Los 1.700 alumnos del taller de instrumentos tradicionales alientan el futuro del folclore

El programa de La ciudad también enseña repite el éxito de los seis cursos anteriores

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

Los 1.700 alumnos de 40 centros educativos de la capital que están participando en el taller de instrumentos musicales del programa educativo municipal La ciudad también enseña se convierten en la mejor esperanza del folclore burgalés. Esta propuesta lleva siete cursos inoculando el veneno de la música tradicional en los escolares y el éxito se repite año tras año con más de mil estudiantes anuales.

Pero que nadie se lleve las manos a la cabeza. No son la dulzaina y la caja los únicos protagonistas, sino que éstos sólo son dos más de los alrededor de doscientos instrumentos utilizados en distintas partes del mundo. «Merece la pena dar a conocer nuestros instrumentos, nuestras canciones a los jóvenes de hoy en día y transmitir la originalidad de estas piezas», comenta Miguel Alonso, director de la Escuela Municipal de Dulzaina, quien apunta que es el interés de los colegios el que impulsa la continuidad de esta iniciativa, que también sirve para derribar los prejuicios de las nuevas generaciones frente a estas expresiones artísticas.

El taller se articula en dos partes. Una primera teórica en la que el folclorista Alfonso Díez habla, según sus propias palabras, de la música tradicional, de los ritmos populares, de los modos de vida perdidos en estos pueblos que justificaban esa cultura.

«Se trata de dar otra perspectiva de la música tradicional. Cuando a los alumnos se habla de un taller de instrumentos populares creen que es sólo lo que hacemos en los grupos de baile y no es solamente eso. Por eso intentamos que lo vean de una manera más atractiva», apunta Díez, quien considera que esta fórmula funciona a juzgar por la inquietud de los muchachos que llegan a casa y sacan almireces, cacerolas, botellas, dedales, cucharas y cualquier utensilio doméstico del que pueda salir una nota musical.

La zanfona sigue siendo una de las piezas que más llaman la atención de los chavales, aunque también se acercan a matracas, ocarinas, bandurrias, salterios, zambombas, cencerros, laúdes, cascabeles, violines...

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A estas clases en la Sala Polisón se une la segunda parte, más sugerente, en forma de audición en el escenario del Teatro Principal, donde comprueban cómo suenan los instrumentos «que han caracterizado otras épocas y hoy están relegados a los museos o a los grupos de música tradicionales».