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El ‘boom’ de la lectura compartida

La lista de espera para entrar en un club tanto en la Biblioteca Pública como en la Municipal refleja el atractivo creciente de esta actividad

El club de lectura de ensayo se da en la Biblioteca Pública.-Israel L. Murillo

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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Era otoño, el calendario de 2006 se quedaba sin hojas y la Biblioteca Pública ponía en marcha su primer club de lectura. El bibliotecario Fernando Ortega Barriuso no confiaba entonces en que la actividad arrastrara a mucha gente y mucho menos podía imaginarse el boom que experimentaría años más tarde, aunque estaba dispuesto a crear dos, tres y los que hicieran falta. Y vaya si hizo. Casi una década después, el centro de la plaza de San Juan oferta seis de novela, uno de ensayo, uno de 25 a 35 años, dos familiares, uno para sordos y otro juvenil.

Un año después, en 2007, la Biblioteca Municipal se sumó a esta experiencia con una «excelente acogida desde los primeros meses» y ahora mantiene tres grupos presenciales en la Gonzalo de Berceo y en la Miguel de Cervantes.

Y tanto la Pública como la Municipal tienen lista de espera que les hace plantearse la creación de nuevos grupos.

Uno de los problemas para no hacerlo es la falta de personal para coordinarlos. Un obstáculo que en la Biblioteca Pública subsanan con la implicación de voluntarios supervisados por bibliotecarios.

A Ricardo Luis Amo lo han convencido este curso para llevar la batuta en el primer club específicamente de ensayo.

«Aquí no vienes a engancharte a la lectura, eso es algo que llevas implícito, pero si te gusta, esto te da la posibilidad de contrastar ideas, de manifestar opiniones, de intercambiar perspectivas con otras personas que te pueden descubrir otros ángulos del libro porque nunca coges todos», apunta este historiador aplicado que ya tiene el plan diseñado para el resto del curso con una selección de títulos que procura que sean de una temática variada, con la limitación de elegir libros de los que haya disponibilidad de ejemplares y con el aliciente de enriquecer la actividad con la invitación de autores -José David Sacristán los habló esta semana de La próxima Edad Media- o visitas, como la que hicieron al Museo de la Evolución cuando leyeron El mono obeso, de José Enrique Campillo.

Aunque la mayoría de los integrantes de los clubes de lectura es femenina. No ocurre lo mismo en el de ensayo, donde existe un equilibrio de sexos, que evidencia las diferencias entre unos y otros, que, haberlas, haylas. «Las mujeres son muy sensibles y ven cosas que nosotros no apreciamos. Nos fijamos en distintos aspectos», observa José Mendoza, uno de sus integrantes, que cuenta como, por ejemplo, en Los límites del perdón, de Simon Wiesenthal, otra de las lecturas, sobre la crueldad nazi, ellos se recrean en las máquinas y ellas en los dolores y miserias que los soldados llevan en la mochila.

Pero no todos son diferencias. «Quien viene aquí es gente que tiene el hábito lector desde hace mucho, con cierta sensibilidad y crítica, con conocimientos y que no se cree todo lo que le dicen. Convivimos continuamente con la duda, si la abandonamos nos manipulan porque las cosas se pueden decir de muchas maneras, la verdad no existe, hay que buscarla continuamente», concluye Mendoza, que, además de estar en el club de ensayo, se ha estrenado este año como moderador de un club de novela después de pertenecer durante siete a otro.

Este bagaje le hace ser todo un profesional. Acude a la cita con un bloc de notas, con recortes de noticias de la prensa...

«Yo soy un buscador, cuando me dan un libro rastreo enciclopedias de papel y en internet: qué han dicho y qué no, cuándo se escribió, que pasó en esa época...», comenta y se compara con un forofo del fútbol, que cuando se sienta en el estadio o se pone frente al televisor lo hace sabiendo la alineación, el sistema de juego, las debilidades de cada equipo... y también comenta las jugadas. Eso sí, sin voces ni bocinas.

