LIBROS / LOS INGENIOS HIDRÁULICOS DE LAS MERINDADES EN EL SIGLO XVIII
La «microhistoria» de una época de pura subsistencia
Por amor a la historia ypor «exceso de economía», el profesor Roberto Alonso Tajadura vuelve a la carga con un descriptivo homenaje a la «gente llana»
Portada del nuevo libro de Roberto Alonso Tajadura.-ECB
Se zambulló en la historia de su querido Arroyuelo para explorar el desconocido día a día de sus habitantes. Posteriormente, analizó con precisión de cirujano los modelos económicos del Siglo XXdesde el patrón oro a las hipotecas basura que derivaron en una dichosa crisis de la que todavía no hemos salido. Ahora le toca el turno a los Ingenios hidráulicos en Las Merindades de Burgos, un tratado de «microhistoria» con el que Roberto Alonso Tajadura, profesor de Economía en el López de Mendoza, rinde homenaje a la «gente llana» que trabajaba en los molinos harineros, las ferrerías y los batanes de la comarca a mediados del siglo XVIII.Poco amigo del protocolo literario, de la presentación al uso y el afán de protagonismo, Alonso lanzó ayer su obra al mercado con la misma pasión que el escritor de antaño difundía su obra allá donde pudiera interesar. Ni corto ni perezoso, se plantó Medina de Pomar, Trespaderne y Villarcayo para distribuir en establecimientos algunos ejemplares de esta edición limitada que también se puede adquirir en la Librería del Espolón.Entrando en materia, fruto de dos años de investigación en el Catastro de Ensenada, el autor revela su «atracción» por estos elementos «necesarios para las economías domésticas del Antiguo Régimen». El cuestionario que los oficiales del reino realizaron por toda la provincia para unificar impuestos y «modernizar el sistema fiscal de la Corona» reveló la existencia de unos 450 molinos harineros distribuidos por Las Merindades. Y es que por aquella época «no había pueblo o villa que no tuviese en su territorio un molino como mínimo».La presencia masiva de molinos era «necesaria» en la zona, asegura Alonso. Básicamente, porque el pueblo llano se regía por «economías de subsistencia» al servicio de este «elemento estratégico» controlado en la mayoría de los casos por la nobleza, los grandes propietarios y las instituciones eclesiásticas, pues tenían «especial interés» en la gestión de estos ingenios hidráulicos «porque eran una fuente de rentas de la que podían beneficiarse». No obstante, las ideas de la Ilustración relativas a «servir al pueblo y beneficiar la actividad social» también calaron hondo. Prueba de ello son los molinos concejiles que los vecinos se repartían «por turnos, adras o veces» siempre respetados «de forma muy minuciosa», sobre todo en los «de temporada», que limitaban notablemente una actividad basada en que «lo que allí se producía, allí mismo se transformaba y se consumía».Mucho más limitada, pero no exenta de importancia, fue la presencia de las ferrerías hidráulicas protoindustriales, ubicadas principalmente en el Valle de Mena. Su justificación como motor de progreso no pasa desapercibida para el docente, que cierra este apartado con un profuso análisis de la «positiva situación que evidencia unos beneficios económicos que superan con creces los proporcionados por otros sectores y justifican con solvencia las inversiones realizadas», cita textual.También se puede considerar «testimonial» la actividad de los batanes, cuyo máximo exponente se situaba en la ciudad de Frías. Alonso describe con minuciosidad un oficio que, al igual que el de molinero, era «estacional» y debía compaginarse con otras actividades. Pese a ello, el investigador recuerda el alto nivel de especialización de la villa fredense y la relevancia del sector fabril, que superó «con creces a la media castellana en general y a la de Burgos en particular», cita también textual.