Un espacio que apuesta por la diversidad y el encuentro de culturas
El Fórum acogió el IV Festival Intercultural de Burgos / Una quincena de asociaciones dieron a conocer, un año más, parte de su cultura, gastronomía, artesanía y tradiciones
Un grupo de burgaleses degusta preparaciones gastronómicas de una de las asociaciones participantes.-ISRAEL L. MURILLO
‘Rompiendo prejuicios, abriendo fronteras’ es el lema de la cuarta edición del Festival Intercultural de Burgos organizado por la Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes (ATIM) junto con el Ayuntamiento de Burgos. Un año más, este espacio en el que participaron quince asociaciones, se convirtió en un punto de encuentro de diversas culturas, lenguas, artesanía, gastronomía y tradiciones. En definitiva, un espacio plural compartir experiencias y vivencias.«Un año más queremos demostrar con esta cita que lo distinto no tiene por qué ser distante», señaló la concejal de Servicios Sociales, Gema Conde, quien apuntó que «el objetivo del festival es que la ciudadanía burgalesa conozca a estas asociaciones y a las personas que las componen y los prejuicios, que algunos pueden tener, se rompan».Esta cita, por la que el año pasado pasaron más de 2.000 personas, sirve para mostrar lo mejor de cada cultura y cada pueblo, pero también para abrir los ojos hacia una realidad, en muchas ocasiones, tremendamente complicada, como es salir del país de origen para buscar una oportunidad de vida en otro.De este proceso es una gran conocedora Marta Lafont, técnico de empleo de la Asociación Hechos. «La sociedad burgalesa y los inmigrantes cada vez están más cerca de una integración completa», comenta y asegura que «año tras año se han ido rompiendo prejuicios, gracias en parte a citas como esta donde se pueden conocer principios, valores y culturas de países diferentes al nuestro».Por otra pare, Lafont recuerda que «cada vez hay más hijos de inmigrantes nacidos en nuestra ciudad, en nuestro país, ellos se han criado aquí y están hechos a nuestras costumbres pero es importante que no pierdan sus raíces». La historia de sus progenitores es distinta y el trabajo de adaptación es laborioso. «No podemos olvidar que muchos de ellos necesitan tres años para conseguir los papeles, algo que la gran mayoría desconoce y que resulta un golpe duro a nivel psicológico».La formación se torna fundamental en ese proceso. «Muchos llegan pensando que aquí hay trabajo y aunque la situación ha mejorado, la realidad es que para acceder a muchos puestos de trabajo es necesario que vengan ya formados o formarse aquí». Esa situación «les produce en muchos casos un quebradero de cabeza porque saben que tienen que ayudar a su familia en su país de origen pero también tiene que formarse, pagar un piso, etc».A esa formación «se suma en algunas ocasiones una labor de alfabetización o de aprendizaje del idioma, trabajo en habilidades y la adaptación al nuevo país». Lafont recuerda que este proceso no es unidireccional y es que «las gentes de otros países y de otras culturas tienen mucho que aportarnos, no solo exquisita gastronomía, cultura o tradiciones, sino experiencias humanas de lucha y vivencias que nos harán mejorar como personas».Ionela llegó a Burgos con seis años. Hoy, casada y con un hijo, asegura haber echado raíces en la ciudad. «Mi padre salió de Rumanía y llegó en el año 1996 por trabajo y tiempo después nos trajo», apunta. En su stand, representando a la Asociación Kogayon, hay varios postres típicos de su país, todos elaborados por ella y por su madre. «Es mi primer año en el festival y estoy tremendamente emocionada porque a pesar de sentirme como una burgalesa más, echo de menos mi país y estoy muy orgullosa de poder representarlo en esta cita con algunos de nuestros dulces típicos», asegura.Explica que el hecho de llegar a un nuevo país siendo una niña «facilitó la adaptación» y asegura que la integración en la sociedad burgalesa ha sido «fácil». «Me encuentro muy a gusto en Burgos y tengo amigos tanto burgaleses como rumanos como de otros países, no me importa su procedencia, solo que tengan buen corazón».Desde el otro lado del Atlántico, en concreto desde Ecuador, llegó Marisa, miembro de la Asociación Ecuatoriana de Cultura y Danza. «Este festival nos permite no solo dar a conocer nuestra cultura a los demás sino recordar nuestras tradiciones», señala. Marisa tenía 10 años cuando llegó a la capital burgalesa. Ahora, quince años después, explica que «dejar atrás a parte de la familia es lo más complicado de emprender una vida en otro país».Sin embargo, al igual que Ionela cree que «haber venido siendo una niña hace que no seas muy consciente del cambio de vida». La distancia, asegura, «hace que se pierdan algunas tradiciones y costumbres», pero otras se siguen manteniendo a pesar de los miles kilómetros que le separan de su Ecuador natal. Por ejemplo, preparar «las guaguas de pan con colada morada» para celebrar el Día de los Difuntos.Desfiles de trajes típicos, bailes, conciertos, talleres y degustaciones completaron una jornada de celebración y encuentro.