opción que Youtube, el canal de vídeos por excelencia.

En lugar de subir las grabaciones sin ton ni son, decidió crear un canal. Tentenublo es su nombre. «¿Qué significa?». Pregunta con cara de asombro quien escribe, igual que cualquiera que no esté familiarizado con este mundo. Isma nos da una lección de historia: «es un toque de campana que se hacía en los pueblos desde la Cruz de Mayo hasta la Cruz de Septiembre para proteger las cosechas. Se tenía mucha fe en ese toque, aunque era un poco pagano porque se tocaba cuando se avecinaba una tormenta, de pedrisco por ejemplo. Se tocaba conjurando a la nube porque se creía que las ondas de las campanas rompían su base».

«¿Y por qué Tentenublo y no otra denominación?». «Me pareció adecuado porque es muy nuestro», responde al instante antes de recitar, de pe a pa, el texto de un conjuro en el que la gente creía ciegamente:«Tente nublo, tente tú, que Dios puede más que tú. Si eres agua, ven acá. Si eres piedra, vete allá. Tente nube y nublado, que Dios puede más que el diablo».
se usaban «para todo»

Las campanas apenas repican en la actualidad. Misas, defunciones y poco más. Al dar la hora, los relojes de torre ocuparon su puesto. Sin embargo, hasta «hace 100 o 150 años», las campanas eran «el whatsapp del pueblo», la principal «vía de comunicación» en el medio rural. No importaba la distancia, todo el mundo se enteraba cada vez que se producía un hecho relevante. Por eso, precisamente, se ubican en lo más alto de las iglesias. De esta manera, no hacía falta wifi para transmitir noticias. Su sonido se extendía por la lejanía e informaba con precisión de cualquier acontecimiento.

Cada toque tenía un significado distinto y los códigos se conocían al dedillo. El de arrebato, por ejemplo, requería la presencia de todo el pueblo por una situación de alarma como un incendio. Eso sí, en algunos casos también había otro de quema, «muy parecido», que permitía establecer una diferenciación. También estaba el toque de Concejo, que «a día de hoy se mantiene en algunas localidades de la zona de Bricia». Como su propio nombre indica, era sinónimo de reunión vecinal.

La importancia de la convocatoria se manifestaba en el número de toques:«si no se repetía, era un acontecimiento sin importancia al que acudía quien podía. Si se repetía dos veces, la gente debía ir salvo que estuviese muy ocupada. A la tercera, era de suma relevancia, hasta el punto de que quien no iba era amonestado a no ser que tuviera una razón de peso».

Las defunciones también se anunciaban desde el campanario. «Cuando se daban esos toques todo el mundo sabía quién había muerto. Es como si coges la agenda de tu móvil y a cada contacto le pones una canción diferente. Cuando te llaman, antes de mirar, ya sabes quién es». De nuevo, cara de asombro. «¿Cómo era posible?». Antes de sacarnos de dudas, precisa que se trata de un toque lento cuyo velocidad aumenta progresivamente para disminuir de nuevo. Dicho esto, Ismael explica que la clave está en el número de clamores entre medias: «dos para mujer, tres para hombre y uno para alguien que no era del pueblo. Por ejemplo, un caminante con mala fortuna que fallecía allí».

Pero había más. Los clamores también daban cuenta, «sobre todo en el norte de Burgos», de las muertes en los más altos estamentos de la sociedad. En función del número de clamores, de acuerdo al rango del fallecido, los habitantes del medio rural tenían constancia de la desaparición física de curas, obispos, cardenales, reyes o papas.

Esfuerzo económico
Aunque se van perdiendo, Ismael subraya que las campanas constituyen la «seña de identidad» de cada municipio, ya que cada uno cuenta por norma general con un toque propio para sus fiestas. Ahora bien, su mantenimiento es cuestión de empeño y apoyo popular. Claro ejemplo el de Nidáguila, su pueblo paterno, que hizo un gran esfuerzo económico para acometer su restauración y rescatar ese estilo intrínseco que se sigue escuchando en «fiestas señaladas».

Acometer intervenciones de este tipo no resulta para nada barato. Todo depende de los componentes que haya que reparar o si es necesario fundir la campana. Por no hablar de los «costes de transporte». Además, si la campana es de madera «el precio se dispara».

Generalmente, «es el pueblo el que costea los arreglos». Se suele solicitar ayuda a Patrimonio, aunque «la respuesta suele ser negativa a no ser que se documenten sus epigrafías o la fecha de creación». De todas maneras, este joven campanero es partidario de fomentar el asociacionismo para defender el mantenimiento de un legado que nunca debería desaparecer.

«El oficio de campanero no estaba bien pagado. De hecho, solía ser pluriempleado»

Ostentar antaño el cargo de campanero requería sacrificio y entrega a partes iguales. «Era un oficio mal pagado, aunque en las ciudades ganaban algo más», apunta Ismael, consciente -muy a su pesar- de que dedicarse a ello hoy en día «es impensable». Los bajos salarios obligaban además a pluriemplearse. De hecho, según ha podido documentar, «el último campanero de San Gil era zapatero».

Para desempeñar este trabajo se requería una disponibilidad total. Los domingos y festivos eran, obviamente, días laborales. Por lo tanto, «tenías que estar alerta todo el año y soportar frío, calor, agua, viento...» Eso sí, por norma general «en los pueblos había dos o tres personas que desarrollaban oficios en el núcleo urbano y que subían a tocar».

Aparte del sueldo, trabajar en las ciudades acarreaba otra serie de ventajas, sobre todo en las catedrales y grandes campanarios. La principal es que «te daban casa justo debajo de las campanas».

Relevo generacional
Ismael confiesa que hasta que no contactó con otros campaneros se sentía «aislado», aunque «sí despertaba cierto interés cuando se lo contaba a la gente». Gracias a las nuevas tecnologías, ha descubierto que «poco a poco se va sumando gente» que quiere recuperar esta figura, «bien sea por amor inexplicable hacia las campanas o porque les interesa la cultura».

En Burgos mantiene contacto con los campaneros de La Revilla que «se presentaban a concursos provinciales». También cita a su compañero Gonzalo de Nidáguila, con quien suele tocar en las fiestas patronales. «Lo que no conozco es gente joven», ni en su tierra ni en el resto del país. Reitera que a priori en su generación «no hay interés», aunque tiempo al tiempo.

Con envidia sana, Ismael celebra la iniciativa de Valencia para «documentar campanas de toda España» a través de una plataforma -tipo Wikipedia- que recoge datos sobre el «diámetro, altura, grabados, sello, autor, año...». Su aportación llegará en breve, en cuanto termine de recopilar toda la información sobre las campanas de su pueblo.

 

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