BURGOS / Música

Una orquesta con duende

La Sinfónica de Burgos ‘baila’ por bulerías, alegrías o tanguillos con el cuadro flamenco de Mariano Mangas en un proyecto único que colgó el cartel de entradas agotadas en la sala de congresos del Fórum, donde horas antes se vivían ensayos intensos

En el sexto de la noche, durante la interpretación de ‘Mi farruca’, la bailaora se unió a la orquesta y a sus compañeros.-Santi Otero

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A.S.R.
Burgos

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¿Quién dice que el duende del flamenco solo aparece detrás de una guitarra española o bajo un traje de faralaes? Esa chispa que muchos han visto pero nadie sabe explicar se perdió ayer entre los violines, violas y contrabajos de la Orquesta Sinfónica de Burgos (OSBu) guiada por el cuadro flamenco de Mariano Mangas. Las luces se apagan. Ocupan sus sitios el percusionista Jorge Jiménez Jorgillo, el cantaor José Salinas y el guitarrista. Están solos. Suena la rondeña Luna nueva. Sale Sandra Pinilla. La bailaora pinta Alegrías en escena. Vuelan piropos y claveles. En la tercera de la noche, los instrumentistas se colocan frente a las partituras. Aparece el director, Javier Castro. Saluda a sus invitados. Juntos tocan por bulerías Calle del puente.

El público ya ha empezado a vibrar con un espectáculo único, una velada mágica, que unas horas antes todos preparaban en el mismo escenario. Sabían que sería una gran noche. Sabían que el misterio nunca se resolvería.

Se pasea entonces ese duende en vaqueros y zapatillas. Y lo hace feliz, como también lo están Javier Castro y Mariano Mangas. Piropos en una y otra dirección.

¿A qué suena este Flamenco sinfónico? «A gloria bendita», suelta el guitarrista. «Hemos escogido los palos que mejor se pueden adaptar a una orquesta como son una guajira, una farruca, unos tangos, una colombiana...», detalla Mangas y destaca su originalidad ya que pocas veces se han mezclado guitarra flamenca y orquesta -lo hizo Camarón con la Royal Philharmonic Orchestra o José Manuel Cañizares con la Filarmónica de Berlín-. «No sé por qué. Si porque es muy delicado o porque tradicionalmente hemos estado demasiado distanciados».

Javier Castro cree que son músicas que pertenecen a dos ámbitos, contextos y culturas diferentes. «Hay compositores como Manuel de Falla que se han interesado por incorporar a su música muchos aspectos del flamenco», observa y asegura que para la OSBu ha sido un reto, difícil pero enriquecedor. «Nos ha permitido acercarnos un poquito a esa música que nos cuesta tanto a nosotros, con ritmos muy complicados para una orquesta clásica porque son muy diferentes y porque están pensados para ser transmitidos de una manera oral, no para ser escritos y leídos».

Esta propuesta ha obligado a los músicos de la orquesta a desmelenarse, a cambiar el chip y a desprenderse de esa pizca de anquilosamiento que vive en ellos. Así lo ve la viola Celia Bornemann. «Es otra dimensión. A los que tenemos una escuela muy clásica y ortodoxa nos cuesta, pero nos viene muy bien porque nos obliga a abrir el oído de una manera tremenda», apunta la artista que lleva en la formación desde su creación.

También la concertino, Sheila Gómez, habla maravillas de esta aventura por bulerías. «Es genial para quienes siempre hacemos proyectos de clásica». «Al principio es difícil porque todos los ritmos que los flamencos llevan en la sangre a nosotros nos aparecen en una partitura y tienes que estar muy atenta, ser muy estricta para no perderte», anota y reconoce que todo ha fluido de una manera natural con los flamencos cerca.

Y si especial es para los profesionales, doblemente debe serlo para los violines Sara de la Fuente y Pablo Viana y la viola Irene Grande. Son tres de los siete becarios del Conservatorio que tiene la OSBu este curso. Admiten que es una experiencia bonita y que la han disfrutado. Sin olvidar el esfuerzo que les ha requerido.

Algo extensible a todos los implicados. Y que, parece, ha valido la pena. ¿Qué aporta el flamenco a la orquesta y viceversa? Se miran Javier Castro y Mariano Mangas. El batuta lo tiene claro: «Nos aporta muchos ritmos diferentes, la sonoridad de su percusión y de su guitarra nos enriquece mucho, igual que los matices de la voz de un cantaor, tan distinta a la de un cantante clásico». ¿Suena la OSBu con más alegría que nunca? «No sé si con más que nunca, pero sí con muchísima. Se ve en la cara de los músicos mientras tocan», dice al mismo tiempo que se dibuja otra de satisfacción en el guitarrista. «¡Qué guay! ¡Cómo mola eso!». No se puede reprimir Mangas. «Estoy acostumbrado a tocar este repertorio con percusión y de repente oyes la cuerda, el viento madera, el viento metal... y quieres bajar a verlo al patio de butacas».

¿Se les ha contagiado la seriedad que se presume a los clásicos? «¡Qué va! Aunque sí estamos muy limitados. Hoy no me puedo comer un compás ni cambiar cosas sobre la marcha como muchas veces hacemos, pero salvando eso... ¡estamos gozando!», insiste emocionado.

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No lo pueden negar. A todos les delata la sonrisa. Esa enorme con la que Sandra Pinilla, mientras se calza unos hipnotizantes tacones rojos, confiesa haber casi llorado con el baile de María Cabezón sobre el chelo. Era el duende del flamenco haciendo de las suyas.