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ENTREVISTA A DAVID DESOLA / Dramaturgo

«No sé si lo mío era pasión o si se me daba bien inventar historias»

RAQUEL FERNÁNDEZ / Quintanar
23/10/2017

 

Con raíces en Vilviestre y afincado en Barcelona, acaba de hacerse con el premio Ariel de México, equivalente a los Goya o los Óscar. Lejos de acomodarse, ha terminado un guion con Pedro Rivero que se rodará en Bilbao y tiene varios proyectos entre manos. Por si fuera poco, confiesa que «aparte de eso, quiero volver al teatro».

Pregunta.- ¿A qué edad descubrió su pasión por la escritura?

Respuesta.- Mi madre era maestra y poetisa, mi padre dibujante y pintor con lo que puede decirse que el ambiente era propicio para desarrollarse creativamente. Además de eso, mi padre soñaba con que sus hijos fueran escritores porque, según él, era el único oficio que podía desempeñarse desde cualquier parte del mundo. En aquel momento probablemente fuera cierto, hoy en día, con las nuevas tecnologías, muchos oficios pueden ejercerse del mismo modo. No sé si lo mío era pasión o, simplemente, me di cuenta de que se me daba bien inventar historias y que podía sacar provecho de ello. No me gusta idealizar el oficio.

P.- ¿Cuál es su relación con Vilviestre del Pinar?

R.- Siendo niño, en la Barcelona de los 70, había muy pocas posibilidades de salir a jugar a la calle. Yo subía a casa de mi vecino o su hijo bajaba a la mía, poco más. Ir a Vilviestre, para un niño, significaba la libertad, había que estar en casa a la hora de comer y de cenar, pero teníamos una autonomía el resto del día que para mí era inaudita. Los viajes desde Barcelona se hacían eternos, seis personas dentro de un Seiscientos o un Diane 6, pasando por los Monegros a las doce del mediodía, en pleno verano, era bastante insoportable. En la entrada de Vilviestre, por entonces había unas cochineras, de modo que yo sabía que cuando empezaba a oler a excrementos de cochino es que estábamos llegando, es por eso que nunca me ha ofendido el hedor de una cochinera, más bien me gusta porque lo asocio con algo bueno. Todos los veranos de mi infancia los pasé en Vilviestre.

P.- ¿Qué es lo que más le gusta de su pueblo?

R.- Me gusta la casa familiar, donde nos juntamos distintas generaciones y funciona casi como una comuna. Está dividida en cuatro apartamentos, pero uno se mueve en ella como si fuera una sola vivienda. No se pide permiso para entrar. Me gustan las peñas del corral, porque eran el decorado de mis juegos, cada una tenía su nombre y uno iba creciendo a medida que se iba atreviendo a escalar las más difíciles. Yo tenía la certeza de que alguien no se hacía mayor hasta que las había subido todas.

P.- ¿Ha utilizado alguna vez Vilviestre para crear obras o personajes?

R.- Por supuesto, aunque no literalmente: Más que ideas, he usado el nombre de algún lugar que me parecía sugerente, como El horno Judas, que es un merendero. También es un pueblo muy rico en motes divertidos -que no citaré aquí- y de vez en cuando he echado mano de ellos para algún personaje, sin que eso tuviera que ver con el acreedor verdadero de dicho mote.

P.- ¿Cuántas obras ha escrito?

R.- Pues he perdido la cuenta. Estrenadas y/o publicadas serán una veintena -con mayor y menor éxito-, pero luego hay todas aquellas que se quedan en el cajón, o en el disco duro, o que siguen a medio escribir, que son la mayoría. Actualmente escribo más cine que teatro y también he trabajado algo en televisión, aunque no me gusta.

P.- Su primera obra se titula Baldosas y recibió por ella el premio Marqués de Bradomín en el 99. ¿Supuso para usted este premio el impulso para decidir ser dramaturgo?

R.- Supuso darme a conocer en los círculos teatrales de Madrid y establecer contactos. A partir de entonces, podía mandar mis textos con la seguridad de que alguien los leería. No me sentí dramaturgo hasta muchos años después, cuando gané el Lope de Vega.

