III CONCURSO DE CUENTOS / TERCER PREMIO

El don de Elvis

Por: FRANCISCO JAVIER ROMERO

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Burgos

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Papá, comentaba Elvis acalorado, los chicos de mi edad no se muestran interesados en la caza.  Me gustaría, continuaba diciendo, jugar con ellos y divertirme, lamentándose de sus obligaciones familiares. El abuelo siempre me decía que hiciera caso a los mayores, pero yo ya soy mayor y quiero demostrártelo, papá. Me gustaría dejar la caza a un papel secundario y construir refugios en las cavernas y otros lugares de paso para que podamos pasarlo mejor en nuestras abatidas. Me gustaría ser como tú.

Elvis era un chico fuerte, responsable y muy maduro. Desde pequeño pensaba que llegaría a ser un experto cazador como su padre y siempre le acompañaba e imitaba en su labor.

Su dedicación al oficio familiar le hacía destacar entre los demás jóvenes del clan, ansiosos por ser iguales a su líder. Junto a su considerable estatura y su desarrollo físico precoz, Elvis, además, era capaz de interpretar como nadie las mejores condiciones para la captura tanto de ciervos, como de mamuts y otros animales de gran tamaño.

Elvis, era capaz de adivinar el comportamiento del animal en su huída, mientras su padre y los demás cazadores trataban de acorralar a la presa en algún alto de la montaña. Tan sólo escogía un lugar alto en la montaña o en un árbol desde donde divisar todo a su alrededor y así dar referencias exactas a su padre para que se anticiparan y capturasen a la presa.

Aquel día había sido un día de gloria para Elvis. Mientras realizaba labores de rastreo en el bosque se topó de bruces con un oso pardo. Elvis se asustó mucho al verle, empezó a correr para salvar su vida y cuando peor se las veía, se detuvo, se dio media vuelta y miró al feroz oso, el cual también se detuvo a contemplar a su presa. Durante unos instantes, ninguno de los dos hizo un solo movimiento, luego el oso se puso a cuatro patas y comenzó a dar vueltas alrededor del niño. Elvis continuó inmóvil, más por el temor a morir que por el frío proveniente del páramo. Sin embargo, el oso se puso nervioso de repente y se puso de pie ante Elvis acercándose hacia el muchacho, que lo miraba aterrado. De repente, cuando el oso se abalanzó hacia Elvis, él cogió su lanza de punta afilada y la dirigió en dirección hacia el oso. El oso cayó desplomado delante de Elvis. La lanza había atravesado el corazón de la fiera, la cual yacía en el suelo inmóvil.

Cuando su padre lo encontró, Elvis tenía lágrimas en los ojos. Había pasado tanto miedo que se abrazó a su padre, el cual no lo soltó hasta que no se hubo calmado el niño. Dentro de su corazón, sabía que había dejado de ser un niño.

Pasaron los años y Elvis se convirtió en el rey del clan. Una lesión en la columna le había apartado de las batidas, ya no acompañaba a los miembros cazadores del clan, pero todos seguían sus instrucciones y le rendían honores entregándole las mejores piezas de la captura. Siempre que cazaban un oso, la piel se la entregan como símbolo de respeto y amor. Su minusvalía no le impidió lograr su reconocimiento y admiración por parte de todos.

Elvis, al calor de una hoguera, solía contar historias de sus experiencias en la caza y de sus grandes pasiones, la pintura y la decoración.

Así, cuando apenas contaba con cuatro años, Elvis aprendió de su madre el arte de la decoración. Le sorprendía que los pigmentos que con tanta paciencia y tesón recolectaba, su mamá era capaz no sólo de pintarse la cara, los brazos y demás partes del cuerpo, así como pintársela a los demás, sino que con esos colores tan vivos era capaz de dibujar flores y algunas formas básicas sobre jarrones de barro que cocía la abuela a fuego lento.

- Elvis, solía decir su madre, ¿quieres ayudarme? Su mamá pronto descubrió el interés de su pequeño y le enseñó todo lo que sabía.

Elvis relataba a sus camaradas cómo había logrado realizar sus dibujos en las cuevas, llevando siempre los materiales de pintura en las cacerías. Cuando el tiempo les impedía salir de la cueva, aprovechaba el tiempo dibujando escenas de caza para mostrar la estrategia que utilizaría con sus camaradas. Tal y como lo relataba, parecía que las figuritas que dibujaba cobraban vida propia y se movían solas. Realmente, Elvis echaba de menos poder decorar en miniatura con su madre, así que aquella labor de enseñanza le permitía disfrutar y enseñar todos sus conocimientos.

Cuando contaba con catorce años, sus trabajos con su madre eran muy demandados teniendo incluso lista de espera de encargos. El negocio de su madre había sido un éxito gracias a él. Elvis tenía un don. Había nacido con una capacidad asombrosa para dibujar y retratar todo tipo de objetos, animales y plantas.  

Y su talento no tenía fin. Incluso los días recién llegado a su hogar era capaz de dibujar en el suelo lo que había visto ese día, para goce y disfrute de sus hermanos y dulce mamá. Sus hermanos disfrutaban tanto de la representación de su hermano mayor que estaban deseando tener la oportunidad de acompañarlo, toda vez que tanto su padre como el jefe del clan les permitiera pasar la prueba.

Nadie olvidaría jamás como se enfrentó al oso.

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