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RIBERA

Las mujeres que aman el vino

Enólogas, propietarias y comerciales de la Ribera ejemplifican el empoderamiento femenino dentro del sector vitivinícola

LORETO VELÁZQUEZ LORETO VELÁZQUEZ
17/07/2017

 

Una advertencia antes de nada. Este artículo no trata ni de machismo ni de feminismo. Tan solo es un reportaje sobre mujeres que han decidido dedicar su vida a su pasión: el vino. En Ribera del Duero tienen su hogar y desde sus bodegas, laboratorios o departamentos comerciales se dejan la piel por esta Denominación de Origen (DO). Basta pasar con ellas unas horas para contagiarse de su optimismo y vitalidad. Lo llaman la magia de la Ribera. «El vino ha revolucionado mi forma de vida, me da motivos para emocionarme cada vez que me acerco a una copa, me proporciona la oportunidad de conocer gente muy interesante y a la vez me exige estar al día, investigar, moverme, corregirme», explica, desde Ferratus, la bodeguera María Luisa Cuevas.

Ese fue el motivo que empujó a Marilena Bonilla, directora técnica de Bodegas Protos, a completar su licenciatura en Ciencias Biológicas con la de Enología. «Para mi familia fue una sorpresa, pero me animaron porque la profesión tiene que gustar y ser enólogo es dinámico, creativo», reconoce.
Belén Sanz, de Dehesa de los Canónigos, lo supo cuando apenas era una niña. «Decidí que iba a ser enóloga muy chiquitita cuando hacíamos vino en casa y no me dejaban pisar la uva», recuerda mientras se ríe con la mirada todavía brillante. «Siempre me ha gustado el campo, ir a buscar el albillo con mis padres y aquí seguimos disfrutando cada día», agrega.

En el caso de María del Yerro, su incursión en el mundo del vino se oficializó en el año 2002 cuando adquirió, junto a su marido, las 26 hectáreas de su bodega Alonso del Yerro. «Recuerdo con gran ilusión la primera añada del 2003».

En la casa de Alejandro Fernández se cumple el dicho: detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Y cuatro más en su caso, porque en esta bodega el poder femenino prevalece en la fuerza de cuatro hermanas y una madre que han defendido este proyecto familiar con uñas y dientes. «Somos la segunda generación y todas hacemos un poco de todo. Creo que el hecho de que seamos muchas mujeres se nota en la gestión, en una mayor rapidez y eficacia», explica Lucía Fernández.

Licenciada en Psicología, a Natalia Ortega el destino le brindó su oportunidad con el cambio de siglo. «Mi marido y yo decidimos dar el salto y seguir con el negocio familiar del vino en Argentina. Fue una locura de la que doy gracias a diario». En su bodega O. Fournier realiza labores de gerencia y comercial. «Antes viajaba mucho a Estados Unidos, pero ahora estoy centrada en España y Europa», precisa convencida de que los brotes verdes que se aprecian en el mercado exterior todavía no han llegado a España. «Se vende mucho vino pero barato, y cuando se pasa de nivel se complica», advierte.

Cuando decidió plantar viñas, a Josita Martín Berdugo muchos la tacharon de loca. Hoy, con la energía renovada de un rayo que destrozó una de sus naves, puede presumir de contar con una bodega repleta de luz y encanto. Por eso, tiene muy claro que «lo importante es tener esperanza y un buen equipo».

Representando a esa nueva y preparada generación que empuja fuerte se encuentran dos mujeres: Almudena Sancho, enóloga de Viña Vilano, y Yesica Abad, responsable de exportación de Bodegas El Inicio. Las recibe en su casa la enóloga María José Sordo Tranque, de Bodegas Valduero, un proyecto enoturístico de vanguardia que hace del detalle su bandera.

Para ellas, el género femenino nunca ha supuesto un impedimento. Y aunque la unión «mujer y juventud» puede haberles jugado alguna mala pasada «puntual», la mayoría se sienten arropadas y valoradas. «A los hombres les gusta escuchar nuestras apreciaciones y tienen en cuenta la opinión femenina», afirma María Yerro. «Tenemos una sensibilidad especial y nos complementamos bien», añade Yesica Abad.

¿Qué pueden aportar las mujeres al mundo del vino? Comienza el debate. «Partiendo de que hay hombres de todo tipo, creo que las mujeres trabajamos por lo general de una manera más ordenada, más creativa», defiende Josita Martín Berdugo. Por esta razón, Belén Sanz confía todo el marketing digital de su bodega a mujeres, porque «cuidamos mucho la imagen y nos implicamos más».

Si bien a la hora de hacer un vino la mayoría no piensa en si es para una mujer o un hombre, todas tienen claro que ella es quien decide qué vino se compra en los supermercados. La cosa cambia en los restaurantes. «Cuando dan a probar el vino siempre es al hombre», lamenta la enóloga María José Sordo mientras cata un García Viadero 2016 de la variedad Albillo.

Ante la pregunta de si hay que adaptarse a los gustos cambiantes del consumidor, existen varias posturas. «Sobre todo en volúmenes, creo que es necesario y positivo», entiende Almudena Santos. Para Belén Sanz, sin embargo, el vino no es una cuestión de moda sino de identidad. «Al final todo se complementa», zanja Natalia Ortega.

Si en algo no hay discusión es que en el enoturismo está el futuro. «Tenemos que ofrecer una experiencia lo suficientemente interesante para que el visitante no se quede solo en una bodega. Ese debe ser el objetivo: inculcar el amor por el vino a través de experiencias», anima la directora técnica de Protos.

Romper barreras

Llega el momento de hablar de retos. «Tenemos que luchar contra la cerveza, nuestro principal competidor y conquistar a la juventud y a los nuevos consumidores que poco a poco se van acercando al vino», advierte Marilena Bonilla.

Para ello, es importante romper barreras. «Por suerte hemos acabado con ese esnobismo que tanto intimidaba, esas palabras que solo conocían unos pocos», apunta Belén Sanz convencida de que en este mundillo las redes sociales han contribuido de forma determinante. «La gente cuando bebe un vino no tiene que saber, tiene que disfrutar. Para las cuestiones técnicas ya estamos los profesionales», insiste.

Y aunque los elevados precios de los restaurantes y el carné por puntos no ayudan, aportan algunas soluciones. «Muchas veces la gente no pide vino por temor a no terminarse la botella, pero si los restaurantes ofrecieran dos o tres alternativas por copas, estoy segura de que ayudaría», defiende Natalia Ortega.

Dicho esto, que el vino esté de moda siempre es positivo. Ha despertado el interés de nuevos consumidores y ha extendido la necesidad de preservarlo, con cuestiones importantes como la temperatura o la copa en la que se debe servir. «Vamos por el buen camino», concluye Josita Martín Berdugo.

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