CURPILLOS / TRADICIÓN EN LAS HUELGAS
Soleado Corpus Chico, y lo demás es Historia
El buen tiempo marca una fiesta que cumple con el guión
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L. B. / Burgos
Nubes y claros por los que se colaba un sol de justicia reinaron en la mañana de ayer. Y lo demás, fue Historia. La jornada siguió con pulcritud el guión marcado siglos atrás, en los orígenes difusos de una fiesta que hunde sus raíces en la tradición y se eleva como la de mayor tirón de todas las citas locales. Así, engalanado para la ocasión el barrio de Huelgas, escenario por el que no pasan los años, se rindió al Curpillos como mandan los cánones, con banderas en los balcones y decenas de burgaleses de todas las edades en sus calles, en espera de una procesión nutrida por lo más granado de las altas esferas políticas, eclesiásticas y militares.
Antes del desfile, con el pendón de las Navas de Tolosa al frente (portado con soltura, y algo de ayuda, por el comandante militar de Burgos, Soria y Cantabria y general de División, Miguel Alcañiz), era el turno del arzobispo de Burgos. Francisco Gil Hellín presidió la misa que, como suele ocurrir año tras año, abarrotaba el templo del Monasterio de las Huelgas.
En ella fusionó, y así lo anunciaba minutos antes, el concepto de eucaristía con la más rabiosa actualidad. Y es que vinculó el llamamiento a la unidad que San Pablo lanzó a los corintios frente al auge de distintas facciones entre los seguidores de Jesús con la reciente proclamación de Felipe VI como Rey «de todos los españoles y amparado por la Constitución», subrayó. Al respecto, el prelado, tras reconocer el legítimo derecho de aquellos que tienen opiniones contrarias a esta realidad, instaba a ubicar el «bien común» por encima del particular y de las diferencias. «Ahora nos corresponde vivir en paz, evitar enfrentamientos verbales y fácticos, cada uno con sus propias ideas y desde el respeto», consideró durante la homilía y recordó que «para lograr esta difícil tarea se precisa generosidad, espíritu de pacto y reconocernos como hermanos tal y como nos exige la eucaristía y esta fiesta del Curpillos en particular».
Y tras las palabras llegaban los gestos. Al filo del mediodía, colocados todos en sus puestos y con el incansable tañir de las campanas como banda sonora, la comitiva daba sus primeros pasos. Miguel Alcañiz, que seguía la estela de Gigantillos y Gigantones, daba paso a oficiales y suboficiales del Ejército, representantes de Patrimonio Nacional y autoridades invitadas, con rostros conocidos como el del subdelegado del Gobierno, José María Arribas; el delegado de la Junta, Baudilio Fernández; el rector de la Universidad de Burgos, Alfonso Murillo; y el senador Jaime Mateu.
Los 22 niños -con total paridad de género, como dato curioso- que tomaron su Primera Comunión este año en la vecina parroquia de San Antonio les seguían con rostro divertido ante los centenares de ojos que contemplaban su caminar por la empedrada calle Alfonso VIII. Y detrás, el Santísimo en brazos del propio arzobispo, bajo palio y escoltado por una escuadra de gastadores, cual estampa de ayer y hoy.
Representantes de la Diputación Provincial, con su presidente, César Rico, incluido, y de la corporación municipal, capitaneada por el alcalde y ellas, por cierto, -diputadas y concejalas- vestidas de riguroso negro, despedían un séquito rematado por militares, que se llevaron aplausos en cada ida y venida. Y fueron varias. Una hora después el aroma a brasa anunciaba el final del tiempo solemne y atraía a los presentes al interior del Parral, donde se cocinaba la fiesta más ‘carnal’, verdadero aperitivo -y este año más que nunca por la cercanía de fechas- de las fiestas de San Pedro y San Pablo.