P.- ¿Ha sido autodidacta?

R.- No tengo una formación académica, pero nadie es autodidacta. Todo el mundo bebe de alguna fuente y, en mi caso, creo fue el cine, la literatura, mis amigos, mis experiencias vitales, etc. Me puse a escribir teatro sin saber nada de teatro y mi sorpresa fue encontrarme con que la crítica me comparaba con autores a los que no había leído. Iba leyendo a los grandes dramaturgos a medida que me comparaban con ellos.

P.- ¿Es ya un autor con carrera?

R.- Pues sí. Creo que puedo decir que ya tengo una trayectoria detrás que me avala como autor, pero sigo sin ser un erudito del teatro, me cuesta leer a otros autores y, a algunos de ellos, ni siquiera los entiendo cuando los leo.

P.- ¿Qué siente cuando va por primera vez el estreno de una obra?

R.- El día del estreno me pone enfermo, no puedo disfrutar de la función porque estoy pendiente del público: cuando pienso que tienen que reírse, no lo hacen, y muchas veces se ríen cuando no me lo espero. 20 minutos antes de que la función termine ya estoy nervioso porque sé que tengo que salir a saludar cuando termine. El día del estreno es un parto con cesárea. Normalmente, disfruto de la función unos días después, cuando voy anónimamente a verla.

P.- ¿Y cuándo además las protagonizan actores como José Sacristán?

R.- Con Pepe tenemos una muy buena amistad. El día que me dijeron que iba a protagonizar Almacenados corrí a contárselo a mis amigos y nadie me creyó. De eso han pasado ya quince años y siempre pienso de qué manera podría ‘engañarle’ para que vuelva a trabajar conmigo, pero es difícil porque se lo rifan. Actualmente, está haciendo la última obra de Mamet… ¿Cómo voy a competir con eso?

P.- Atesora dos importantes galardones teatrales como son el Hermanos Machado y el Lope de Vega. Este último por La charca inútil. ¿Qué le ha aportado esta obra?

R.- La charca inútil es la obra de la que me siento más orgulloso, seguramente sea la mejor que he escrito hasta la fecha. Se ha representado en España varias veces, en México, en Argentina, en Costa Rica, en Chile, en Uruguay y, en noviembre, se estrenará en Atenas traducida al griego. No es una obra con la que se gane dinero porque está pensada para teatros pequeños o alternativos, pero es la que mejores críticas recibe y la que más llega al público. Curiosamente, no es un texto que me pidan los productores, siempre son actores o actrices que, tras leerla, deciden ponerla en escena, a menudo invirtiendo su propio dinero. Hace unos años, me compraron los derechos para cine y escribí una adaptación que se rodará -seguramente- el próximo año.

P.- El Hermanos Machado llegó por Almacenados, la obra por la que ahora le han dado el premio Ariel en México al Mejor Guión Adaptado. ¿Qué tiene Almacenados?

R.- Los premios Ariel son los premios de la academia de cine mexicana -los Goya o los Óscar de México- y me lo dieron a mejor guión adaptado. O sea, que me premiaron por haber adaptado al cine una obra de mí mismo, lo que no deja de ser algo chistoso. La obra se ha representado en muchos países y siguen pidiéndomela constantemente. El éxito creo que se debe a cuatro factores: es universal, atemporal, engancha al público y, además, solo tiene dos personajes, uno joven y otro mayor. Yo la escribí con la edad que tiene el personaje joven, actualmente, cuando la veo, me siento equidistante en la edad entre los dos y, seguramente, se siga representando cuando ya esté más próximo al personaje mayor.

P.- ¿Qué ha supuesto para usted el premio Ariel?

R.- Creo que voy a subir un poco mi caché, por lo menos en México. Es un orgullo para mí porque tengo un vínculo muy especial con ese país, llevo años viajando y trabajando en él, tanto en cine como en teatro, algunos de mis mejores amigos son mexicanos y amo México, cuando estoy ahí me siento en mi casa. Yo lo defino como un país donde ‘ahorita’ significa ‘nunca’ y ‘luego, luego’ significa ‘ahora mismo’.

 

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