Los Jefes de Silos demuestran un año más su buen estado de forma

«De buen gusto», la atleta Ruth Beitia leyó el pregón de una fiesta que ayer alcanzó la mayoría de edad

La atleta Ruth Beitia durante la lectura del pregón ataviada con la clásica capa castellana.-J.L.P.

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Santo Domingo de Silos volvió a vestirse ayer de gala para dar vida a su popular Fiesta de los Jefes, una tradición declarada Fiesta de Interés Turístico Regional que cada año congrega a cientos de vecinos y visitantes. Ni bajas temperaturas ni los rigores invernales empañaron la celebración de una jornada en la que los jefes toman el mando de la villa como lo hicieron en tiempos de la Reconquista.Un año más, los protagonistas de la jornada fueron tres vecinos de la villa que dieron vida al Capitán, al Cuchillón y al Abanderado. Los ilustres personajes fueron sacados de sus casas por los vecinos del municipio a primera hora de la mañana, tal y como manda una tradición recuperada hace ahora 18 años y que obliga a los habitantes de Silos a dejar su ropa del siglo XXI en casa para sacar la que se vestía hace unos siglos atrás. En concreto, los hombres van ataviados con capa castellana y los niños con chalecos y polainas de borreguillo, acompañados de cencerros con el ánimo de emular el alboroto que hace siglos produjo el ganado en el pueblo.Tras las carreras y el jolgorio matutino, a mediodía tuvo lugar uno de los actos más entrañables de la jornada. La comitiva entró en el Patio de San José de la comunidad benedictina de Santo Domingo de Silos. Fue el abad de la abadía silente, don Lorenzo Maté, quien condujo a los jefes hasta el histórico espacio. Sin duda, una de las imágenes de la jornada, ya que por unos minutos, el espacio religioso se llenó del sonido del tambor y del ondeo de la bandera que siguieron atentamente los miembros de la comunidad desde las ventanas del cenobio.La atleta Ruth Beitia, elegida pregonera de la fiesta en esta edición, acompañó ataviada con la capa castellana al alcalde de la localidad, Emeterio Martín, así como al alcalde de Burgos, Javier Lacalle, en una comitiva en la que también participó el senador Jaime Mateu. Beitia hizo las delicias de los silenses, sobretodo de los más pequeños, quienes se asombraron en más de una ocasión, desde su perspectiva infantil, ante la altura de la medallista española. Una pregonera «de lujo», tal y como confirmaron fuentes de la organización agradecidas por la aceptación de la atleta «de tan buen gusto» la responsabilidad de pregonar una de las fiestas más reconocidas de toda la provincia.El cumplimiento de esta tradición desde hace unos años volvió a promover la llegada de autobuses y turismos desde distintos rincones de la provincia. Así lo atestiguaron los hoteles y restaurantes de la histórica y turística villa, que colgaron el cartel de ‘completo’ para sus menús y comida. Claro está, en sus menús no faltaron ni las famosas ollas podridas ni el cordero y cabrito, muy famoso en esta zona de la provincia de Burgos.Ya por la tarde, la fiesta prosiguió con una veintena de intrépidos jinetes que participaron en la conocida ‘carrera de crestas’. Se trata de un ritual muy antiguo en el que jefes y jinetes compiten por alzarse con la cresta de un gallo que prende de una cuerda a gran altura. El animal, que permanece inerte, se convierte en un trofeo que arranca los aplausos de los jinetes más habilidosos.Actualmente, el gallo está muerto, pero hace siglos esta tradición se realizaba con un gallo vivo al que -literalmente- se degollaba, según confesaron a la agencia Ical fuentes locales.

Al caer la noche, Silos recreó de nuevo su mítico incendio. La localidad volvió a fingir que se encontraba en llamas encendiendo hogueras por los principales puntos de la villa. Se rememora así un episodio, no contrastado en los anales de la Historia que, cierto o no, reúne cada año a más visitantes.La leyenda cuenta que un ejército de moros sitió la villa burgalesa. Ante la desigualdad de las fuerzas encontradas, un vecino del pueblo planeó simular un incendio y con él la destrucción de todos los bienes que hubiera en la localidad. De esta manera, el enemigo daría por inútil cualquier intento de asalto.Lejos de rendirse ante la invasión árabe, colocaron ramas de brezo por todas las esquinas del pueblo a las que prendieron fuego, cargaron a los niños y mujeres con cencerros y les soltaron por las calles. De este modo, la premeditación cristiana dio paso a la confusión mediante cencerros, de tal manera que la población daba la impresión de estar llena de defensores

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