BURGOS
Noche redonda de polvos mágicos
Los polvos de colores llegaron de la India para pintar de felicidad la plaza de la Libertad durante toda la tarde en la Fiesta Holi, la exitosa novedad de esta Noche Blanca.-Santi Otero
El chupinazo de la Noche Blanca explotaba con el sol bien alto, el cielo azul y las temperaturas en una cómoda posición en el termómetro. Veinte grados a las seis de la tarde. Bendita fiesta por delante. Gente no faltaría en el camino. Y menos en la plaza de la Libertad. Desde el minuto uno, el Festival Holi amenazaba con encaramarse al top de las propuestas más exitosas de esta octava edición. Sin rival en el premio a la originalidad y la novedad.
Polvos de colores, polvos de la felicidad, polvos mágicos. Amarillos piadosos, rojos pasionales, naranjas optimistas... Verdes, morados, azules, morados, amarillos, anaranjados, azules, verdes... Pequeñas nubecitas, gran ambiente. La gozaron los adolescentes. Sin mirar a los lados. Sin esperar a las dos tiradas mágicas establecidas. La tentación era mucha. ¡Y estaba tan cerca! También para los maduritos. Como si no hubiera mañana se lanzaban polvos de colores, en pellizquitos o a bolsazo limpio. Y hubo hasta quien se embadurnó en familia. Rocío se reía con Lucía en brazos mientras intentaba infructuosamente hacerse una foto con el palo selfie. No importaba. ¿A qué habían ido allí? ¿A retratarse o a ser locamente felices? ¡Happy Holi!
Happy, happy andaban Daniela y María con su vestido de Comunión comiendo un helado y haciendo burla a La araña cósmica de Fernando Arahuetes. Detrás de las cristaleras del Salón del Recreo lucía como la más elegante de los arácnidos. Para ir de boda. O para sumarse a la solemnidad de sus vecinos. Según avanzaba la tarde, más gente tocaba a la puerta de la Casa de los Gigantillos. Se encontraban ausentes los anfitriones. Recibían los Gigantones. Sarna con gusto no pica.
Se hallaban los señores a escasos metros, en el paseo de Atapuerca. Nerviosos como principiantes. Serían actores importantes en el estreno de Rueda. Pero apenas pasan unos minutos de las siete de la tarde. Aún quedan más de dos horas para el debut.
A esa hora ya echa humo el engranaje de la Plaza Mayor, un gigante centro de ocio infantil. Niños convertidos en habilidosos hombres de circo, papás con el pintalabios en la mano, pequeñas tocando la pandereta...
El termómetro respeta. Las terrazas bullen y también Laín Calvo. Ninguna flecha dirige a esta céntrica calle. Pero un hermoso corro de gente rodea a un marionetista, un viejo conocido. Cosas del directo. Son los espontáneos que se cuelan en el programa oficial. Mimos, músicos callejeros, estatuas vivientes... ¡Happy Noche Blanca!
La cosa se pone seria en los aledaños del Palacio de Capitanía. Una tropa de franceses, con su mostacho, su sable y su acento, rodean el edificio. Miradas de reojo. Miradas de complicidad. Pronto se disuelven. Esos se dirigen al Castillo. Allí será el asalto.
No achanta su presencia a los chicos del Tribu. ¿Quién dijo miedo? Preparan paneles, prueban micros, acomodan incómodos asientos de palés. Quedan unos minutitos. Vuelva usted más tarde.
Se empieza a formar una tímida cola en el Museo Militar y el público mira curioso y nostálgico los oficios artesanos desplegados en la plaza de España. Hilanderas con lana de oveja, ceramistas en el torno, marionetistas con la aguja y el hilo...
19.55 horas en el reloj -18.20, en el del Monasterio de San Juan-. La Banda Ciudad de Burgos afina instrumentos en la plaza y en la Biblioteca Pública han puesto la televisión.
Una suerte de Saber y ganar se graba en la primera planta. Más joven que el inmortal Jordi Hurtado, un locuaz presentador bombardea a preguntas a los concursantes con el Fondo Antiguo del centro como monotema y la enigmática presencia en una vitrina tapada de los originales de las biblias de Gutenberg y la Románica, que aparecerían cual truco de magia en la traca final. Sssssssss... ¡Es una sorpresa! ¡A la calle!
Continúa la Banda con su repertorio y una alegre melodía asalta al viandante al cruzar el puente de San Lesmes. Con abrigos y bufandas y sin ningún distintivo que los identifique como tal, salvo su voz, la Coral Vadillos deleita a quienes atraviesan el Arco de San Juan. Luego irán al del Pilar y a San Gil. De arco en arco y canto porque me toca.
Canta también Woody Asterisk ya en el Espacio Tribu y nuevas unidades se han sumado a la cola de entrada al Museo Militar. Su particular batalla con la Catedral por ver quién mete más gente en la Noche Blanca está reñida.
La plaza del Rey San Fernando bulle. Y no es por ver los tesoros que guarda el templo Patrimonio de la Humanidad. Culpable: la Asociación BurgoSalsón y la salsa que cocinaron pies más o menos expertos, más o menos patosos.
Son cerca de las ocho y media y la plaza de Santa María está desierta. Todo cambiará cuando las viejas piedras de la Seo se vistan con las Huellas de Santa Teresa.
De momento, el jaleo lo pone un batallón de franceses, que se hace una foto de familia frente a San Nicolás y la gente que espera entrar en Castilfalé. Minuto y resultado. 20.30 horas: 350 personas (solo lleva media hora abierta).
Ahí, ahí andarán también los números del Museo de la Evolución Humana y del Convento de San José y Santa Ana, el último fundado por Santa Teresa de Jesús. Una sinuosa y larguísima cola culebrea esperando que abran las puertas de su jardín. Un remanso de paz, de alegría, con su ermita, con sus fuentes, sus estanques... y ayer sus velas y farolillos, que invitaban a volver cuando la luna se hubiera pintado el labio y la Rueda girará y bailará en el firmamento. Así se haría. ¡Happy Noche Blanca!