XXXVI FESTIVAL DE FOLCLORE / Taller Baila con nosotros

Cuando Puerto Rico cantaba sus sucesos

El Conjunto Folklórico Guarionex estrena la sección en El Espolón ante un entregado público. La sesión empieza con las danzas de la costa y sigue con las de la montaña y las de herencia africana

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

Por un momento pensó que se encontraba en medio del Caribe y no en plena meseta castellana. Ella, con la compra en una mano y la nieta en la otra, ya no puede con su alma y esos mulatos moviéndose al son de una música que huele dulce en pleno paseo del Espolón. «Nos quedamos un ratito aquí preciosa», le dice a la niña, que, rápida, se cuela entre las piernas del público para ponerse en primera fila. Ella se queda atrás. A la sombra y con una sonrisa rechaza la mano del bailarín cuando intenta sacarla a la palestra.

Ella no se anima, pero sí otros caminantes. Y paso a paso se va construyendo otra imagen clásica del verano capitalino. Otra estampa tradicional en el Festival Internacional de Folclore. El Conjunto Folklórico Guarionex de Puerto Rico abrió el taller Baila con nosotros. Se trataba de moverse y, aunque un tanto remolón, el público respondió.

Jorge Villafañe, director y coreógrafo de la compañía caribeña, toma al mando del tinglado. Y el un, dos, tres; un, dos, tres... pone la banda sonora a la mañana.

La lección comienza con unas danzas de la costa a las que llaman plenas. Bailes de origen curioso. Se las inventó la gente pobre, que no tenía dinero para comprar el periódico o que ni siquiera sabía leer, para enterarse de los grandes sucesos y de los pequeños acontecimientos cotidianos. Dedicaron una, Cortaron a Elena, a quien cortó un mozo para que no fuera de nadie si tampoco era suya; otra hablaba de los yanquis que prohibieron el contrabando de licores; y un prelado que visitó la isla también se llevó su plena, que, jocosa, pasó de boca en boca. Decía así, entona Villafañe: Mamita llegó el obispo, llegó el obispo de Roma, mamita si tú lo vieras que cosa linda, que cosa mona.

Se prohibieron estas canciones, cuenta el coreógrafo, no por sus letras sino por las faldas que usaban las bailarinas. Las llevaban a la altura de las rodillas y las acusaron de obscenas porque se veían las pantorrillas y los tobillos.

Suenan las panderetas de plena, el güiro, el bongo y otras percusiones y se mueven los bailarines. Los profesionales y los espontáneos. Unos se agitan con salero, a otros no les ayuda ni el sombrero Panamá que les prestan, pero todos se lanzan sin complejos.

A estas alturas de la película la señora de la compra se ha olvidado de los pimientos y de la barra del pan y sigue embelesada los pasos. De la nieta tampoco se acuerda.

El segundo tercio se traslada hasta las montañas. El Baile Jíbaro sale a escena. El cuatro portorriqueño -guitarra pequeña, instrumento nacional de aquel país-, la guitarra española, el güiro y el bongo retumban. Ya está montada la fiesta. La misma que animaba a los habitantes de las montañas la época de cosecha. Se barría la tierra de enfrente de la casa y a danzar, a divertirse, hubiera algo que celebrar o no.

Con los plátanos del Espolón actuando como palmeras y el inaudible murmullo del Arlanzón como si ronroneara el mar, salen las portorriqueñas vestidas con falda larga de cuadritos rosas y blancos, azules y blancos, para escenificar los Bailes Bomba, la herencia africana, la de los negros de la isla. Los tambores toman el mando y con ellos se despiden las danzas portorriqueñas.

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Es entonces cuando a la abuela le entra la prisa, mira el reloj. ¡Qué tarde se ha hecho! Apremia a la pequeña que brinca y se sube la falda como ha visto a las bailarinas. Mira, mira... Pero la abuela hace tiempo que se levantó de la hamaca caribeña y sus pies ya no bailan, corren, que todavía tiene que hacer la comida.