«Te da nuevas visiones. Cada libro son muchos mundos y está abierto a multitud de interpretaciones a las que tú solo no llegas», anota.

Con él está de acuerdo María Jesús Barcina, que hace tanto que tocó a la puerta de la Biblioteca Pública que no se acuerda. Lo hizo porque había oído hablar de estas actividades en los medios de comunicación y porque una compañera de las clases de pintura la daba envidia cuando se iba volando para llegar a uno de ellos. Cuando se decidió, había cola. Esperó un año «y el día que me avisaron me alegré un montón». Han pasado seis años y ha cumplido de largo sus expectativas. Ha descubierto a muchos autores y nunca ha dejado de sorprenderla la elección de los moderadores, a los que piropea.

Chicas nuevas en la oficina son Marisol Calvo y Teresa Gómez Báscones.

«Nos gusta muchísimo la lectura y poder comentarla con los demás es mucho más enriquecedor que si lo haces sola. El único problema es que la memoria ya no la tenemos como antes y no retenemos las cosas como nos gustaría», convienen y aseguran que el acercamiento a un libro es distinto cuando se sabe que luego se pondrá sobre la mesa. «Te obliga a reflexionar para ver qué puedes aportar al grupo, estar atenta a lo que dicen tus compañeros porque siempre ofrecen un punto de vista en el que tú no habías caído...», añaden.

Mendoza, Barcina, Calvo y Gómez Báscones destacan por encima de todo la oportunidad de compartir estas lecturas, pero estas citas no se terminan cuando abandonan la sala de la biblioteca. Normalmente se alargan en algún bar cercano en torno a una caña. La posibilidad de hacer amigos está ahí, pero para ninguno es lo más importante, aunque los responsables de estas actividades sí llaman la atención sobre ello.

«A través de la lectura compartida, la Biblioteca quiere brindar una vía de crecimiento y comunicación. El libro es la excusa para verse. Más allá del propio volumen está la necesidad de reunión, de participación, de aportar y aprender unos de otros, de exponer y defender de manera cívica y respetuosa las propias ideas, convirtiéndose así en lectores críticos», valoran desde la Biblioteca Municipal.

«Las bibliotecas tienen un compromiso con su comunidad, de integración social, de difusión y de lugar de encuentro y los clubes de lectura son uno de los vehículos para conseguir estos objetivos», añade Angélica Lafuente, una de las bibliotecarias que coordinan las citas en San Juan, quien resume esta meta con una frase de su colega Blanca Calvo: Una biblioteca es una plaza pública a cubierto donde todo es posible.

La Acequia, el primero virtual

El profesor de la UBU Pedro Ojeda propuso en 2008 la lectura virtual de El Quijote a través de su blog, La Acequia, creado dos años antes, sin saber que iba a hacer historia pues se convertiría en el primero de este cariz. Aún hoy sigue en activo y, además, ha dado lugar a uno presencial, dentro de la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la UBU. También la Biblioteca Municipal puso en marcha en 2011 otro a través de su Facebook, que, apuntan, «a pesar de las ventajas de no tener que desplazarse ni estar sujeto a horarios, no ha tenido tanto eco ni participación como los presenciales».

El infinito imaginario infantil

No es lo mismo leer solo en el sofá o como mucho en compañía de papá con la bata y las zapatillas de casa que hacerlo en la biblioteca con más niños y animado por una chica muy simpática que te hace sentir como si estás en el teatro. No es lo mismo. Y esto pasa en el club de lectura familiar de la Biblioteca Pública, iniciado hace cinco años bajo la batuta de Angélica Gago, más conocida por algunos como Margarito. 

«El objetivo es enganchar a los niños al hábito de la lectura y realizar una actividad conjunta en la que sus padres también participen», expone la coordinadora y añade que la dinámica es la misma que un club de adultos: «Leemos un libro, nos reunimos y lo comentamos. Luego hacemos actividades diferentes sobre él para desarrollar la capacidad de escribir, hablar en público, recitar poesías...».

