El gabinete
El cerebro ideológico
Pocas disciplinas han gozado de tanto prestigio en las últimas décadas como la neuropsicología. Todo aquello que lleva el prefijo «neuro» parece tener garantizado un lugar en universidades, congresos y listas de libros más vendidos. No es casual: el cerebro se ha convertido en el nuevo oráculo de nuestro tiempo. Comprender sus mecanismos promete desentrañar lo educativo, lo social y, cómo no, lo político.
En este contexto se inscribe el ensayo de Leor Zmigrod 'El cerebro ideológico', quien desde la neurociencia aborda una cuestión de plena actualidad: ¿por qué nos radicalizamos? Su tesis es clara: un cerebro estresado es más proclive a abrazar ideologías extremas. Recuerdo, al hilo de esto, aquellos episodios donde aumentar la tensión en la calle era la consigna: el «apretad, apretad» de Quim Torra o aquel Zapatero que, sin saber que lo escuchaban en micrófono abierto, admitía necesitar «más tensión» desenterrando el guerracivilismo y la confrontación para ganar elecciones. Y así lo demuestra este ensayo, no es casual que los momentos de máxima crispación coincidan con repuntes ideológicos.
Zmigrod se adentra también en el viejo dilema de la psicología: ¿Moldea el cerebro nuestras ideas o las ideas transforman nuestro cerebro? Se inclina por lo segundo: la ideología, sobre todo cuando es rígida, altera la arquitectura neuronal. Un ejemplo ilustrativo, sería el de una mujer musulmana que, tras años de adoctrinamiento cultural, ni siquiera alza la vista en presencia de un hombre y afirma por propia convicción no querer salir de casa. Su cerebro, literalmente, ha sido moldeado por su contexto.
La propuesta de Zmigrod para contrarrestar este fenómeno es tan simple como profunda: fomentar la creatividad. La flexibilidad cognitiva, nos dice, es la mejor vacuna contra la radicalización. Sin embargo, discrepo cuando afirma que los individuos flexibles son mal vistos. Tal vez en ciertos entornos o en su país. Pero en España, es al contrario, es el rígido el que recibe etiquetas como «negacionista, terraplanista, radical».
En cualquier caso, este ensayo nos recuerda una verdad incómoda: nuestras convicciones tienen consecuencias físicas, tangibles, neuronales. Un ensayo muy acorde a nuestras sagradas democracias flexibles y fluidas que vivimos pero, muy ingenuo al no plantear ninguna respuesta social al radicalismo político y religioso que nos está llegando a mares.