Halloween a la burgalesa: el pequeño pueblo de Cernégula y el mito de las brujas del norte
Halloween ha convertido a octubre en un mes de disfraces y calabazas, pero el pequeño pueblo burgalés de Cernégula, las historias de brujas son parte de una memoria que aún sobrevive. Allí, entre charcas y riscos, las leyendas de aquelarres sobreviven entre la niebla del tiempo

La historia real de las brujas de Cernégula, más allá de Halloween.
Cuando cae la niebla sobre los páramos de Burgos, hay pueblos que parecen más antiguos que el tiempo. Cernégula es uno de ellos. No hace falta esperar al 31 de octubre para hablar de brujas aquí, pero en Halloween, las leyendas cobran una luz distinta. Como si entre las sombras del atardecer, alguien o algo volviera.
Hoy Halloween lo inunda todo. Escaparates, colegios, plazas y redes sociales se llenan de disfraces, calabazas y esqueletos de mentira. Es una costumbre importada que ha echado raíces, convertida en un juego de niños con tintes festivos. Pero hubo un tiempo en que a las brujas no había que tomarlas risa, porque daban mucho miedo.
Mucho antes de que esta celebración de calabazas y disfraces cruzara el Atlántico, ya se temía en pueblos como Cernégula a esas mujeres que, se decía, pactaban con el diablo, volaban por los cielos y celebraban aquelarres bajo la luna.
Entre la Peña Amaya y Cernégula se extiende una geografía que parece esculpida para el misterio, con cañones, riscos y cuevas, que los antiguos cántabros habitaban cuando aún se creía —y algunos todavía lo hacen— en duendes, espíritus y mujeres que vuelan en escobas. Porque haberlas, haylas.
La charca que hay a las afueras del pueblo, salpicada de ranas y alimentada por el deshielo, es el epicentro del poder de las hechiceras. Dicen que allí se celebraban los aquelarres, que las arpías y nigrománticas del norte llegaban desde Cantabria “por la chimenea arriba”, transformadas en cárabos, con el grito de “¡Sin Dios y sin Santa María!” aún resonando en la noche.
La leyenda insiste en que se reunían bajo un espino, bailaban hasta el alba, y se bañaban en las aguas heladas antes de regresar a sus casas como si nada. Nadie sabía quién era quién, si hechicera o santa, porque como ya lo decía el viejo refrán, “cuando las brujas van a Cernégula, ata a tu vieja que acaso lo sea”.
No hay registro que confirme que Cernégula dejó de ser un nido de meigas ni que pruebe lo contrario. Las crónicas de la Inquisición hablan de reuniones oscuras, con Satanás al frente, entre brebajes, danzas y conjuros malditos que terminaban con el canto del gallo.
Para protegerse, en otras épocas, las embarazadas colocaban ajos o cardos en las ventanas y tampoco era raro oír el conjuro de la queimada como último escudo frente al mal de ojo. Hoy, la charca sigue ahí, tranquila y casi olvidada pero hay quienes aseguran haber visto sombras cruzando la carretera o haber oído un ¡uuuyyy! que hiela la sangre.
En la iglesia del pueblo, dedicada a San Miguel, el arcángel vigila. O eso dicen quienes siguen creyendo que el demonio ronda. Algunos lo escuchan en el viento, otros en el silencio, cuando todo parece calmo, pero el aire se pone denso y aunque muchos piensan que son solo cuentos, en Cernégula nadie se atreve a negar del todo las historias.
Porque, sobre todo en Halloween, haberlas, haylas.