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TROTABURGOS / PANCORBO

Naturaleza en estado puro

El legado histórico de la villa envuelve cada una de sus calles mientras el embrujo de los Obarenes seduce al visitante que busca nuevas experiencias

Burgos
27/09/2019

 

Enclavado en un espectacular desfiladero de idéntico nombre, Pancorbo es una pepita de oro en la comarca del Ebro. Grata sorpresa para los viajeros que hacen un alto en el camino, la localidad presume de un envidiable patrimonio natural presidido por Montes Obarenes. El tiempo parece detenerse cuando el visitante deambula por las calles de este acogedor pueblo que apenas llega al medio millar de habitantes. Basta echar un vistazo al horizonte para comprobar que su privilegiada ubicación no fue fruto de la casualidad.

Antiguo nexo de unión de la Galia con Hispania, Pancorbo jugó un papel clave tras su adhesión al Condado de Castilla durante los últimos compases del siglo IX. Su majestuoso castillo fue un inmueble codiciado al situarse en un estratégico enclave, de ahí las cruentas batallas entre cristianos y árabes por hacerse con su control. Tras este agitado periodo histórico, la localidad obtuvo la declaración de fuero en 1147 durante el reinado de Alfonso VII. A partir de ese hito, la villa inició un periodo de prosperidad económica gracias en gran medida a la actividad comercial impulsada por la colonia de judíos allí afincada.

La situación jurídica y territorial de Pancorbo experimentó múltiples cambios a lo largo de la Edad Media. Llegó a formar parte, a mediados del siglo XV, de la Hermandad de Álava junto a Miranda de Ebro, Vitoria, Sajazarra y Salvatierra. Sin embargo, poco antes de 1481 las dos localidades burgalesa se desligaron de forma definitiva. Poco más se sabe del municipio durante esta larga etapa de la historia, aunque se ha podido documentar, por ejemplo, que llegó a ostentar el título de cabeza de la Merindad de la Bureba, que cedió sus senderos al Camino de Santiago e incluso que logró a atesorar un elevado nivel de autonomía económica gracias a la producción ganadera, de pan o de vino.

Sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos históricos más relevantes de Pancorbo tuvo lugar durante la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas. El ejército francés se hizo con el control de los fuentes pancorbinos antes de que se iniciase la Batalla de Gamonal. Poco espacio había para la esperanza en un primer momento, pero finalmente las tropas invasoras apostadas en el Fuerte de Santa Engracia se vieron obligadas a rendirse.

La citada fortaleza, construida a partir de 1794, se convirtió en un símbolo de protección ante una hipotética invasión del país vecino, enfrascado aún en la Revolución Francesa. La protección de Montes Obarenes era imprescindible para frenar un posible asalto. Por ello, el monarca Carlos IV dotó a este fuerte de 173 piezas de artillería, 600 caballos y alrededor de 10.000 soldados. Sin embargo, Santa Engracia fue objeto de abandono tras la alianza entre ambos países en 1796. Nadie imaginaba por aquel entonces que 12 años más tarde Napoleón daría un golpe sobre la mesa.

El legado histórico de la villa es motivo más que suficiente para recorrer sus calles e imaginarse los principales episodios de su larga trayectoria vital. En este sentido, no se puede pasar por alto la existencia, entre los siglos IX y XVIII, del Castillo de Santa Marta, impulsado nada más y nada menos que por el conde Diego Porcelos. Apenas quedan hoy resquicios primitivos del inmueble porque fue quemado en 1835 por los enemigos de la reina Isabel II durante la Guerra Carlista, curiosamente poco después de que se acometiese una ambiciosa obra de restauración.

Volviendo al apartado natural, Pancorbo es una tierra única en su especie porque acoge una raza milenaria y autóctona que, no sin dificultad, se resiste a desaparecer definitivamente. El caballo losino, originaria del Valle de Losa, prevalece en estos lares gracias a la dedicación de un grupo de personas dispuestas a mantener este legado. En la actualidad, el pueblo cuenta con un centro de cría para asegurar la pureza de los ejemplares que cabalgan por el norte de la provincia y que todos los años protagonizan su propia feria.

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