LABORAL / TESTIMONIO

«A mí me espera un desierto pero los jóvenes lo tienen todavía peor»

Tras 42 años en la liquidada ETM, Nazario Arreba, a sus 57, ve difícil volver al mercado pero reclama un futuro para su hijo de 28, ingeniero informático también en paro

Nazario Arreba, extrabajador de la empresa pública liquidada ETM.-ISRAEL L. MURILLO

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L. B. BURGOS
Burgos

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Nunca imaginó cuando con 15 años se iniciaba en el oficio de calderero que su carrera profesional tendría tal desenlace. Abrupto, podría calificarse. Triste, lo considera él. Jamás pensó Nazario Arreba que aquella empresa a la que había consagrado 42 años de su vida iba a disolverse como un azucarillo, quedándole de aquello una indemnización equivalente a 16 mensualidades y la certeza amarga de que otro final era posible.

Liquidada ETM, Nazario Arreba optaba ayer por estrenar mayo en su pueblo, Hortigüela. Tiene empacho de pancartas y protestas, las que con sus compañeros ha protagonizado durante meses para evitar sin éxito el cierre de la empresa pública que, a los 57 años, lo ha dejado al borde de un desierto cuya travesía prevé dura: «Cuando se me acabe el paro todavía me faltarán dos años para poder jubilarme de forma anticipada».

Nazario habla con calma. En su relato no suena el rencor, ni siquiera la rabia que, asegura, sí sintió cuando el rumor al que ni él ni sus compañeros daban demasiado pábulo se convirtió en triste realidad. Y es que cuando tuvieron la primera noticia de la posible liquidación «acababa de cerrarse un pedido importante que garantizaba el trabajo al menos otros ocho meses», indica para concluir, sin alterarse, con resignación, que «lo que ha fallado ha sido la gestión».

Critica también la falta de apoyo real de las administraciones para evitar el cierre, más allá de palmadas de ánimo en la espalda. Lo achaca, indulgente, al tamaño de ETM, que sumaba apenas medio centenar de empleados. «Está claro que no somos Campofrío», añade. El golpe de gracia lo asestó el propio Consejo de Ministros en octubre del año pasado al ratificar la liquidación.

Su voz se turba cuando vuelve la mirada a la familia, a su hijo mayor en concreto. Con un título de ingeniero informático, a sus 28 años, cohabita con su padre en ese limbo que es el desempleo. Para Nazario «eso es lo más triste».

De hecho, preguntado por si espera encontrar trabajo lo tiene claro: «Prefiero que lo encuentre mi hijo». Y es precisamente a él y a todos los jóvenes que están en su misma situación, «que son las verdaderas víctimas de la crisis que vivimos y los que lo tienen peor», a los que, cree, debe dedicarse una jornada como la de ayer que, a su juicio, no tiene que reducirse a un día ni a una manifestación más o menos masiva. «Todo el año ha de ser primero de mayo», sentencia.

Ahora Nazario dedica su tiempo a las tareas del hogar -su mujer trabaja como autónoma-, lleva a su hijo pequeño al colegio y pasea, pasea mucho, para quemar el colesterol. Su condición de ‘damnificado’ de la crisis le empuja además a pensar en cómo podría solventarse el aciago panorama económico español, ese que palpita en millones de hogares y se ríe de las mejoras macroeconómicas. Nazario ve clara la solución: «Apostar por la industria porque hay capacidad de sobra para hacerlo y destacar», resume. Teme sin embargo que la recuperación, si llega, se apoye de nuevo en la construcción y en los servicios, «el mismo modelo que nos ha traído aquí».

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Nazario no pierde la esperanza y, benévolo una vez más, confía en los políticos en términos generales porque «ni todos son buenos, ni malos» y espera que el «maremagnun» de formaciones que se avecina sirva al menos para que «se escuchen y se entiendan». «Nadie tiene la varita mágica pero con interés y voluntad entre todos puede encontrarse una salida», apostilla. Esa salida a un futuro mejor que desea para sus hijos mientras él se arma para cruzar el desierto.