EN EL PUNTO DE MIRA

El mercado del arte también naufraga

Los galeristas hablan de tristeza y caída en picado de las ventas. Mónica Freijo apuesta por sembrar en época de crisis e Igor Torres 'exige' una mayor educación del público

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

Burgos nunca ha sido una referencia por su mercado del arte. Saboreó las mieles del éxito con Mainel, Tagra o PS en los setenta, ochenta y noventa. En esta década asistió al nacimiento de Lourdes Carcedo y Paloma 18. Pero en los últimos veinte años vio como una a una bajaban la persiana para siempre. Otras abrían. Es el caso de Río 10 en Quintanilla Vivar, a la que solo separan 7 kilómetros de la capital, e IT, en la Plaza Mayor y con una inusitada inconstancia en sus aperturas y sus cierres. Se mantiene la Galería Mainel, fundada en 1966 por Luis Sáez y José Luis Maeso, pero con una actividad también a trompicones y sin el relumbrón que vivió antaño con grandes nombres de la historia del arte español.

El mercado del arte en la actualidad es limitado y la crisis lo obliga a caminar por la cuerda floja. Nada nuevo bajo el sol. Pero ni Mónica Freijo ni Igor Torres, responsables de Río 10 e IT, respectivamente, se achantan. Cada uno con sus particularidades, le plantan cara. Ambos coinciden al señalar que las ventas han caído de forma estrepitosa y plantean distintas soluciones para salir indemnes del naufragio. Freijo cree necesario redoblar los esfuerzos en épocas de escasez para recoger frutos cuando vengan bien dadas. Torres va más allá y localiza el problema en la formación del espectador, en la inexistencia de un público con una mínima educación en arte contemporáneo por culpa de unos planes de estudio que nunca se adentran en el siglo XX.

«La cosa está flojita. Para qué nos vamos a engañar, pero yo sigo empeñada en que esto funcione y a mí me parece que ahora es época de siembra, en la que hay que trabajar mejor todavía que en los momentos buenos. Cuanto más difíciles están las cosas mejor lo tienes que hacer para recoger los frutos. De momento, con que nos dé para sobrevivir nos conformamos», valora la responsable de Río 10, que el pasado mes de abril amplió y renovó sus instalaciones en Quintanilla Vivar siguiendo sus propios consejos.

Con todo, observa una preocupante tristeza en la gente: «No hay alegría para comprar y eso se nota con independencia de que se tenga o no dinero. Porque creo que hay gente que lo sigue teniendo, pero está muy influido por el ambiente y las noticias que llegan de los medios de comunicación».

Tampoco se anda con rodeos Igor Torres. «No se vende nada de nada. Tienes obra de todos los precios, pero no se mueve nada», enfatiza antes de exponer una excepción a esta tónica general. Cuenta que cuando la gente tiene en las manos la clásica vista de la Catedral o la tradicional marina que decora un salón se lo quitan de las manos. Lo pudo comprobar hace unas semanas con seis copias de un grabado que hizo de la Seo.

Pero no es eso lo que él busca. Él quiere un espectador que valore la creación actual y reconoce que el funcionamiento de este espacio, con los múltiples compromisos del propietario con distintos artistas o con partidos políticos (fue oficina electoral del PP), impide esa regularidad. «Si la galería fuera constante podría enseñar a esa gente y poquito a poco se iría vendiendo mejor», imagina.

La constancia que no tiene IT la brinda Río 10, que abrió sus puertas hace seis años con el handicap de hacerlo en un pueblo. Pronto, este inconveniente tornó en ventajas: el visitante aparca en la puerta, al estar apartada, quien se adentra en ella está realmente interesado por el arte y al ser una casa con varias plantas y rincones, a diferencia de otras galerías que son espacios diáfanos, brinda una sorpresa detrás de otra.

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Y es que aunque las visitas se rascan poco el bolsillo, la galerista está satisfecha porque el timbre no ha dejado de sonar. «A la gente le cuesta ya menos acercarse aquí. Al principio lo ven como una galería de arte donde no se puede entrar si no se compra y ya han visto que no es así», dice Freijo, quien está desarrollando nuevas fórmulas para afrontar la crisis. Una de ellas es el maridaje entre gastronomía y arte en colaboración con el cocinero Jesús de Pablo. Una velada diferente propone una visita guiada acompañada por un catering pensado para grupos de entre 20 y 100 personas. Reinventarse o morir.