Dos mujeres, dos ciudades y una misma tierra. Carmen Odilón dirige Alcampo Burgos desde 2011; Esther García, Alcampo Aranda de Duero desde 2015. Capital y comarca, 83 kilómetros de distancia y dos plazas estratégicas para Alcampo, unidas por un oficio poco dado a los focos. Conseguir que cada mañana miles de vecinos encuentren en su súper e híper de referencia lo que buscan al precio y con la calidad que esperan. Entre las dos gestionan 2 hipermercados y 21 supermercados, cerca de 30.000 metros cuadrados de superficie de venta y equipos que suman alrededor de mil personas. Por primera vez se sientan juntas a contar qué significa dirigir esas pequeñas ciudades dentro de la ciudad que son las tiendas de Alcampo.
Sus carreras profesionales comenzaron sin imaginar que un día estarían al frente. García empezó en 1994 reponiendo mercancía a través de una empresa externa. Unos meses después se incorporó a la plantilla de Sabeco y, desde la apertura del centro de Aranda en enero de 1995 -entonces bajo esa enseña y años después integrado en Alcampo-, fue asumiendo nuevos retos hasta hacerse cargo de su dirección en abril de 2015. Más de treinta años de carrera construidos prácticamente en la misma plaza y con la dificultad añadida de «ser profeta en tu propia tienda», reconoce al recordar lo que supone pasar de compañera a responsable de quienes han compartido buena parte del camino.
Odilón también conoce bien lo que significa crecer dentro de la compañía. Su historia en Alcampo arrancó en 1998, a más de 2.000 kilómetros, en el hipermercado de La Laguna (Tenerife), donde empezó entregando fichas en los probadores. Le cautivó ese engranaje invisible que hace que cada día las estanterías amanezcan llenas y se preguntó «¿y por qué no puede ser esta mi carrera profesional?». No tardó en encadenar responsabilidades y destinos hasta que, en febrero de 2011, aterrizó en Burgos para dirigir el hipermercado.
Tenía 38 años y aquel nombramiento la situó entre las mujeres pioneras en asumir la dirección de un hipermercado dentro de la compañía. Odilón recuerda aquellos primeros años como una etapa de «especial presión», alimentada por su autoexigencia y por la sensación de convertirse en espejo para otras mujeres. «Carmen, no fracases”, le llegaron a decir.
La realidad ha cambiado de forma radical, en paralelo a cómo se ha ido transformando la sociedad. Alcampo puso en marcha programas de liderazgo femenino e impulsó una mayor presencia de mujeres en equipos y espacios de decisión. Quince años después, aquella excepcionalidad ha dado paso a la normalidad. «Ahora nadie se cuestiona si eres hombre o eres mujer», admite.
Esther García, directora de Alcampo Aranda de Duero, y Carmen Odilón, directora de Alcampo Burgos. / Cristian de la Fuente
Una ciudad dentro de la ciudad
Si algo tienen claro las dos directoras es que dirigir un hipermercado y numerosos supermercados se parece mucho a «gobernar» una pequeña ciudad. Detrás de cada persiana que se levanta hay cientos de personas, decenas de oficios, miles de productos y una maquinaria que despierta mucho antes de que entre el primer cliente. García sitúa el verdadero arranque de la jornada varias horas antes de la apertura. «Son cinco horas cruciales». Llegan los camiones, se recibe la mercancía y cada profesional empieza en su oficio en un trasiego que casi nadie imagina. Odilón se queda con el instante final, los 20 o 30 minutos justo antes de abrir. «Son mágicos». Todo el mundo baja a rematar, a revisar que no falte nada, y de ese caos ordenado sale, a las nueve en punto, una tienda impecable. «Hay días que piensas que no sale. Y sale».
Y lo que hace que salga, cada mañana, es el equipo. «La parte humana es determinante para que el engranaje funcione», afirma García. Odilón lo ha convertido en método. «Necesito conocer al máximo a las personas de mi equipo, sus inquietudes, sus fortalezas, sus debilidades». Ese conocimiento, manifiesta, permite acompañar a cada persona hacia aquello en lo que se siente más cómoda y puede desarrollarse mejor. «Cuando trabajamos en aquello que nos gusta y nos sentimos cómodos, todo resulta mucho más fácil y gratificante», recalca.
Las relaciones humanas trascienden, además, los propios equipos. Con los clientes, el vínculo se ha ido tejiendo durante años. «Las tiendas, al final, son una gran familia», dice García, quien ha visto crecer a niños que hoy vienen con sus nietos y a clientes de hace treinta años convertidos en abuelos.
En Burgos, el híper del centro, al que muchos siguen llamando «el súper grande», se convierte también en punto de encuentro. Odilón cuenta cómo los vecinos se acercan a charlar, quedan en el bistró para desayunar o comer y conocen por su nombre a quienes les atienden. Para algunas personas, la conversación con el personal de carnicería o de caja puede ser incluso la única de la jornada. Y ese trato de tú a tú se hace todavía más visible en los supermercados de barrio.
Amas directoras conversan con una empleada en la sección de Frutería. / Cristian de la Fuente
«Somos territorio»
Esa proximidad también se dibuja sobre el mapa. Alcampo está presente en Burgos capital, Aranda de Duero y Miranda de Ebro, además de en municipios como Briviesca y Medina de Pomar, donde una tienda evita desplazamientos, contribuye a mantener actividad económica y servicios y genera empleo. «Las tiendas dan vida a los pueblos», resume García. Para Odilón, esa presencia responde a una idea todavía más amplia. «No somos parte del territorio, somos territorio».