Después de un lustro, dice, la evolución ha sido muy buena, con grupos nuevos que se llenan en un tris y lista de espera para entrar en ellos.

Y es que sus bondades corren de padre en madre. «Se sorprenden muchísimo del imaginario de sus hijos, de como se expresan en un ambiente lúdico y de los cambios que experimentan con el tiempo», anota Gago y desvela que sí han alcanzado sus metas y conseguido incluso que niños a los que no les gusta leer disfruten con los libros del club, pero tiene clara una cosa: «El hábito de leer es un trabajo de todos los sectores que rodean al niño: familia, colegio, sociedad, compañeros...».

 

Enganchar a los jóvenes: ¿misión imposible?

La rapidez con la que se ha llenado el club de lectura juvenil puesto en marcha por la Biblioteca Pública dice mucho y muy bien de los adolescentes y derriba esa idea generalizada de que no leen. Algunos sí lo hacen y además están dispuestos a compartir sus reflexiones con otros chicos. 

El viernes pasado se estrenó esta actividad, mensual, que reúne a 11 chicas y 2 chicos de entre 13 y 20 años, un arco que en principio asustó a la coordinadora, Mar González Gutiérrez, pero que tras la primera sesión ha resultado acertado.

«El fin es acercar a la gente joven a la biblioteca y que sepan que aquí tienen un hueco más allá de las mesas que utilizan para hacer sus tareas. Aquí también pueden participar y decir qué piensan y qué quieren», se explaya y añade que, en su mayoría, los asistentes son jóvenes aficionados a la lectura, pero que además ha aparecido alguno con la esperanza de aficionarse a ella.

Sabe que tiene en sus manos una gran responsabilidad, pero también está muy segura de que la literatura los cautivará sin remedio. «Son muy receptivos y con poco les consigues ilusionar», destaca González, que se enfrenta por primera vez a un club de lectura juvenil, que ha despegado con Hoyos, de Luis Sachar, y continuará con un cómic. A este club pronto se sumará uno impulsado por la Municipal con idénticos objetivos.

Pionero club de sordos

Después de dos años al frente de un club de lectura de oyentes, Jezabel Asensio se preguntó por qué no hacer lo mismo con personas sordas. Sabía que podría ser una buena herramienta para aumentar su vocabulario y su comprensión lectora. Se puso en contacto con la Asociación de Sordos Fray Pedro Ponce de León y la respuesta fue inmediata. Un puñado de personas se interesó por esta actividad. La primera reunión se produjo en marzo de 2013 y hoy el club de lectura para sordos, pionero en la geografía nacional, continúa en la Biblioteca Pública. 

Después de dos años, el resultado es positivo tanto para Asensio como para los participantes en esta actividad.

Se reúnen los lunes con periodicidad quincenal y actualmente intervienen en él ocho personas, que se comunican con lengua de signos.

«Tienen que ser títulos de lectura fácil porque la comprensión lectora es difícil, les cuesta entender los dobles sentidos y tienen que incluir dibujos para que se les haga más ameno», señala la bibliotecaria responsable de esta actividad, también sorda, que ha puesto sobre la mesa títulos tan universales como Dr. Jekill y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson.

Esta iniciativa ha llamado la atención fuera de Burgos por su originalidad y exclusividad ya que, hasta la fecha, solo se ha conseguido rastrear la existencia de otro en Barcelona, pero compartido por sordos y oyentes.

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Estos encuentros han supuesto una ventana abierta para los sordos que fueron niños antes de los años ochenta, que recibieron una educación mermada provocando una generación con un nivel cultural bajo, que estas citas están mitigando. Algo que poco a poco se ha superado con una integración casi total de los sordos en la sociedad. Aunque aún les queden derechos por conseguir.