BURGOS / Patrimonio
El bello desconocido
El Museo de Burgos brinda un paseo por la historia del arte de la provincia tan intenso como olvidado por turistas y oriundos
Vista general de una de las salas de Bellas Artes.-Santi Otero
Es el abuelo de los museos burgaleses, el custodio desde hace más de siglo y medio del patrimonio histórico y artístico de la provincia, ocupa dos de los palacios más importantes de arquitectura civil del Renacimiento en la capital y es un cofre con tal cantidad de tesoros dentro que hasta Alí Babá y sus cuarenta ladrones dejarían Las mil y una noches para asaltarlo. El Museo de Burgos es tan rico como desconocido y pasa tan desapercibido entre los burgaleses como entre los turistas. Desde su nacimiento ha tenido que luchar con la irresistible Catedral y desde hace cinco años suma un nuevo rival: el cercano Museo de la Evolución Humana.
Le duele al Museo de Burgos esa indiferencia, pero sabedor de su importante misión resiste impertérrito a la vez que brinda un viaje en el tiempo único por la provincia.
El aventurero se olvida de la señorial escalera de la Casa Miranda en cuanto se adentra por sus dependencias para recorrer el pasado más remoto. Los yacimientos de Villanueva de Teba, Miraveche o Pinilla Trasmonte prologan la llegada a Clunia. Ejemplos de monedas, de vasijas y fragmentos de esculturas invitan a imaginarse la vida en esta ciudad romana de la que ahora queda, entre otras cosas, el teatro. Aquí se reconstruye en una maqueta que lo compara con los restos actuales al igual que hace con el foro desde donde se decidían los designios de la urbe.
Los parques eólicos y la construcción de carreteras han propiciado nuevos hallazgos que urgen espacio en esta sección de Arqueología para ser puestos en valor.
Por más metros suspira también la de Bellas Artes. Auténticas joyas visten las estancias de la Casa de Íñigo Angulo. Desde el frontal de Silos, realizado en el taller de esmaltes que hubo en el Monasterio de Santo Domingo en el siglo XII para cubrir el modesto sepulcro del santo, hasta una pintura de Rufo Criado, que, casualmente, ocupa ahora la sala de exposiciones temporales.
Por delante, ocho siglos en los que blandir la Tizona, la espada del Cid, ajenos a polémicas; sentirse reina con las cucharas de plata judía de Briviesca del siglo XIV, ejemplo único en el mundo; levantar las faldas a Juan de Padilla en el sepulcro que Gil de Siloé le hizo en el siglo XV u orar junto a María Manuel en el que esculpió Simón de Colonia; sentir el pinchazo de las zarzas de San Francisco en la pincelada de Mateo Cerezo (siglo XVII); perderse por las calles de Burgos con Fortunato Julián; mojarse los pies en el río para coger el sombrero que se le escapa al caballero que pinta Luis Manero en El molino (1902)...
Una espinita se clava dolorosa en el corazón del decimonónico museo. La falta de espacio, que no se subsanará hasta que se haga efectiva el soñado proyecto de la ampliación, obliga a mantener incumplida la promesa que hizo a Luis Sáez de dedicarle una sala con el legado que donó en vida.
Mientras este deseo torna en realidad, el público se acerca al pintor de Mazuelo de Muñó junto a coetáneos suyos como Vela Zanetti y Modesto Ciruelos y a las generaciones que le siguieron. Están ahí Cuasante, Ignacio del Río, Francisco Ortega, José María Casanova, Paloma Navares o Antonio Sanz de la Fuente.
Una expedición por los siglos de los siglos que hace del Museo de Burgos un lugar por descubrir.