Y ese arraigo entra de lleno en la cesta de la compra. En tiendas capaces de reunir más de 50.000 referencias, el producto local no queda relegado a un rincón testimonial. «Siempre hay hueco para los proveedores locales», insiste Odilón. El surtido funciona casi como una coordenada geográfica. En Burgos, la carnicería habla de la tierra a través del lechazo, la morcilla y otros elaborados; la bodega, con los vinos de la provincia, al igual que los dulces, lácteos y otras especialidades del entorno.
Solo en los últimos doce meses, sus 23 tiendas realizaron compras a 40 pequeños proveedores locales, por un valor que roza los 2 millones de euros. A la hora de elegir qué producto local entra en los lineales, ambas cuentan con «plena autonomía». Alcampo denomina «responsabilización» a este modelo, que permite a quienes conocen cada plaza decidir qué productos de su entorno deben tener cabida. «Si propones un producto local, la dirección no te lo cuestiona, porque entiende que sí o sí tiene que estar presente», explica García.
«Siempre hay hueco para los proveedores locales», insiste Odilón. / Cristian de la Fuente
Libertad de elección del cliente
Disponer de un surtido tan amplio responde a una filosofía muy arraigada en Alcampo, la de «dar libertad de elección al cliente». Que pueda escoger entre distintas marcas y gamas y tenga la última palabra sobre lo que se lleva a casa, según sus preferencias, necesidades y bolsillo. «Sabemos que detrás de cada cesta hay un presupuesto y por eso el precio es una de las señas históricas de la compañía», sostiene la directora de Burgos. La marca propia de Alcampo amplía ese abanico de alternativas con propuestas que van desde los productos más básicos hasta la gama gourmet Auchan Collection.
Dentro de ese enorme surtido, el producto fresco cobra especial protagonismo. Sus tiendas reúnen alrededor de 20.000 referencias. Pero la apuesta no se mide solo en cantidad. Para García, la palabra que mejor define esta parte de la oferta es «calidad». Y esa calidad, subrayan al unísono, no se entiende sin alguien detrás del mostrador.Frente a la tendencia a reducir la atención personal, Alcampo hace lo contrario.
«Apostamos más que nunca por los mostradores tradicionales», apunta Odilón. La razón, como apostilla García: «No hay nada más moderno que la vuelta a los clásicos». Los clientes quieren que alguien les atienda, que les aconseje «cómo hacer unas albóndigas o qué hacer con el atún de almadraba». Quieren a un profesional que les corte una dorada, les lonchee el jamón elegido o les explique una receta si tienen invitados y no saben por dónde empezar. Es, según relatan, «el valor añadido de tener delante a un profesional que sabe de carne, pescado o charcutería y puede trasladar ese conocimiento al cliente».
Carmen Odilón, directora de Alcampo Burgos, y Esther García, directora de Alcampo Aranda de Duero / Cristian de la Fuente.
Sin embargo, esa apuesta por los mostradores tropieza con un problema común a muchos oficios. Faltan profesionales de carnicería, pescadería y charcutería. “Si tenemos los mejores productos, necesitamos a los mejores profesionales, y para eso hay que formarlos», precisa Odilón, quien explica que en los supermercados de Burgos se trabaja en la creación de cantera de profesionales. Un especialista con experiencia se dedica en exclusiva a formar a otras personas en pescadería, charcutería, quesos o carnicería. La preparación se prolonga durante al menos un mes y, cuando la persona está preparada para incorporarse a una tienda, otra ocupa su lugar en el proceso formativo. El objetivo es generar relevo para unos oficios que requieren conocimiento, práctica y aprendizaje continuo.
Esa cantera se alimenta, además, con promoción interna. «Lo bonito de Alcampo es que, si quieres crecer, puedes llegar muy lejos», manifiesta Odilón. A ese talento propio se suma el que llega de fuera a través de ferias de empleo, centros de Formación Profesional o de la colaboración con entidades como Cruz Roja y Secretariado Gitano. La formación sirve así para asegurar el relevo de estos oficios y abrir nuevas oportunidades de desarrollo profesional.
Preservar los oficios de siempre no significa comprar como siempre. Si algo ha cambiado en los últimos años, coinciden ambas directoras, es el cliente y, con él, su forma de llenar la cesta. «El comercio evoluciona a pasos gigantes, como también lo hacen nuestras tiendas”, manifiesta García, quien afirma que Alcampo ha invertido 17 millones de euros en Burgos y en Aranda en los últimos años para avanzar hacia un concepto más próximo a la plaza de mercado.
Hoy, el cliente puede decidir cómo, cuándo y dónde comprar. No hay un único formato, un único canal ni una única manera de hacerlo. En Burgos conviven el hipermercado de 8.000 metros cuadrados, supermercados con mostrador, tiendas de proximidad abiertas de seis de la mañana a medianoche los 365 días y un comercio electrónico que «llegó para quedarse».
Dentro del enorme surtido de Alcampo, el producto fresco cobra especial protagonismo. / Cristian de la Fuente
El futuro del comercio
¿Qué habrá desaparecido del supermercado dentro de diez años? «Poco». Evolucionará, se transformará, pero no desaparecerá, sostiene García. Odilón introduce una excepción, el balizaje en papel, que las etiquetas electrónicas ya están sustituyendo. ¿Y qué seguirá siendo imprescindible por mucho que avance la tecnología? No dudan. «Seguirá habiendo personas que atienden a personas».
Después de trayectorias distintas, las dos terminan hablando de lo mismo. «Yo solo triunfaré si mi equipo triunfa», señala Odilón. «Una persona sin su equipo no es nadie», remata García. Dos directoras, dos ciudades y una misma forma de entender un oficio que ha cambiado casi tanto como sus clientes. El comercio, dicen, «es una profesión apasionante», y ambas se sienten privilegiadas por dedicarse a algo que aman.