SEYDOU KEITA / REFUGIADO
«Me vi obligado a irme, buscar un lugar para poder vivir»
Abandonó Mali en 2012, con 19 años y en pleno conflicto armado. Llegó a Burgos en diciembre
Seydou accede al aula de Accem donde recibe clases de español.-RAÚL G. OCHOA
La guerra y la inestabilidad en Mali surgieron antes que Seydou Keita naciera. La división y la falta de oportunidades marcó su niñez. Pero en Mali, cuando Seydou alcanza la adolescencia también hay conflicto, falta de oportunidades y se recrudece el conflicto bélico. Su padre perdió su trabajo tras el primer alzamiento militar de 1991. «No lo tuvo fácil para vivir entonces pero logró que fuéramos a la escuela», recuerda. Fallece en 2005 y «tengo dos hermanos pequeños, tuve que dejar de estudiar para trabajar». Entonces tenía 14 años. Pero el trabajo estable con el que sacar a su familia adelante no llegaba. Mientras tanto los conflictos se avivaban. Tanto que las luchas étnicas alcanzaron cotas de movimientos migratorios en 2011 y 2012 cuando vuelve a estallar el conflicto armado.
Entonces Seydou decide emprender la búsqueda de un lugar mejor. «Me vi obligado a irme, buscar otra ciudad donde poder vivir mejor». Esa búsqueda duró más de un año. Aunque los campos de refugiados se dividían entre Burkina Fasso, Niger y Mauritania, él «quería trabajar». Cogió la ruta de Argelia hasta Europa entrando por España. Con 19 años emprendió el viaje en coche desde su ciudad, Koulikoro, hasta Argelia. Después desde Argelia a Marruecos que recuerda como «lo más difícil». La distancia la recorrió andando y estuvo sobreviviendo más de nueve meses en Marruecos. Llegó a España en septiembre de 2013. Este último tramo fue más rápido pero prefiere no recordar. Su objetivo era encontrar un trabajo «para vivir» y le dijeron que Alemania era mejor destino que España. Allí se fue pero lo que vivió no era el rincón germano de las oportunidades. «La experiencia en Alemania fue muy dura». Volvió en diciembre de 2014 al pedir asilo ya que según el Convenio de Dublín el primer país de la Unión Europea al que llega un refugiado es el encargado de ofrecerle asilo. Al gestionarse su situación en Madrid la Oficina le traslada hasta Burgos a donde llega en diciembre del año pasado. Reconoce que «ahora estoy mejor, centrado en aprender el idioma porque si quiero trabajar primero tengo que entender, no puedes vivir en un país si no puedes hablar y escribir». Un alumno aplicado, persona activa e inquieta, prefiere borrar algunos recuerdos.
Mientras tanto se centra en el castellano. De lunes a jueves tiene dos horas y media de clase. Después sigue en casa y los esfuerzos se notan en una conversación fluida en la que algunas palabras se le atraviesan pero se hace entender. Vive en un piso compartido donde alquila una habitación. No piensa en el futuro. Su periplo de vida le ha enseñado a pensar en el ahora y adaptarse a lo que venga mañana. Le cuesta pensar que quería ser de mayor cuando era niño. Recuerda que soldador. «Empecé a formarme en esto allí en Mali pero lo tuve que dejar, ahora sé que está difícil encontrar de esto en España» dice pensando en otra cosa pero «ahora estoy concentrado en estudiar el idioma». Las ilusiones parecen prohibidas.
Entre palabra de castellano que aprende y giro gramatical que descubre parte de su pensamiento está en Koulikoro donde residen su madre y sus dos hermanos. Se emociona cuando los nombra. Habla con ellos por teléfono de vez en cuando. Las cosas en Mali siguen igual de mal. «Allí todo está dividido no pasa como aquí que la gente se une para organizar fiestas, actividades que dan vida a las calles, donde la gente puede disfrutar de la vida, en África no es igual». Reconoce que es muy duro lo que le ha pasado. Pero está resignado. «Qué vas a hacer, hay que salir adelante». Y en la lucha está.