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Versos susurradospor la parca

La profesora burgalesa Elena Gallego y la nipona Seiko Ota traducen la antología ‘Haikus en el corredor de la muerte’, con poemas de presos japoneses condenados a la pena capital

Elena Gallego.-Israel L. Murillo

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A.S.R.
Burgos

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Kooyoo tenía 28 años cuando lo ejecutaron el 13 de abril de 1957. Justo antes de ese momento escribe El agua se templa. / No se me puede quitar / la suciedad de las manos. Su conciencia le sigue golpeando, no se puede librar de ella y lo vuelca en estos versos, recogidos en Haikus en el corredor de la muerte (Hiperión), traducción bilingüe al español de la antología Iikuukan no haiku tachi (Haikus en un espacio diferente) de la mano de la profesora burgalesa Elena Gallego y la japonesa Seiko Ota.

«El objeto es profundizar en el conocimiento del ser humano y acercarnos a sus sentimientos y pensamientos en unos momentos tan extremadamente desgarradores y difíciles. No es habitual que los presos escriban haiku antes de morir. Solo lo hace una pequeña parte. Algunos no saben leer ni escribir», comenta Elena Gallego a través del correo electrónico desde su despacho de la Universidad Sofía de Tokio.

Y es entre barrotes, esperando la llegada de la parca, cuando aprenden a escribir y es en esos versos donde encuentran un paño de lágrimas, una vía de escape a su cruel destino o, simplemente, una manera de decir adiós.

Los más numerosos cantan al pueblo natal y a la madre, una temática que llama la atención ya que tradicionalmente el haiku es una poesía consagrada a la naturaleza.

«Son dos referencias básicas en nuestra vida que nos hacen sentirnos protegidos. Ya dijo el poeta Rainer María Rilke que la verdadera patria del ser humano es la infancia y a ella recurrimos cuando nos sentimos desvalidos. Para muchos de ellos escribir haiku recordando a su pueblo natal es como un consuelo, un apoyo, un lugar al que agarrarse como si quisieran abrazarse a la vida, a quien se la dio y al pueblo que les vio nacer y no dejarse arrebatar por la muerte», se explaya la profesora burgalesa que hace un año sacó también junto a su colega japonesa Seiko Ota y con la complicidad de Hiperión -sello pionero en la publicación de esta poesía en España en los años 80- el libro Kigo. La palabra de estación en el haiku japonés.

Por las manos de madre / ropa doblada con mimo, / preparación invernal. El frío que pasa en prisión le lleva a Gyuuho, ejecutado con 54 años, a su infancia, a los años de la escuela primaria en los que llevaba calzoncillos largos porque era un niño muy friolero y que, tras dejar de usarlos en Secundaria, a los 34 años, ya entre los barrotes de la cárcel, vuelve a pedir a su madre en una carta.

Gallego y Ota no se lo pensaron mucho cuando descubrieron esta antología en la editorial Kaiyoosha de Imazu. Les pareció un testimonio humano tan interesante que decidieron esencial su traducción.

Ninguna ha tenido la oportunidad de visitar a los presos, aunque les hubiese gustado, pero «lamentablemente», solo les permiten dos visitas al año y, obviamente, están reservadas a familia y amigos.

76 haikus articulados en cinco capítulos -Soledad, Lazos-madre-pueblo natal, Mi culpa, Vivir y Despedida- dan la voz a estos condenados a muerte, una pena que en Japón sigue vigente y cuyo número de ejecuciones al año depende mucho del ministro de Justicia pues es quien tiene la última palabra.

Cuentan las autoras en el epílogo de esta edición que en el momento que lo escriben, diciembre de 2012, se habían producido siete.

Elena Gallego llama la atención sobre una reciente iniciativa, en la que participará, de una editorial francesa que ha organizado una convocatoria mundial entre poetas e investigadores para escribir Haikus por la paz.

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«Cada uno teníamos que crear tres haikus en nuestra lengua materna y han recibido casi dos mil en 58 lenguas», observa. «Hoy cada vez son mas necesarias este tipo de iniciativas y reflexionar seriamente sobre la paz mundial», añade y aplaude que algunas universidades extranjeras oferten Estudios de la Cultura de Paz como carrera universitaria. «Cada uno de nosotros deberíamos preguntarnos: ¿Qué hago yo por la paz mundial? ¿Me preocupo de conocer a fondo otras culturas o los problemas de otros países? ¿Me pongo en la piel de las personas con una cosmovisión radicalmente diferente de la mía y trato de ver el mundo desde sus zapatos?», expone Elena Gallego, la inquieta profesora que lleva más de veinte años poniéndose el quimono nipón para entender esta cultura a miles de kilómetros de su Burgos natal.